domingo, 9 de agosto de 2020

FILOSOFÍA - ÍNDICE SISTEMÁTICO

 

Causalidad finita / Causalidad infinita

La modificación que el determinante causal X [137] determina en el esquema material y procesual de identidad H [136], determina también necesariamente alguna modificación de X por H, lo que implica que el efecto Y sólo pueda ser pensado conjuntamente con un co-efecto en X. Pero si la conexión de X con H no estuviese, a su vez, acompañada de una desconexión de X respecto de otros procesos reales, no podría haber relación causal, puesto que en cada proceso causal habría que iniciar un regressus de concatenaciones ad infinitum, que haría intervenir la totalidad del universo, en contra del principio de discontinuidad que está implícito en el axioma platónico de la symploké [54]. Mario Bunge, ignorando este principio, y desechada la primera causa, se ve por ello obligado a aceptar la regresión infinita. Lo que equivaldría a entender la función de la causa en términos puramente subjetivos, relativos a los cortes artificiosos dados por el cognoscente en la infinita cadena de causas. Es preciso, por tanto, si no se quiere disolver la propia causalidad finita, no ya iniciar el regressus ad infinitum para detenerlo en un punto ad hoc (la causa primera de los tomistas, con las dificultades consiguientes del concurso previo a las causas segundas) que comprometa su misma posibilidad causal sino evitar su iniciación, para lo cual habrá que incluir a X dentro de un contexto A tal (llamado “armadura de X”) que determine, no solamente la conexión de X con H sino también la desconexión de H con otros procesos del mundo que, sin embargo, sea principios suyos.

Por ejemplo, si tomamos como efecto el levantamiento Y de una piedra H mediante una barra-palanca X, el regressus ad infinitum se produciría al tener que pasar de la barra que levanta la piedra al brazo que presiona la barra, o al ATP almacenado en los músculos que mueven el brazo, a los alimentos que suministra la materia del ATP, al Sol que produce los alimentos, etc.; para evitar esta concatenación universal infinita que, por vía análoga a los argumentos de Zenón contra el movimiento, haría imposible hablar de que la barra es causa instrumental del levantamiento de las piedras, consideraremos el concepto de armadura de la fuerza X comunicada por el brazo a la barra, en tanto ésta funciona como un automatismo, una suerte de dispositivo conmutador, capaz de neutralizar, por sustitución, los canales que alimentan X, por otros diferentes. La desconexión operada por A ya no ha de entenderse, por tanto, como una interrupción energética (existencial) de X, lo que sería absurdo, cuanto como una segregación esencial [63]. En el ejemplo, la armadura estaría constituida por la barra A(X) en tanto traduce la fuerza F (antropomorfa) aplicada a su momento (F b), es decir, en tanto estimamos dada la transformación de X en una cuantía y dirección determinada por la estructura de la barra y de su movimiento. En efecto, el momento indica que hay una recomposición objetiva interna de la fuerza F aplicada que depende no ya tanto de la génesis específica (humana) de F sino de la estructura de la barra que segrega “lo humano” de F de cualquier otro origen y, por tanto, desconecta esencialmente del origen antropomórfico y permite su conmutación por otro origen de F que puede aplicarse a b (puesto que b está sinecoidalmente [37] vinculada a F). Diremos, según esto, que no es la fuerza F del brazo aquello que mueve la piedra por medio de la entidad vital comunicada al instrumento, sino que lo que mueve a la piedra es el momento de F, al cual le es indiferente esencialmente que F proceda del brazo o de un motor mecánico. {FGB 224-225}


http://www.filosofia.org/filomat/df139.htm






Fórmula factorial del núcleo no binario de la relación causal

Teniendo en cuenta que el coefecto [139] obliga a dotar también a X de un esquema de identidad, es decir, a considerar E(X) y de una armadura H, a(H) tendremos, como fórmula factorial del núcleo no binario de la relación de causalidad, al siguiente:

Y (H,X) = [f EH (H), AX (X)], [EX (X) AH (H)]


http://www.filosofia.org/filomat/df140.htm







Desarrollo de la relación causal

El núcleo factorial de la idea de causa (A, E, H, X) [140] es susceptible de ser desarrollado según dos criterios principales, el primero de los cuales se refiere a los mismos factores constitutivos X, Y, H; el segundo, a los contextuales A, E.

Respecto del primero: [142] cada dos factores se considerarán vinculados por el tercero según tres líneas de desarrollo que atiendan a los grados de mayor o menor participación del tertium desde la participación 0 a la participación 1; por lo que el tertium se nos muestra como responsable del nexo entre los otros dos términos. En estos límites la misma idea de causa se desvanece, transformándose en otra idea –la de sustancia, la de esencia– a la manera como la idea de hipérbola, cuando el plano secante contiene al eje del cono, se transforma en un par de rectas.

Respecto del segundo, diremos tal criterio nos permite introducir, a título de esquemas E de identidadestructuras apotéticas [143] dentro de los tipos de sistemas causales. Por ejemplo, en lugar de analizar el desvío de la trayectoria inicial rectilínea de un galgo a la carrera persiguiendo a una liebre, en la dirección de una perdiz que le haya salido al paso, diciendo que es el cerebro, la mente o la conciencia del galgo aquello que mediante sus imágenes interiores, determinadas por el exterior, pero eventualmente endógenas, desencadenan las nuevas conexiones nerviosas que controlan los músculos abductores, diremos que es la perdiz la causa objetiva apotética de la variación del movimiento del galgo. Esto supone definir el sistema causal a partir de un sujeto H (el galgo) cuyo esquema de identidad E(H) contiene ya un objeto apotético O. {FGB 226}

http://www.filosofia.org/filomat/df141.htm







Modos de desarrollo de la idea de causalidad según el primer criterio

A título de ilustración de los desarrollos que admite la Idea de Causalidad [141] propuesta por el materialismo filosófico, consideraremos como desenvolvimiento de la idea según la primera línea, a saber, la conexión (H) mediante la positiva intervención de X. Conexión es aquí tanto como principio de desvío o transformación de H hacia Y. Un primer modo conceptualizará los procesos causales en los cuales el sujeto H no “evoluciona” espontáneamente hacia Y, ni lo contienen de ningún modo prefigurado, puesto que la transición (H,Y) tiene lugar enteramente gracias a la intervención de X pero no ya como mera razón existencial (energética) sino cuanto relación esencial (dirección del vector). Es el caso de las causas del desvío de las órbitas elípticas de los planetas respecto de las estrellas fijas: no hay una causa ad hoc para Mercurio, pero la causa es el campo. H es ahora causa material.

