Manuel Acuña (1849-1873)
Esa noche, ardiendo el pueblo
De animacion y entusiasmo
Bajo el influjo sublime
De tu genio soberano,
Todo era bravos y dianas,
Todo era vivas y aplausos,
Todo cariño en los ojos
Todo cariño en los labios,
Y todo flores, laureles,
Admiración y... entretanto,
Allá muy lejos, muy lejos,
Sonando lento y pausado,
Se alzaba entre las tinieblas
Y entre el silencio un cadalso,
Sin otro eco que el latido
Del pecho del condenado
Que en diálogo con la muerte
Velaba en un subterráneo.
Aquel cadalso se alzaba
Cada vez más y más alto,
Como un espectro, sombrío
Como un vampiro, callado,
Como una tumba implacable,
Y como un mosntruo, inhumano;
Se alzaba y, sin que ninguno
Oyera aquel ruido amargo,
Por los sollozos de un hombre
Solamente acompañado,
La humanidad impasible
Bajo su mudo letargo,
Miraba crecer y alzarse
Las formas de aquel cadalso,
Cuando tú, tú que escuchaste
Sus ecos tristes y vagos
Te levantaste por ella
Con la voz del entusiasmo,
Y en presencia de aquel pueblo
Y enfrente de aquel tablado
Ceñida con tus laureles
La hiciste hablar por tus labios,
Salvando al sol de aquel día
Del rubor de aquel cadalso.
De animacion y entusiasmo
Bajo el influjo sublime
De tu genio soberano,
Todo era bravos y dianas,
Todo era vivas y aplausos,
Todo cariño en los ojos
Todo cariño en los labios,
Y todo flores, laureles,
Admiración y... entretanto,
Allá muy lejos, muy lejos,
Sonando lento y pausado,
Se alzaba entre las tinieblas
Y entre el silencio un cadalso,
Sin otro eco que el latido
Del pecho del condenado
Que en diálogo con la muerte
Velaba en un subterráneo.
Aquel cadalso se alzaba
Cada vez más y más alto,
Como un espectro, sombrío
Como un vampiro, callado,
Como una tumba implacable,
Y como un mosntruo, inhumano;
Se alzaba y, sin que ninguno
Oyera aquel ruido amargo,
Por los sollozos de un hombre
Solamente acompañado,
La humanidad impasible
Bajo su mudo letargo,
Miraba crecer y alzarse
Las formas de aquel cadalso,
Cuando tú, tú que escuchaste
Sus ecos tristes y vagos
Te levantaste por ella
Con la voz del entusiasmo,
Y en presencia de aquel pueblo
Y enfrente de aquel tablado
Ceñida con tus laureles
La hiciste hablar por tus labios,
Salvando al sol de aquel día
Del rubor de aquel cadalso.
*
* *
* *
Yo no sé si ya habrá muerto
Aquel que es su desamparo,
Aún más que unos pocos días
Y aun más que unos pocos años
Pudo gozar la dulzura
De ver a su hijo en los brazos,
Libre del infame nombre
De hijo del ajusticiado;
Pero yo que desde niño
Aprendí lleno de espanto
A aborrecer los verdugos
Y a maldecir los cadalsos
Dejo a la gloria que entonces
Para ensalzarte su canto,
Y del condenado a muerte
Bajo los recuerdos gratos,
En nombre suyo, las gracias
De la humanidad te mando.
Aquel que es su desamparo,
Aún más que unos pocos días
Y aun más que unos pocos años
Pudo gozar la dulzura
De ver a su hijo en los brazos,
Libre del infame nombre
De hijo del ajusticiado;
Pero yo que desde niño
Aprendí lleno de espanto
A aborrecer los verdugos
Y a maldecir los cadalsos
Dejo a la gloria que entonces
Para ensalzarte su canto,
Y del condenado a muerte
Bajo los recuerdos gratos,
En nombre suyo, las gracias
De la humanidad te mando.
Mi alma, la pobre mártir
De mis ensueños dulces y queridos,
La viajera del cielo, que caminas
Con la luz de un delirio ante los ojos,
No encontrando a tu paso más que abrojos
Ni sintiendo en tu frente más que espinas;
Sacude y deja el luto
Con que la sombra del dolor te envuelve,
Y olvidando el gemir de tus cantares
Deja la tumba y a la vida vuelve.
Depón y arroja el duelo
De tu tristeza funeral y yerta,
Y ante la luz que asoma por el cielo
En su rayo de amor y de consuelo,
Saluda al porvenir que te despierta.
