martes, 7 de junio de 2016

Frases y citas por autor

Concepción Arenal

1820-1893. Escritora y socióloga española.

El hombre que se levanta es aún más grande que el que no ha caído.
Las fuerzas que se asocian para el bien no se suman, se multiplican.
El amor es para el niño como el sol para las flores; no le basta pan: necesita caricias para ser bueno y ser fuerte.
Es raro, muy raro, que nadie caiga en el abismo del desengaño sin haberse acercado voluntariamente a la orilla.
Cuando no comprendemos una cosa, es preciso declararla absurda o superior a nuestra inteligencia, y generalmente, se adopta la primera determinación.
El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda.
La pasión para el hombre es un torrente; para la mujer, un abismo.
El amor vive más de lo que da que de lo que recibe.
El llanto es a veces el modo de expresar las cosas que no pueden decirse con palabras.
Todas las cosas son imposibles, mientras lo parecen.
La injusticia, siempre mala, es horrible ejercida contra un desdichado.
La caridad es un deber; la elección de la forma, un derecho.
En muchos casos hacemos por vanidad o por miedo, lo que haríamos por deber.
El error es un arma que acaba siempre por dispararse contra el que la emplea.
Los grandes egoístas son el plantel de los grandes malvados.
¿Los pobres serían lo que son, si nosotros fuéramos lo que debiéramos ser?
Colectividad que no sabe pensar, no puede vivir.
Entre los que son igualmente malos no hay paz si no es la impuesta por el miedo de alguno que es peor.
El dolor, cuando no se convierte en verdugo, es un gran maestro.
Hay tanta justicia en la caridad y tanta caridad en la justicia que no parece loca la esperanza de que llegue el día en que se confundan.
Cuanto más se dividen los obstáculos son más fáciles de vencer.
Abrid escuelas y se cerraran cárceles.
Un hombre aislado se siente débil, y lo es.
Sustituir el amor propio con el amor de los demás, es cambiar un insufrible tirano por un buen amigo.
Todo poder cae a impulsos del mal que ha hecho. Cada falta que ha cometido se convierte, tarde o temprano, en un ariete que contribuye a derribarlo.
Todo lo que endurece, desmoraliza.
Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie.
El dolor es la dignidad de la desgracia.
No es tan culpable el que desconoce un deber como el que lo acepta y lo pisa.
Que el hombre a quien admiran las medianas
nunca será capaz de grandes cosas.
El pobre se arruina en el momento en que deja de ser sobrio.
La compasión, buena siempre, es en muchos casos la celestial precursora de la justicia.
La sociedad no puede en justicia prohibir el ejercicio honrado de sus facultades a la mitad del género humano.
El tedio es una enfermedad del entendimiento que no acontece sino a los ociosos.
Las malas leyes hallarán siempre, y contribuirán a formar, hombres peores que ellas, encargados de ejecutarlas.
Absurdo sería pedir al cálculo lo que puede dar la abnegación.
La educación de las mujeres hasta aquí podría llamarse, sin mucha violencia: Arte de perder el tiempo.
El saber no parece obligatorio sino al que sabe ya.

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