En un segundo modo, X se reduce a su función energética (en su caso a un módulo), puesto que ponemos en H la determinación esencial misma hacia Y. La conocida tipología propuesta por Bergson (L'evolution creatrice, 17ª ed., París, Alcan, p. 79) basándose en la distinción entre cantidad y cualidad (primer tipo: la cantidad y cualidad del efecto dependen de la cantidad y cualidad de la causa; segundo tipo: la cantidad del efecto depende de la cantidad de la causa no de su cualidad, etc.) puede considerarse como una división de la idea de causa según lo que hemos llamado su primera línea; pues Bergson se situaba en la perspectiva de la intervención positiva y esencial de X en la configuración del efecto Y. {FGB 226-227}






Modo de desarrollo de la Causalidad según el segundo criterio: la Idea de Influencia

En general el término influencia se utiliza en el contexto de los procesos causales que tienen lugar por la mediación de sujetos operatorios (animales o humanos) en cuanto tales, lo que es tanto como decir por “canales apotéticos” [141] siempre que (como ocurre con la liebre percibida apotéticamente por el galgo) tengan efectos sobre sujetos operatorios. Debemos advertir que estos canales apotéticos de la causalidad no tienen que ver con la “acción a distancia” cuando ésta tiene lugar con abstracción de los sujetos operatorios. Los canales apotéticos, aunque implican “nexos a distancia” (por ejemplo, la liebre influyendo en el galgo a la carrera) no implican la acción a distancia de unos objetos físicos en otros, porque al intercalar el sujeto operatorio partimos, como de un esquema ya dado de la conexión entre el objeto apotético y el sujeto (por ejemplo, de la liebre percibida apotéticamente por el galgo) de suerte que al introducir otro objetivo apotético la desviación o efecto que éste determina tiene lugar en el mismo espacio perceptual. Adviértase que tampoco puede confundirse esta situación con la disposición ofrecida por los experimentos de Michotte en donde se nos dan nexos aparentemente causales entre objetos apotéticos al margen de cualquier intervención formal de sujetos operatorios. Los procesos de influencia se vinculan en general con las conductas propositivas [120] y son analizables desde diferentes perspectivas que permiten distinguir modos de influencia diferentes. Es interesante advertir que la idea de influencia aunque puede ir referida a la acción causal del agente A(X) (“Hernán Cortés tuvo gran influencia en la Corte de Carlos V”) suele ir, sin embargo, referida al efecto (Y) obtenido sobre un E(H) [136] más o menos delimitado. Las líneas de la influencia pueden pasar entre sujetos humanos (influencias circulares: políticas, sociales, etc.; o angulares) y también pueden pasar por los momentos objtuales del proceso (hablaremos de las influencias que en una obra arquitectónica, El Escorial, por ejemplo, constatamos al considerar que determinadas morfologías –columnas, arcos, etc.– “reflejan” morfologías de edificios grecorromanos, del Panteón de Agripa, por ejemplo). El concepto de influencia está aquí referido, ante todo, al efecto mismo (“El Escorial tiene influencia clásica”), aunque siempre supuestas la mediación de sujetos operatorios; nadie puede pensar seriamente que un arco de El Escorial se asemeja a un arco de El Panteón de Agripa por la “acción física” de éste sobre aquél, a la manera como el negativo fotográfico actúa sobre el papel de revelado. Los modos de influencia pueden diferenciarse también según los grados de intervención en el proceso de los sujetos operatorios. El grado mínimo es el de la influencia aproléptica, grado que no excluye su carácter propositivo, es decir, tendente a un objetivo teleológico preciso. El grado máximo de intervención del sujeto operatorio en el proceso causal lo pondremos en la influencia proléptica, es decir, en la causalidad apotética cuyos determinantes causales A(X) parten de anamnesis personales (constitutivas de la “armadura”) constituidas, entre otras alternativas, por los sujetos operatorios. Consideramos el modo de la influencia proléptica como el tipo de influencia especificamente humana, porque sólo en la especie humana cabe hablar de anamnesis susceptibles de suministrar los materiales culturales pertinentes a las prólepsis correspondientes. Como determinación importante de la Idea de Influencia causal podemos considerar a la Idea del Mal [792].

http://www.filosofia.org/filomat/df143.htm





Influencia causal y estructura ontológica del Mal

Como determinación importante de la Idea de Influencia causal [143], cuando el esquema H de identidad es definido como un bien (en sentido axiológico), podemos considerar a la Idea del Mal.

La consideración de la Idea del Mal es obligada en todo sistema filosófico y, de hecho, algunos sistemas filosóficos (por no mencionar a otras concepciones del mundo de carácter teológico, como pudiera serlo el dualismo zoroástrico) como los que asociamos a A. Schopenhauer y a J.P. Sartre, ponen a la Idea del Mal en el centro, o al menos en un lugar principal de su metafísica y de su filosofía moral (doctrina de la “mala voluntad”, del “mal radical” o de la “mala fe”). Es cierto que otros sistemas filosóficos tienden a rebajar la importancia filosófica de la Idea del Mal reduciéndola al campo de la subjetividad psicológica o del lenguaje (el mal como apariencia, como mero “contenido semántico”, como fenómeno o como ilusión).

El materialismo filosófico [1], huyendo de los planteamientos iniciales de la cuestión del mal que tengan naturaleza metafísica o teológica (sin que esta “huida inicial” signifique abdicación del compromiso de volver a estos planteamientos), no cree posible aproximarse sistemáticamente a la Idea del Mal desde una perspectiva meramente doxográfica (que ofrece repertorios de doctrinas o especulaciones en torno al mal que tan solo podrían ser sistematizadas desde fuera hasta tanto no se posea una doctrina firme sobre el mal), ni tampoco desde una perspectiva lexicográfica que ofrece, al modo de la llamada filosofía analítica, análisis léxicos de los términos de la constelación semántica del mal. Sin duda, la erudición doxográfica o la lexicográfica son necesarias en el proceso de investigación, pero son insuficientes en el proceso de construcción doctrinal. La doxografía requiere una sistematización interna (desde la propia doctrina del mal presupuesta); y la lexicografía, como no puede restringirse a un solo idioma (sea el inglés, el griego, el latín o el español) requiere siempre la apelación a referenciales extralingüísticos.

El materialismo filosófico comienza, por tanto, su aproximación sistemática a la Idea del Mal delimitando los conceptos positivos (operatorios, prácticos) del mal que puedan considerarse establecidos en diferentes sociedades o culturas y, eminentemente, en las sociedades del presente; conceptos que pueden encontrarse tanto en campos cultivados por técnicas o tecnologías científicas (tipo “el gran mal”, como nombre del concepto médico del ataque convulsivo de epilepsia, o “mal de Pott”, como nombre del concepto también médico de tuberculosis vertebral) como en campos utilizados por curanderos o magos (tipo el “mal de ojo” o “aojo” descrito por Enrique de Villena, hacia 1411, en su Tratado del aojo o fascinación). Constatamos, por tanto (diríamos: fenomenológicamente, en el espacio práctico), conceptuaciones positivas, a título de males de muchos procesos y situaciones precisas pero dadas en las más diversas categorías sociales, biológicas, éticas, geológicas: el holocausto de millones de judíos en los campos nazis de concentración constituye en nuestros días un prototipo del mal, y aún del “mal radical”; pero también son males prototípicos del presente las hambrunas de tantos pueblos africanos, las trampas tendidas por unos hombres a otros, a fin de sojuzgarles o explotarles, la drogadicción, las catástrofes ecológicas, etc. En el terreno conceptual objetivo (no ya psicológico subjetivo del sufrimiento, por ejemplo) puede afirmarse que el mal existe, que no es una ilusión; o, si se prefiere, que el mal, como concepto, nos remite ante todo a hechos, y no a teorías. El criminal horrendo existe, no es una ilusión ni un relativo cultural; otra cosa es si la maldad que constituye al criminal horrendo como tal puede ser neutralizada o más bien se redobla con su ejecución capital.