Transforma en sol la luna
De tus noches eternas y sombrías;
Renueva las sonrisas que en la cuna
Para hablar con los ángeles tenías;
Y abrigando otra vez bajo tu cielo,
De tus horas de niña la confianza,
Diles tu último adiós a los dolores,
Y engalana de nuevo con tus flores
Las ruinas del altar de tu esperanza
Ya es hora de que altivas
Tus alas surquen el azul como antes,
Ya es hora de que vivas,
Ya es hora de que cantes;
Ya es hora de que enciendas en el ara
La blanca luz de las antorchas muertas,
Y de que abras tu templo a la que viene
En nombre del amor ante sus puertas.
Bajo el espeso y pálido nublado
Que enluta de tu frente la agonía,
Aun te es dado que sueñes, y aun te es dado
Vivir para tus sueños todavía...
Te lo dice su voz, la de aquel ángel
Cuya memoria celestial y blanca
Es el solo entre todos tus recuerdos
Que ni quejas ni lágrimas te arranca...
Su voz dulce y bendita
Que cuando tu dolor aún era niño,
Bajaba entre tus cánticos de muerte,
Mensajera de amor a prometerte
La redención augusta del cariño...
Y yo la he visto, ¡mi alma! desgarrando
Del manto de la bruma el negro broche
Y encendiendo a la luz de su mirada,
Esas dulces estrellas de la noche
Que anuncian la alborada...
Yo he sentido el perfume voluptuoso
Del crespón virginal que la envolvía,
Y he sentido sus besos, y he sentido
Que al acercarse a mí se estremecía...
¡Si, mi pobre cadáver, desenvuelve
Los pliegues del sudario que te cubre
Levántate, y no caves
Tu propia tumba en un dolor eterno!...
La vuelta de las aves
Te anuncia ya que terminó el invierno:
Saluda al sol querido
Que en el Levante de tu amor asoma,
Y ya que tu paloma vuelve al nido,
Reconstruyele el nido a tu paloma.
De mis ensueños dulces y queridos,
La viajera del cielo, que caminas
Con la luz de un delirio ante los ojos,
No encontrando a tu paso más que abrojos
Ni sintiendo en tu frente más que espinas;
Sacude y deja el luto
Con que la sombra del dolor te envuelve,
Y olvidando el gemir de tus cantares
Deja la tumba y a la vida vuelve.
Depón y arroja el duelo
De tu tristeza funeral y yerta,
Y ante la luz que asoma por el cielo
En su rayo de amor y de consuelo,
Saluda al porvenir que te despierta.
Transforma en sol la luna
De tus noches eternas y sombrías;
Renueva las sonrisas que en la cuna
Para hablar con los ángeles tenías;
Y abrigando otra vez bajo tu cielo,
De tus horas de niña la confianza,
Diles tu último adiós a los dolores,
Y engalana de nuevo con tus flores
Las ruinas del altar de tu esperanza
Ya es hora de que altivas
Tus alas surquen el azul como antes,
Ya es hora de que vivas,
Ya es hora de que cantes;
Ya es hora de que enciendas en el ara
La blanca luz de las antorchas muertas,
Y de que abras tu templo a la que viene
En nombre del amor ante sus puertas.
Bajo el espeso y pálido nublado
Que enluta de tu frente la agonía,
Aun te es dado que sueñes, y aun te es dado
Vivir para tus sueños todavía...
Te lo dice su voz, la de aquel ángel
Cuya memoria celestial y blanca
Es el solo entre todos tus recuerdos
Que ni quejas ni lágrimas te arranca...
Su voz dulce y bendita
Que cuando tu dolor aún era niño,
Bajaba entre tus cánticos de muerte,
Mensajera de amor a prometerte
La redención augusta del cariño...
Y yo la he visto, ¡mi alma! desgarrando
Del manto de la bruma el negro broche
Y encendiendo a la luz de su mirada,
Esas dulces estrellas de la noche
Que anuncian la alborada...
Yo he sentido el perfume voluptuoso
Del crespón virginal que la envolvía,
Y he sentido sus besos, y he sentido
Que al acercarse a mí se estremecía...
¡Si, mi pobre cadáver, desenvuelve
Los pliegues del sudario que te cubre
Levántate, y no caves
Tu propia tumba en un dolor eterno!...
La vuelta de las aves
Te anuncia ya que terminó el invierno:
Saluda al sol querido
Que en el Levante de tu amor asoma,
Y ya que tu paloma vuelve al nido,
Reconstruyele el nido a tu paloma.
Esta hoja arrebatada a una corona
que la fortuna colocó en mi frente
entre el aplauso fácil e indulgente
con que el primer ensayo se perdona.
Esta hoja de un laurel que aún me emociona
como en aquella noche, dulcemente,
por más que mi razón comprende y siente
que es un laurel que el mérito no abona.
