CARTOGRAFÍA RENACIMIENTO .-
En el umbral del siglo XV, las naves que surcaban el Mediterráneo cubrían trayectos cortos en un mar relativamente tranquilo, siguiendo derroteros cercanos a la costa. Eran ligeras y muy maniobrables. Tenían quilla y timón central, enarbolaban uno o dos palos y portaban brújula para orientarse y cartas náuticas para trazar los rumbos. La vela latina que aparejaban permitía navegar en ángulos de hasta 45º contra el viento, pudiendo navegar en casi cualquier circunstancia meteorológica; pero eran embarcaciones diseñadas para trayectos cortos en los que se llegaba a puerto casi cada día y no estaban preparadas para los largos recorridos que requería la navegación de altura.
Los barcos que en las mismas fechas recorrían la costa atlántica entre África y los puertos del norte de Europa, eran robustos y enarbolaban grandes velas cuadradas. Eran veleros muy resistentes, adecuados para viajes largos y navegación de altura. Pero el tipo de aparejo que utilizaban no servía para navegar contra el viento en ángulos inferiores a los 90º, razón por la que era demasiado aventurado viajar más al sur de las Canarias y sobrepasar el trópico arriesgándose a perder los vientos del Suroeste, sin cuyo impulso regresar a casa era sólo cuestión de suerte.

La gran revolución náutica nació de la síntesis de estos dos tipos de embarcación y recibió el nombre de Carabela. Fue un invento genuinamente portugués y su uso se generalizó a lo largo del siglo XV siendo ésta la nave que protagonizó los viajes de exploración y descubrimiento. Se construyeron de dos tipos. La carabela latina era de casco estrecho y poco tonelaje, ligera y muy manejable. Generalmente enarbolaba dos mástiles, a veces tres, y usaba vela latina. La carabela redonda era más grande y robusta, llevaba dos, tres y hasta cuatro mástiles y combinaba la vela cuadrada en proa con la triangular en el resto del aparejo.
Ambos modelos incorporaban ya el moderno timón de codaste, la brújula magnética, el astrolabio, el cuadrante, la ballestina y otros instrumentos nuevos que facilitaban la navegación, además de las más precisas cartas marinas. Todo aquello permitía controlar las rutas facilitando que naves de gran tonelaje alcanzaran velocidades apreciables y pudieran virar ágilmente contra el viento. Y, sobre todo, garantizando las opciones de regreso.

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