Ahora bien: ¿qué tienen de común los males conceptualizados en tan diversas categorías? ¿Existe un común denominador unívoco a todos estos conceptos de mal –es decir, una idea unívoca del mal– o bien la raíz del mal, su primer analogado, habrá que situarlo en alguna categoría antes que en otra (lo que nos obligaría a entender la Idea de Mal como análoga y no como unívoca)? Y sobre todo: ¿qué alcance tienen los diferentes males en el contexto de la realidad? ¿Se mantienen en el terreno de la apariencia o hunden sus raíces en las profundidades de las cosas más reales? Estos tipos de preguntas ontológicas, por cuanto giran en torno a la entidad que haya que reconocerle al mal, implican análisis de las relaciones que la Idea del Mal pueda mantener con las Ideas ontológicas cardinales, como puedan serlo la Idea del Ser o la del Bien (y en su límite, la del Sumo Bien, Dios) o la Idea del Mundo, o la Idea del Hombre. Las diferentes doctrinas sobre el mal que la doxografía nos ofrece pueden en gran medida interpretarse en función de las relaciones que se postulan entre la Idea del Mal y estas Ideas ontológicas cardinales. Para quienes se sitúan en la perspectiva de la Idea del Bien (y del Sumo Bien, de Dios) el mal tenderá a reducirse al ámbito de la libertad que caracteriza a las personas diabólicas (Luzbel, Satán, Mefistófeles) o a las personas humanas; incluso la reducción tendería a ver el mal como una privación (Santo Tomás) o como una negación de la infinitud que está asociada a la criatura y que justificaría, en una Teodicea, al propio Dios creador de las cosas (Leibniz). Como dice Mefistófeles en su presentación a Fausto: “Soy el espíritu que siempre niega, y con razón, pues todo cuanto tiene principio merece ser aniquilado y, por lo mismo, mejor fuera que nada viniera a la existencia”.

Desde la perspectiva antimetafísica [4] del materialismo filosófico, las conexiones tradicionales entre la Idea del Mal y las Ideas del Ser, el Bien, Dios, el Mundo o el Hombre, habrán de considerarse inadmisibles. Es simple metafísica suponer que el ente finito, por serlo, es malo; o que el mal hay que referirlo a la parte del mundo, pero no al todo en el que los males parciales pueden mostrar su eficacia para producir el bien global o la armonía universal (otra cosa es que el mal, como el bien, no tenga nada que ver con la Idea del Todo; pero la fórmula tradicional bonum ex integra causa, malum quocumque defectu no tiene por qué ser interpretada en su sentido “cósmico”).

El materialismo filosófico establece como conexión principal, en el análisis de la Idea del Mal, la relación entre el mal y la causalidad, siempre que esta sea entendida no como una relación binaria Y=f(X), sino como una relación ternaria, al menos en su contenido nuclear Y=f(H,X). Como la Idea de Causa es incompatible con la Idea de Creación [136] ex nihilo (es decir, con la situación de H=0) no cabrá suscitar siquiera la cuestión de la Teodicea como “justificación de un Dios creador” (creador, entre otras cosas, de los males del mundo), según sostuvo Marción.

Desde la perspectiva de la Idea de Causa y, en particular, de la Idea de Influencia Causal, podemos construir la Idea del Mal cuando atribuyamos al esquema material de identidad H la condición de un bien definido en un contexto axiológico y, por tanto, antrópico (en un contexto en el cual los sujetos operatorios actúan en el espacio antropológico). En la medida en la cual la causalidad se define por la fractura o desviación de un esquema material de identidad (fractura o desviación que designamos como “efecto”) el mal podrá ser asociado, en principio, a la misma causalidad, y no porque todo proceso causal implique un mal, sino porque la maldad implica siempre un proceso causal. La desviación de una masa de su trayectoria inercial no es por sí misma un mal (aunque pueda siempre considerarse como un proceso violento), salvo que previamente hubiéramos podido definir a esa masa inercial H como buena. En cualquier caso, hay una circularidad dialéctica en la oposición correlativa entre el bien y el mal, porque solo si el efecto Y consiste en la desviación de H es malo, podremos asegurar que H es bueno.

En cualquier caso, la estructura causal que atribuimos a la maldad nos lleva a distinguir inmediatamente entre una maldad genética (referida a la causa X de la desviación) y una maldad estructural, referida al efecto Y. Relacionada con esta distinción nos encontramos con la distinción entre el mal extrínseco (cuando el determinante causal X recae ab extrínseco sobre H, fracturando su identidad “sin cooperación activa”) –es la maldad del rayo que fulmina al labrador, porque si el rayo hubiera descargado sobre una nube no podría ser llamado malo– y el mal intrínseco (cuando Y no recae sobre H de un modo extrínseco, sino de forma que pueda decirse que el propio H ha asimilado a Y como una virtualidad propia). El mal intrínseco suscita, de algún modo, la validez de una “ley de autodestrucción” que en los organismos tiene que ver con la muerte natural (acaso implicada en la llamada apoptosis o suicidio de las células).

La alternativa fundamental según la cual puede hacérsenos presente la maldad intrínseca tendrá que ver con la condición del determinante causal Y según que este sea un sujeto β-operatorio [68] (animal, pero sobre todo humano o personal) o no lo sea. Hay situaciones ambiguas, como las que implican un control remoto de la conducta de un sujeto a quien se le hayan implantado electrodos sin su consentimiento. Un modelo primero de maldad causal intrínseca nos lo ofrecen las situaciones en las cuales tanto X como H son sujetos operatorios, cuando X sea capaz de envolver con sus prólepsis operatorias a las prólepsis del sujeto H. El adulto que pone una trampa a un niño que, movido por la codicia, se precipita a una sima o resulta mutilado, forma parte de un proceso afectado de maldad intrínseca.