Tú la viste nacer, y dulce y buena
te estremeciste como yo al encanto
que produjo al rodar sobre la escena;
Guárdala y de la ausencia en el quebranto,
que te recuerde de mis besos, llena,
al buen amigo que te quiere tanto.
que la fortuna colocó en mi frente
entre el aplauso fácil e indulgente
con que el primer ensayo se perdona.
Esta hoja de un laurel que aún me emociona
como en aquella noche, dulcemente,
por más que mi razón comprende y siente
que es un laurel que el mérito no abona.
Tú la viste nacer, y dulce y buena
te estremeciste como yo al encanto
que produjo al rodar sobre la escena;
Guárdala y de la ausencia en el quebranto,
que te recuerde de mis besos, llena,
al buen amigo que te quiere tanto.
Mañana que ya no puedan
Encontrarse nuestros ojos,
Y que vivamos ausentes,
Muy lejos uno del otro,
Que te hable de mí este libro
Como de ti me habla todo.
Encontrarse nuestros ojos,
Y que vivamos ausentes,
Muy lejos uno del otro,
Que te hable de mí este libro
Como de ti me habla todo.
II
Cada hoja es un recuerdo
tan triste como tierno
De que hubo sobre ese árbol
un cielo y un amor;
Reunidas forman todas
el canto del invierno,
La estrofa de las nieves
y el himno del dolor.
tan triste como tierno
De que hubo sobre ese árbol
un cielo y un amor;
Reunidas forman todas
el canto del invierno,
La estrofa de las nieves
y el himno del dolor.
III
Mañana a la misma hora
En que el sol te besó por vez primera,
Sobre tu frente pura y hechicera
Caerá otra vez el beso de la aurora;
Pero ese beso que en aquel oriente
Cayó sobre tu frente solo y frío,
Mañana bajará dulce y ardiente,
Porque el beso del sol sobre tu frente
Bajará acompañado con el mío.
En que el sol te besó por vez primera,
Sobre tu frente pura y hechicera
Caerá otra vez el beso de la aurora;
Pero ese beso que en aquel oriente
Cayó sobre tu frente solo y frío,
Mañana bajará dulce y ardiente,
Porque el beso del sol sobre tu frente
Bajará acompañado con el mío.
IV
En Dios le exiges a mi fe que crea,
Y que le alce un altar dentro de mí.
¡Ah! ¡ Si basta no más con que te vea
Para que yo ame a Dios, creyendo en ti!
Y que le alce un altar dentro de mí.
¡Ah! ¡ Si basta no más con que te vea
Para que yo ame a Dios, creyendo en ti!
V
Si hay algún césped blando
cubierto de rocío
En donde siempre se alce
dormida alguna flor,
Y en donde siempre puedas
hallar, dulce bien mío,
Violetas y jazmines
muriéndose de amor;
Yo quiero ser el césped
Florido y matizado
Donde se asienten, niña,
Las huellas de tus pies;
Yo quiero ser la brisa
Tranquila de ese prado
Para besar tus labios
Y agonizar después.
cubierto de rocío
En donde siempre se alce
dormida alguna flor,
Y en donde siempre puedas
hallar, dulce bien mío,
Violetas y jazmines
muriéndose de amor;
Yo quiero ser el césped
Florido y matizado
Donde se asienten, niña,
Las huellas de tus pies;
Yo quiero ser la brisa
Tranquila de ese prado
Para besar tus labios
Y agonizar después.
*
* *
* *
Si hay algún pecho amante
que de ternura lleno
Se agite y se estremezca
no más para el amor,
Yo quiero ser, mi vida,
yo quiero ser el seno
Donde tu frente inclines
para dormir mejor.
Yo quiero oír latiendo
Tu pecho junto al mío,
Yo quiero oír qué dicen
Los dos en su latir,
Y luego darte un beso
De ardiente desvarío,
Y luego... arrodillarme
Mirándote dormir.
que de ternura lleno
Se agite y se estremezca
no más para el amor,
Yo quiero ser, mi vida,
yo quiero ser el seno
Donde tu frente inclines
para dormir mejor.
Yo quiero oír latiendo
Tu pecho junto al mío,
Yo quiero oír qué dicen
Los dos en su latir,
Y luego darte un beso
De ardiente desvarío,
Y luego... arrodillarme
Mirándote dormir.
VI
Las doce... ¡adiós...! Es fuerza que me vaya
y que te diga adiós...
Tu lámpara está ya por extinguirse,
y es necesario.
—Aún no.
—Las sombras son traidoras, y no quiero
que al asomar el sol,
se detengan sus rayos a la entrada
de nuestro corazón...
—Y, ¿qué importan las sombras cuando entre ellas
queda velando Dios?
—¿Dios? ¿Y qué puede Dios entre las sombras
al lado del amor?
—Cuando te duermas ¿me enviarás un beso?