En la medida en la cual los esquemas procesuales de identidad H, considerados como buenos, han de determinarse en el ámbito del espacio antropológico [244], podremos también clasificar los tipos de maldad en función de los ejes de este espacio distinguiendo una maldad circular (que cubre las traiciones, injusticias, incluso las establecidas por encima de la voluntad, el fetichismo de las mercancías, la guerra…), una maldad angular (el cazador que atrapa a un chimpancé mediante un cepo etológico) y una maldad radial (en la que se incluirán las crisis demográficas o los desastres ecológicos).

http://www.filosofia.org/filomat/df792.htm






Causalidad en las ciencias

Las relaciones de causalidad están presentes, en primer lugar, como relaciones positivas en las ciencias, no como relaciones exclusivas, puesto que incluso en las ciencias reales no es siempre posible aplicar las categorías de la causalidad, sin que por ello haya que hablar de acausalismo [132]. En las ciencias históricas, por ejemplo, la mayor parte de los procesos que ellas consideran (pongamos por caso, la batalla de Cannas) aun siendo resultados deterministas, no pueden considerarse como secuencias causales; y no ya porque no se den relaciones causales, sino porque se dan múltiples líneas de secuencias, cuya reunión, aun sin ser aleatoria, tampoco es necesariamente causal: la llamaremos transcausal. En ellas, aunque no haya causas, habrá razones [133]. En segundo lugar, la presencia de la causalidad en las ciencias (ahora en todas las ciencias, por su lado subjetivo) está asegurada por la naturaleza operatoria de las mismas, en la medida en que las operaciones gnoseológicas tienen mucho de procesos causales [134]. Sin embargo, no creemos que sea de aplicación obvia el concepto de causalidad propuesto a las transformaciones históricas de una ciencia, desde su estado normal –tomado como referencia al equilibrio– hasta el estado determinado por una revolución científica que se hiciera corresponder con las operaciones, puesto que también en la ciencia normal [788] deben reconocerse operaciones.

Las relaciones entre las operaciones causales objetivas de los sujetos gnoseológicos y las relaciones causales establecidas en los campos correspondientes son muy variadas. Consideramos erróneo tratar de presentar las relaciones objetivas de causalidad como “proyecciones” de operaciones subjetivas (inferencias) como sugieren algunos psicólogos inspirados por J. Piaget. Precisamente muchas relaciones causales objetivas, por ejemplo, las astronómicas, hay que verlas no ya como resultado de una proyección antropomorfa de operaciones objetivas, sino como resultados de eliminación (por neutralización) de las operaciones.

http://www.filosofia.org/filomat/df144.htm

FILOSOFÍA - ÍNDICE SISTEMÁTICO

 

Campo de las relaciones causales (restricción del)

De acuerdo con las premisas precedentes, las categorías causales sólo podrían aplicarse en sistemas procesuales individuales [132]. No podemos entrar en las cuestiones relativas a la constitución de estas “líneas de individualidad”, en tanto suponen una continuidad espacial (“sustancial”) entre las causas y sus efectos (negación de la acción a distancia) al margen de la cual (y aquí la problemática de las discontinuidades cuánticas, en las que habría que tener presente que entre corpúsculos y ondas hay una relación de individuos a clases) las categorías causales no tendría punto de aplicación y, en este sentido, la causalidad, se asemeja a las categorías de lugar y de tiempo.

Esta restricción no llega a tanto como a postular como único campo estricto de la relación causal el orden de los fenómenos físicos mecánicos, puesto que también en el orden de los fenómenos operatorios (apotéticos) habría posibilidad de cumplimiento de las condiciones causales generales. La delimitación del campo causal en los términos que hemos propuesto ha de ser altamente crítica ante todo intento de aplicación de los conceptos de causa o de efecto en situaciones que tengan que ver más con los sistemas de clases que los sistemas procesuales-individuales. Expresiones tan frecuentes como la del llamado “efecto Benard” habría que someterlas a enérgica revisión, pues las “células de convección” que aparecen en el sistema constituido por un depósito metálico que contiene aceite de silicona (sistema organizado según el esquema de identidad: sustancia homogénea a temperatura constante, equilibrio termodinámico, que comporta el máximo orden) no son, en su conjunto, un efecto, sino una clase de efectos deterministas (los impulsos que las moléculas reciben a partir de una fuente de calor y la interacción no lineal entre aquellas moléculas, lo que hace del sistema inicial un sistema disipativo). Por tanto, habrá que decir que el “efecto Benard” no es un tal efecto; y no porque la reorganización del sistema disipativo según un “orden superior” (las células de convección) que no tiene causa pueda considerarse como un proceso acausal o indeterminista, sino porque es un proceso determinista cuyas razones será preciso analizar. Tampoco tiene causa la distribución normal de las tallas o pesos de una población estadística: la curva de Gauss no es un efecto sino un resultado global de un conjunto de procesos deterministas individuales. Consideraciones parecidas habría que decir del llamado “efecto mariposa” (el aleteo de una mariposa en Pekín puede modificar el sistema climatológico de Nueva York). {FGB 221-222}

http://www.filosofia.org/filomat/df134.htm






Formato lógico de la relación causal

Nuestra teoría general de la causalidad, precisamente en orden a reconstruir las categorías causales que, de hecho, son utilizadas en las ciencias más diversas, comienza impugnando el formato binario que tradicionalmente se atribuye a la relación causal (en forma funcional, Y = f(x)) considerándolo como una formato “degenerado” por respecto a formatos más complejos de tipo Y = f (X, H). Según esto, la relación causal no consistiría en la relación abstracto-gramatical del efecto a la causa, puesto que ésta sería sólo un fragmento de un complejo más amplio de relaciones, a la manera como la relación de filiación paterna no puede objetivamente considerarse sino como un fragmento de una relación más compleja que incluye la relación del hijo a la madre y la de la madre al padre. {FGB 222}

http://www.filosofia.org/filomat/df135.htm






Efecto (concepto de) / Esquema material procesual de identidad

El concepto de H efecto Y será originariamente considerado por nuestra teoría general de la causalidad como un concepto dado en función de un sistema complejo [135] que, por de pronto, contiene un esquema material y procesual (que transcurre, por tanto, en el tiempo) de identidad H, de suerte que para que algo se configure como efecto será preciso contar con un esquema material procesual de identidad cuya configuración depende de diversos supuestos de índole filosófica, científica o cultural. El esquema material de identidad podría hacerse corresponder con la causa material aristotélica, siempre que ella quedase determinada según criterios positivos E, que expresamos por la fórmula E(H). El efecto se define entonces como una interrupción, ruptura, alteración o desviación del esquema material procesual de identidad (ruptura que no afecta, en principio, al sistema que, por decirlo así, engloba al efecto). Se comprenderá, dada la relatividad del concepto de efecto, no ya inmediatamente a su causa, sino a un esquema material procesual de identidad (dado en un sistema complejo de referencia) que, si no es posible determinar en cada caso este esquema procesual de referencia, la noción de efecto se desvanece.

De aquí se sigue que la idea de creación o de efecto creado es absurda o vacía puesto que en la creación el único esquema de identidad que cabe ofrecer es la nada (creatio ex nihilo subiecti) –y no la causa eficiente divina inmutable– es decir, justamente lo que no puede ser un esquema de identidad. {FGB 222}

http://www.filosofia.org/filomat/df136.htm






Efecto / Determinante causal / Esquema material de identidad

Si tomamos como esquema de identidad [136] un sistema inercial dado, la desviación, ruptura, del estado del sistema, es decir, la aceleración, podrá ser considerada un efecto en un sentido estricto. La desviación de la trayectoria rectilínea o la alteración de su celeridad son efectos por respecto de la trayectoria inercial virtual rectilínea y uniforme del sistema. Ahora bien, supuesta, en estas condiciones, la figura de un efecto Y respecto de E(H), el determinante causal X [135] (que no es, por tanto, la causa adecuada de Y, sino un aspecto del proceso causal, que podría ponerse en correspondencia con el momento de la causa eficiente aristotélica) será, en el ejemplo, la fuerza que, aplicada al sistema inercial, determina una aceleración cuya cuantía depende directamente de la magnitud de la fuerza. La trayectoria virtual, es decir, la prolongación virtual del esquema de identidad interrumpido (virtualidad que no ha de computarse como meramente “mental”, puesto que es una identidad objetiva terciogenérica) [75] resulta ser, por tanto, un componente interno del proceso causal. Ya en la época de Newton se manifestó la autoridad del concepto de esa fuerza capaz de actuar a distancia e instantáneamente desde el Sol en la Tierra, por ejemplo (D'Arcy Thompson: “Newton no mostró la causa de la caída de la manzana sino que mostró una similaridad entre la manzana y las estrellas”). Pero esta oscuridad se refiere, no ya al esquema causal, sino a la aplicación que de él hizo Newton. Precisamente porque la causa debe mantener continuidad sustancial con el efecto resulta oscura la “acción a distancia” de la fuerza gravitatoria: la oscuridad de los conceptos newtonianos resulta de las exigencias del esquema causal (en nuestro términos: aunque sabemos que el Sol es la causa de la aceleración de la Tierra desconocemos la armadura AX de la aplicación de X a H). Por parecidas razones tampoco constituye objeción filosófica el aducir la estructura no euclídea del espacio físico. Y, considerando el espacio euclidiano (en el que se dan las rectas virtuales del ejemplo) como meramente “mental”, tratar de eliminar el concepto de causa física en el contexto de las fuerzas. (Un proyecto que podría redefinirse como un intento de reducir las causas a razones) [132]. Es lo que sugirió Eddington refiriéndose a las fuerzas newtonianas: “el nombre dado a ese agente que causa la desviación del movimiento uniforme en una línea recta es la fuerza según la teoría newtoniana de la fuerza”, y B. Russell siguió a pies juntillas esta sugerencia. Pero la recta del espacio parabólico (euclídeo) es un esquema de identidad, como también lo es la curva del espacio elíptico, siempre que se atenga a una ley o función no empírica, de suerte que la desviación de un cuerpo respecto de esa curva exigirá también una causa que podrá ser la masa misma del cuerpo que distorsiona el espacio elíptico de curvatura uniforme creando un campo de fuerzas (el privilegio del espacio euclidiano no será su subjetividad –a rectificar por los objetos– sino su identidad isótropa, ortogonal, ideal como referencia dialéctica y su conexión con el vacío). Si esto no fuera así habríamos eliminado las causas mediante una simple operación de prestidigitación –cambiar una geometría por otra.

El determinante causal X tiene pues, como función propia, la de dar cuenta de la ruptura de identidad en la que consiste el efecto hasta restituir la identidad perdida, para lo cual es indispensable una adecuación material, una continuidad entre X Y E(H). Tal es el fundamento de la doctrina materialista de la causalidad dado que los contenidos, en su mutua continuidad, no pueden ser evacuados de la relación en virtud de su misma naturaleza como identidad.

Según el grado de ruptura de E(H) el efecto Y podrá ser meramente modificativo de H (caso del planeta atraído por el Sol) o bien segregativo (cuando incluye la descomposición o fragmentaciones de H, caso del peñasco roto, tras el golpe, en varios trozos que puedan considerarse como efectos del martillazo). Pero, en todo caso, el esquema de identidad ha de permanecer, de algún modo, junto con el determinante (eficiente) en el efecto. Tales son las afirmaciones principales del “materialismo de la causalidad”. {FGB 222-224}

http://www.filosofia.org/filomat/df137.htm






Razones determinantes y Resultados / Causas y Efectos

Las categorías causales no pueden considerarse de aplicación universal porque no “todo lo que comienza a ser” (o, todo lo que sucede) tiene una causa o es un efecto, aunque sea un resultado. Pues el resultado tiene principios o razones determinantes, pero no causas. La velocidad de caída libre de un cuerpo tras un tiempo t es el resultado de la velocidad inicial v0 y del tiempo t transcurrido, pero no es el efecto de ellos, aunque sí lo es de la gravedad (por lo que la fórmula v(t)=v0+gt es parcialmente una fórmula causal). Una bola de billar que avanza por la mesa según una ley dada de movimiento y que cae al suelo al llegar a un agujero no plantea una situación causal, porque la ruptura de un supuesto esquema de identidad no tiene aquí causa eficiente sino deficiente, a saber, la remoción de la resistencia a la gravedad que actuaba ya en el momento de rodar la bola por la mesa. Y aquí, la causa eficiente desaparece precisamente de la bola que cae y, aunque ésta se mantenga, diremos que la caída es un resultado determinable pero no un efecto. Tampoco será un efecto la fluctuación estadística salir un tanteo (bastante improbable) de 600 puntos tirando 100 dados, aunque sea un resultado. Son, en cambio, efectos cada una de las posiciones de los dados que contribuyen a formar la clase de esas posiciones, clase en la que se forma la figura de fluctuación. Ni tampoco es un efecto el incremento de la duración de la oscilación de un péndulo, cuya cuerda vamos alargando, aunque sea un resultado funcionalmente determinado por la función t = 2π √1/g. En este caso, a lo sumo, cabe hablar de causalidad referida al efecto “alargamiento” de 1 (no al resultado, cuanto a la duración de este efecto, aun cuando vaya ligado a él). {FGB 224}

http://www.filosofia.org/filomat/df138.htm

FILOSOFÍA - ÍNDICE SISTEMÁTICO

 

Causalidad / Sistemas práctico-materiales finitos

Supondremos que la pregunta ¿por qué? –en tanto que la consideramos como hilo conductor que nos conduce a la delimitación del campo de la relación causal– [129] sólo aparece una vez dado un cierto estado de desarrollo intelectual y lingüístico que comporta la organización de ciertos sistemas práctico-materiales finitos (objetos, relaciones, operaciones) relativamente estables. La “habitación de los juguetes” puede constituir, para el niño de cinco años que estudian los psicólogos, uno de estos sistemas práctico-materiales; pero también es un sistema práctico-material el conjunto de figuras geométricas (manipulables) constituido por un triángulo rectángulo y tres cuadrados; un sistema práctico material es también la “noria de Lorentz” (una rueda con cangilones que gira a partir del agua que reciben y despiden y que, aunque determinista, adopta con frecuencia ritmos caóticos); o, simplemente, una mesa de billar con sus correspondientes bolas y jugadores, o un Estado dotado de una constitución suficientemente adaptada al lapso de tiempo en el que se desenvuelve de un modo regular.

Nuestro postulado de adscripción de la pregunta ¿por qué? a sistemas práctico-materiales nos obliga a ponernos en guardia sobre la pertinencia de la pregunta cuando no va referida a sistemas complejos finitos como es el caso de la consabida pregunta: “¿por qué existe algo y no más bien nada?” que, desde Leibniz a Heidegger, ha sido considerada como la pregunta más profunda; pero que, considerada desde nuestro postulado, podría considerarse tan inadecuada como la pregunta: “¿dónde se encuentra el mundo?” {FGB 217}

http://www.filosofia.org/filomat/df130.htm






Causalidad / Sistemas práctico-materiales / Datos problemáticos o “flotantes”

Supuesto un sistema material [130], en las condiciones indicadas, y un sujeto inserto en él, podríamos quizá determinar el sentido de la pregunta ¿por qué? si admitimos la posibilidad dialéctica de la configuración en él, y gracias al sistema mismo, de lo que llamaremos dato problemático. Dato, porque “se nos hace presente” en el sistema, nos es dado en él y sólo por él (en principio a este dato podría adscribírsele la forma de una relación constatable entre términos propios del sistema); problemático, en el sentido sui generis de que no consta, o permanece oculta, su conexión con el sistema en el que, sin embargo, se configura “desde dentro”. Cabría, en atención a esta circunstancia denominar a esta especificación del dato problemático dato infundado o dato flotante. La pregunta ¿por qué? supondremos que es la pregunta que surge adecuadamente en el momento en el cual un sujeto operatorio constata un dato flotante en el sistema de referencia. El sentido de la pregunta no sería otro sino el de buscar la conexión oculta, o acaso inexistente, entre el dato flotante y el sistema de referencia. Cabría incluso arriesgar la hipótesis “etológica” de que la pregunta ¿por qué?, así entendida, brota, más que de la curiosidad (derivada de la relación de alarma ante un estímulo de la reacción animal) de la inseguridad en el propio sistema de referencia, en tanto nos depara la presencia gratuita (“dada”) o contingente de relaciones que, brotando del sistema, no muestran los fundamentos que en el sistema parece hubiera de tener (lo que equivale a reconocer una suerte de hiato en el propio sistema).

El “dato flotante” no representa tanto una fractura directa en el sistema cuanto un desafío global al sistema mismo a quien pone a prueba, requiriéndolo, para que dé el fundamento desconocido (lo que implica atribuirle capacidad de decisión, y de saturación análoga a la que se exige a un sistema de axiomas). Por ello, cuando el dato que el sistema nos depara no tiene estas características (si es, por ejemplo, aunque dado en el sistema, notoriamente extrínseco a él) la pregunta por el ¿por qué? no tendría lugar del modo adecuado; cuando me encuentro un ratón en un saco de harina o en mí librería no pregunto por qué, puesto que doy por supuesto que el ratón no procede de la harina o de los libros; sino que pregunto ¿por dónde? o ¿cuándo ha entrado? Es obvio que el dato flotante es función del sistema; el contenido del dato en otro contexto, puede dejar de ser flotante (en el ejemplo anterior, nos remitiríamos al sistema de los antiguos que contemplaba la posibilidad de una generatio aequivoca). Sea el sistema constituido por un triángulo rectángulo y cuadrados acoplados a sus lados: el dato flotante puede ser aquí la relación factual, “empírica”, y sorprendente, de la igualdad de superficies entre el cuadrado de la hipotenusa y la suma de los cuadrados de los catetos; es una relación que acaso se me da inesperadamente, como relación, desde luego, interna al sistema, pero “infundada”, aunque la compruebe una y otra vez; una relación que no puedo decidir, en principio, si es una relación que aparece en cualquier tipo de triángulo. Cuando llegue a la convicción de que el dato se reproduce siempre en toda suerte de triángulos, pero sin que se me alcance a ver la conexión entre el triángulo y la relación, entonces la pregunta ¿por qué? será tanto más acuciante.

Podemos decir, en resolución, que aquello que pide la pregunta ¿por qué? es la conexión o asimilación del dato flotante dentro del sistema de referencia: las razones o las causas serían los nexos intermedios capaces de dar satisfacción a la pregunta. Según esto podría redefinirse, sin círculo, el sentido de la pregunta ¿por qué? diciendo que ella busca determinar (“racionalmente”) las razones o las causas [132] de los datos flotantes en un sistema de referencia. {FGB 217-218}

http://www.filosofia.org/filomat/df131.htm






[ 132 ]

Causas / Razones / Sistemas práctico-materiales

La cuestión que se nos abre ahora es la de la discriminación entre razones y causas [131] en el contexto dicho. Discriminación de importancia principal en todo cuanto se refiere a los problemas actuales en torno al indeterminismo de los sistemas mecánico-cuánticos o a la caoticidad de los sistemas deterministas. Suele decirse que indeterminismo, o caos, son sinónimos de acausalismo y que, por tanto, ellos constituyen la ruina del racionalismo “clásico”. Pero ¿acaso podemos aplicar a estas situaciones las categorías causales? Los por qués [129] que en estos sistemas suscitan los datos flotantes no tendrán respuesta causal: pero ¿acaso debieran tenerla? Y no ya porque hay que computarlos como sistemas aleatorios o acausales, sino sencillamente porque son acaso transcausales, y porque lo que en ellos habrá que buscar (dentro del espíritu del racionalismo) son razones y no causas.

No compartimos la opinión según la cual habría que poner los criterios de distinción entre causas y razones asignando, por ejemplo, las razones a los sistemas matemáticos (definidos por su intemporalidad) y las causas a los sistemas físicos o biológicos (temporales, procesuales). Sin duda los sistemas matemáticos no admiten, sin distorsión, el análisis causal. Si la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa en el triángulo rectángulo no es por causa de la estructura de los triángulos rectángulos dentro de la cual cabe envolver al triángulo y sus cuadrados, como lo envuelve Euclides en el teorema 47 del Libro I de sus Elementos, sino por razón de esa estructura. Pero en cambio, los sistemas físicos, los sistemas llamados dinámicos, admiten, además de un tratamiento causal de muchos de esos problemas, un tratamiento por razones. Luego, no será por ser matemáticos por lo que ciertos sistemas no admiten un análisis causal, sino por otros motivos. ¿Cuáles? A nuestro juicio estos motivos son susceptibles de ser formulados en términos lógicos (concretamente, en términos de la distinción entre un nivel de clase y un nivel de individuo) [133].

La pregunta por el ¿por qué? podría encontrar respuestas satisfactorias rectificando, de algún modo, el estado (fenoménico) en el cual el sistema, según sus esquemas de identidad, se encuentra precisamente al ofrecernos el dato flotante. Si el dato flotante que nos ofrece pudiera ser corregido como tal dato flotante, es decir, si la rectificación afecta a la propia apariencia flotante del dato mediante la reducción del dato a la condición de mero episodio ordinario del sistema objetivo, entonces es obvio que no podemos apelar a causas o razones salvo en sentido analógico: tal sería el caso de la fluctuación dada en una tanda de tiradas de 100 dados hexaédricos consistente en salir un tanteo de 600 puntos, porque este resultado no es un dato flotante, sino un resultado aleatorio que no tiene causa, aunque es determinista (cada dado cae por una cara en virtud de leyes deterministas y el resultado se configura a nivel de clase o conjunto de dados y, en este sentido, cabe hablar de una razón genérica por la cual el resultado ha tenido lugar, en cuanto el tanteo obtenido es uno de los tanteos posibles; pero no hay razón específica por la cual deba salir este tanteo y no otro). La pregunta: “¿por qué sale un tanteo de 600 puntos?” no puede responderse con una causa o una razón específica, sino con la razón genérica que apela a la posibilidad aleatoria. La rectificación puede consistir en una especificación de los sistemas de identidad (fenoménicos) o bien en una rectificación del sistema fenoménico manteniendo intactos los esquemas de identidad. Ahora bien, los esquemas de identidad pueden ser esquemas constitutivos de clases lógicas (distributivas o atributivas) o pueden ser esquemas constitutivos de procesos individuales. Se trata de una distinción que cabría poner en correspondencia con la distinción entre el isos y el autos griego [213] o, si se prefiere, con la distinción escolástica entre esencia y sustancia (primera). Por lo demás, supondremos que los sistemas de identidad individual no pueden tener lugar con independencia de los sistemas de identidad de clase ni recíprocamente y de esta coyuntura resultan los principales problemas de la llamada “causalidad estructural”. {FGB 218-220 / → PrAl}

http://www.filosofia.org/filomat/df132.htm






Causas / Razones / Datos “flotantes”

Asociaremos el dato flotante [131] configurado en un sistema según la identidad de clases [132] con la pregunta por el ¿por qué? cuya respuesta, si la hay, sea una razón; asociaremos el dato flotante configurado en un sistema según esquemas de identidad de procesos individuales con la pregunta por el ¿por qué? cuya respuesta, si la hay, sea una causa. Desde la perspectiva de la razón o de la causa obtenida, el dato flotante podrá recuperarse al menos parcialmente, para el sistema, sea como una resultante, sea como un efecto, respectivamente. No tenemos espacio para discutir hasta qué punto la razón “asimila” el dato flotante a través de una cierta rectificación de los esquemas de identidad de clase (en la demostración que Euclides ofrece del teorema pitagórico la rectificación podría consistir en el regressus hacia una red de relaciones tendidas sobre el sistema fenoménico tal que nos permita reiterar la apariencia “contingente” de la igualdad empíricamente advertida); mientras que la causa asimilaría el dato flotante mediante una rectificación del sistema fenoménico manteniendo el esquema procesual de identidad. Cuando un proyectil sigue su trayectoria natural de caída va dibujando una línea parabólica o, si se prefiere, la línea fenoménica que, durante milenios, dibujan los proyectiles, arrojados por los hombres, al caer a tierra es muy parecida a una parábola; solamente cuando el sistema fenoménico se supone organizado por el esquema material de identidad procesual asociado a una masa individual que llamamos “principio de la inercia” y que Galileo aún no sabe utilizar adecuadamente (tenía que servirse del artificio de un plano horizontal), aparece la curvatura de la trayectoria como un dato problemático; aun cuando fenoménicamente jamás podamos constatar homonímicamente el esquema de identidad axiomático según el cual se desplaza una masa m por el eje de las x (x=vt, siendo vx el componente horizontal de la velocidad de m que suponemos constante) no por ello lo rectificaremos, sino que, por el contrario, rectificando el contexto fenoménico, introducimos una causa, la fuerza gravitatoria (y=1/2mg2) que, compuesta con la anterior nos conduce a la trayectoria parabólica (y=kx2) con eliminación del tiempo como variable. La composición de la causa con el esquema de identidad es, en este caso, como en otros muchos, tan constante que el propio concepto de efecto es el que parece oscurecerse -a diferencia del caso de una masa que se desplaza en movimiento uniforme rectilíneo y, en un momento dado, se desvía de su trayectoria. En este caso, el efecto, tiene una desviación unívoca. Pero cuando estamos ante la trayectoria del proyectil, el efecto habrá que ponerlo no ya siquiera en los segmentos muy pequeños de recta –que nos llevarían a una poligonal, no a una parábola–, sino en puntos situados cada vez a distinta altura del eje de las y, lo que equivaldría a tener que trazar las rectas de los sistemas virtuales de identidad por alturas variables. Y ello podría sugerirnos reinterpretar la trayectoria parabólica no como un efecto respecto de la inercia horizontal –para no hablar del efecto de desplazamiento vertical respecto de la ley de caída como esquema de identidad– sino como una clase de efectos concatenados; pero esta reinterpretación sería sumamente artificiosa, puesto que la masa que se desplaza mantiene su identidad individual “sustancial” y los esquemas de identidad son un mismo esquema que también se desplaza continuamente.

http://www.filosofia.org/filomat/df133.htm

FILOSOFÍA - ÍNDICE SISTEMÁTICO

 

Teoría de teorías de la Causalidad en función del primer criterio

Una teoría de la causalidad [123] debe ofrecer criterios de decisión acerca del contexto en el cual se consideran aplicables las categorías causales. (Entre estas “decisiones” haremos figurar también aquellas que defiendan la imposibilidad de determinar el radio de tales contextos, como sería el caso de algunas concepciones sobre la incertidumbre, acausalismo o transcausalismo propios del territorio de la mecánica cuántica.)

O bien se concede al contexto una amplitud máxima, la totalidad de los universos lógicos del discurso, o bien se limita los contextos de la causalidad excluyendo, por ejemplo, los contextos matemáticos o lógicos, o bien se restringe la causalidad a regiones fisicalistas, o acaso a aquellas en las que se desenvuelve la acción humana (según el principio verum est factum) o, por último, se contrae la amplitud hasta su grado mínimo, igual a cero. Un ejemplo de lo primero, la doctrina de la causalidad final universal de la tradición escolástica. Ejemplo de lo segundo, el concepto de causalidad de Malebranche o de Russell (también de Bunge) en cuanto inferencia de unas áreas a otras continuas de espacio-tiempo.

La retracción de la amplitud de los conceptos de causalidad puede afectar a la totalidad del mundo de los fenómenos, es decir, puede pretender anular todo contexto gnoseológico sin por ello recaer en el acausalismo filosófico –tal sería la situación del ocasionalismo de Geulincx o Malebranche o la concepción del mundo en términos de sino (Shicksal) al modo spengleriano o incluso la situación que, según algunos, se deriva de la teoría general de la Relatividad, a través de una aproximación de la Idea de causa a la Idea de razón. 

http://www.filosofia.org/filomat/df124.htm






Teoría de teorías de la Causalidad en función del segundo criterio

Respecto al formato lógico [123] de la Idea de causalidad diremos que una teoría de la causalidad deberá decidir si las relaciones causales son monádicas [por tanto, reflexivas, como el concepto de causa sui, C(x,x)], o bien si son diádicas [tipo C(x,y)], como parece pedirlo el par de conceptos correlativos causa-efecto; o bien, si son n-ádicas [C(x,y,z,…)]. Debemos advertir que no debe confundirse la forma compleja poliádica con la forma compleja multibinaria o poliádica simple, a saber, [C(x,y), C(x,z), C(y,z)] o bien C(x,y), C(z,y), etc. que corresponde con la Idea de con-causalidad. El formato poliádico complejo representa, en rigor, una resolución de la relación global de causa en un complejo de relaciones que, por separado, no podrían llamarse causas (ni, en su conjunto, por tanto, con-causas), sino, más bien, momentos o componentes de la causalidad. La relación causal C(x,y,z) vendría a ser la abreviatura de un complejo de relaciones distintas pero entretejidas P(x,y), Q(x,z), S(y,z). La teoría de las cuatro causas de Aristóteles se interpreta muchas veces en la línea de la con-causalidad, de suerte que cada tipo de causa concurra con las demás a la formación del efecto; pero tiene muchos aspectos que permiten reinterpretar los diferentes tipos de causas (eficiente, material, etc.) más como momentos o componentes causales de un proceso causal único, que como causas concurrentes.

http://www.filosofia.org/filomat/df125.htm






Teoría de teorías de la Causalidad en función del tercer criterio

Respecto a la naturaleza misma constitutiva [123] de la relación causal, la decisión fundamental se ordena a optar por una solución formalista (que entienda la relación causal como una relación en la que los contenidos o materia de los términos, al menos en lo que a sus mutuas conexiones de identidad o unidad sinalógica respecta, hayan de ser “evacuados”) o bien por una solución materialista, que rechace la posibilidad de esa evacuación de los contenidos. Podrán considerarse como formalistas todas las teorías de la causalidad que no hagan intervenir directamente en la relación causal a la materia misma de los contenidos de los términos en tanto mantienen una continuidad, identidad sustancial o unidad sinalógica [213] –en el sentido del autos–, más que esencial –en el sentido de isos– sino solamente a través de la forma de la relación. Esto tiene lugar, por ejemplo, en las concepciones de la causalidad en cuanto relación “equívoca”, en virtud de la cual dos fenómenos, cualquiera que sea la naturaleza de sus contenidos (aunque entre ellos no exista no ya identidad sustancial o unidad sinalógica pero ni siquiera unidad esencial), sucesivamente repetido de un modo regular están en relación causal, según la doctrina de Hume tal como la interpreta A. Pap (Teoría analítica del conocimiento, Madrid, Tecnos, 1964, pág. 155). Una ley causal de la forma “A causa B” (donde “A” y “B” designan tipos de acontecimientos que pueden repetirse) tiene la fórmula K' “A está conectado regularmente con B”: (x) (Ax → Ey) [(y sucede a x) By)].

Consideramos que este tercer punto de decisión (formalismo o materialismo) es el de mayor importancia filosófica para discriminar la profundidad de las diferentes concepciones de la causalidad y estimamos que una teoría formalista de la causalidad es siempre una teoría superficial, de naturaleza más bien psicológica.

http://www.filosofia.org/filomat/df126.htm






Causa sui

“Causa de sí mismo”: condición de una causa en virtud de la cual su sustancia consistiese en ser efecto de su propia causalidad. Esto haría que la causa sui debiera ser “anterior a sí misma”, pues la causa es anterior al efecto; por ello la idea de causa sui [116] la consideramos absurda. La raíz de este absurdo no es otra sino el hecho de estar constituida a partir de una relación aliorrelativa (la de causa a efecto), una relación reflexiva que, por tanto, es contradictoria y tan sólo puede reconocerse (como sin duda la han reconocido algunos filósofos, entre ellos Benito Espinosa) a título de concepto límite contradictorio, a la manera del concepto de “distancia cero” entre dos puntos A y B. No ha de confundirse la idea límite de causa sui con la idea de causalidad circular (A → B → C → C… → A) porque en el círculo causal el primer eslabón y el último no son el mismo sustancialmente (autos) sino sólo esencialmente (isos) [213].

http://www.filosofia.org/filomat/df127.htm






Teoría de teorías de la Causalidad en función del cuarto criterio

En lo que se refiere a la dimensión predicativa [123] de la Idea de causalidad, es preciso distinguir si la Idea de causa ha de computarse como una idea uniforme, respecto de las relaciones causales concretas (caso de la concepción de Hume, cuyo formalismo rígido favorece el entendimiento de la causalidad como una idea unívoca) o bien como un género porfiriano uniforme, aunque determinable según diversas especies que lo diversifican por diferencias sobreañadidas, o bien como un género combinatorio [817] cuyo núcleo factorial pide un desarrollo interno según diversos modos o figuras, a la manera como el núcleo del concepto de palanca (P,R,A) se desarrolla en sus tres especies consabidas, o como el núcleo factorial del concepto de “silogismo” (P,S,M) se desarrolla dialécticamente según sus 4 figuras y 256 modos, de los cuales no todos son legítimos.

http://www.filosofia.org/filomat/df128.htm






Campo de la relación causal (planteamiento de la cuestión)

Supuesto que las relaciones causales tienen un campo no nulo y supuesto que tampoco tienen un campo universal [123] (y advertimos que la relación podría ser universal sin ser conexa), la cuestión más importante que se nos plantea es la de determinar criterios eficaces para delimitar las condiciones que han de reunir determinados sistemas de términos para que puedan considerarse vinculados por la relación causal; condiciones cuya ausencia nos permitirá reconocer la realidad del sistema de términos que no podrán, sin violencia, considerarse vinculados por esta relación causal, sin que por ello podamos considerar acausales a estos sistemas (que podríamos llamar “transcausales”).

Podríamos ensayar, como hilo conductor inicial que nos conduzca a la delimitación del campo de la relación causal, la pregunta ¿por qué? Parece que el campo de la relación causal no es más extenso que el campo en el que tiene aplicación la pregunta ¿por qué? Este hilo conductor, por lo menos, nos permitirá poner fuera de la relación causal a todas aquellas preguntas que puedan considerarse afectadas por los interrogantes: ¿dónde?, ¿cuándo?, ¿cómo?, incluso al interrogante: ¿qué es? La causa no responde a la esencia o sustancia, ni al dónde ni al cuándo –de lo que podríamos inferir que las esencias no están ligadas causalmente, ni tampoco están ligados causalmente los lugares o los dóndes, a pesar del análisis propuesto por Hume, cuando pretendía reducir la relación causal a una asociación, según ciertas condiciones, de términos por lugares y tiempos.

Aun concediendo provisionalmente que el campo de las relaciones causales se mantiene dentro del campo de aplicación de la pregunta ¿por qué?, es indudable que no es coextensivo con él. Pues muchas veces –en realidad, casi todas–, la pregunta ¿por qué? investiga, para decirlo con la terminología tradicional, razones y no causas [132]. Cuando respondemos a la pregunta: “¿por qué en el triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es la suma de los cuadrados de los catetos?”, no pretendemos haber encontrado una causa, sino una razón o fundamento. Por tanto, para lograr una delimitación más precisa del campo de la relación causal necesitamos criterios que nos permitan separar causas de las razones dentro de su común característica de respuestas posibles a la pregunta ¿por qué? {FGB 216-217}

http://www.filosofia.org/filomat/df129.htm