-¡Y mi alma!
—¡Adiós...!
—¡Adiós...!
y que te diga adiós...
Tu lámpara está ya por extinguirse,
y es necesario.
—Aún no.
—Las sombras son traidoras, y no quiero
que al asomar el sol,
se detengan sus rayos a la entrada
de nuestro corazón...
—Y, ¿qué importan las sombras cuando entre ellas
queda velando Dios?
—¿Dios? ¿Y qué puede Dios entre las sombras
al lado del amor?
—Cuando te duermas ¿me enviarás un beso?
-¡Y mi alma!
—¡Adiós...!
—¡Adiós...!
VII
Lo que siente el árbol seco
Por el pájaro que cruza
Cuando plegando las alas
Baja hasta sus ramas mustias,
Y con sus cantos alegra
Las horas de su amargura;
Lo que siente pro el día
La desolación nocturna
Que en medio de sus angustias,
Ve asomar con la mañana
De sus esperanzas una;
Lo que sienten los sepulcros
Por la mano buena y pura
Que solamente obligada
Por la piedad que la impulsa,
Riega de flores y de hojas
La blanca lápida muda,
Eso es al amarte mi alma
Lo que siente por la tuya,
Que has bajado hasta mi invierno,
Que has surgido entre mi angustia
Y que has regado de flores
La soledad de mi tumba.
Mi hojarasca son mis creencias,
Mis tinieblas son la duda,
Mi esperanza es el cadáver,
Y el mundo mi sepultura...
Y como de entre esas hojas
Jamás retoña ninguna;
Como la duda es el cielo
De una noche siempre obscura,
Y como la fe es un muerto
Que no resucita nunca,
Yo no puedo darte un nido
Donde recojas tus plumas,
Ni puedo darte un espacio
Donde enciendas tu luz pura,
Ni hacer que mi alma de muerto
Palpite unida a la tuya;
Pero si gozar contigo
No ha de ser posible nunca,
Cuando estés triste, y en el alma
Sientas alguna amargura,
Yo te ayudaré a que llores,
Yo te ayudaré a que sufras,
Y te prestaré mis lágrimas
Cuando se acaben las tuyas.
Por el pájaro que cruza
Cuando plegando las alas
Baja hasta sus ramas mustias,
Y con sus cantos alegra
Las horas de su amargura;
Lo que siente pro el día
La desolación nocturna
Que en medio de sus angustias,
Ve asomar con la mañana
De sus esperanzas una;
Lo que sienten los sepulcros
Por la mano buena y pura
Que solamente obligada
Por la piedad que la impulsa,
Riega de flores y de hojas
La blanca lápida muda,
Eso es al amarte mi alma
Lo que siente por la tuya,
Que has bajado hasta mi invierno,
Que has surgido entre mi angustia
Y que has regado de flores
La soledad de mi tumba.
Mi hojarasca son mis creencias,
Mis tinieblas son la duda,
Mi esperanza es el cadáver,
Y el mundo mi sepultura...
Y como de entre esas hojas
Jamás retoña ninguna;
Como la duda es el cielo
De una noche siempre obscura,
Y como la fe es un muerto
Que no resucita nunca,
Yo no puedo darte un nido
Donde recojas tus plumas,
Ni puedo darte un espacio
Donde enciendas tu luz pura,
Ni hacer que mi alma de muerto
Palpite unida a la tuya;
Pero si gozar contigo
No ha de ser posible nunca,
Cuando estés triste, y en el alma
Sientas alguna amargura,
Yo te ayudaré a que llores,
Yo te ayudaré a que sufras,
Y te prestaré mis lágrimas
Cuando se acaben las tuyas.
VIII
1
Aún más que con los labios
Hablamos con los ojos;
Con los labios hablamos de la tierra,
Con los ojos del cielo y de nosotros.
Hablamos con los ojos;
Con los labios hablamos de la tierra,
Con los ojos del cielo y de nosotros.
2
Cuando volví a mi casa
De tanta dicha loco,
Fue cuando comprendí muy lejos de ella
Que no hay cosa más triste que estar solo.
De tanta dicha loco,
Fue cuando comprendí muy lejos de ella
Que no hay cosa más triste que estar solo.
3
Radiante de ventura,
Frenético de gozo,
Cogí una pluma, le escribí a mi madre,
Y al escribirle se lo dije todo.
Frenético de gozo,
Cogí una pluma, le escribí a mi madre,
Y al escribirle se lo dije todo.
4
Después, a la fatiga
Cediendo poco a poco,
Me dormí y al dormirme sentí en sueños
Que ella me daba un beso y mi madre otro.
Cediendo poco a poco,
Me dormí y al dormirme sentí en sueños
Que ella me daba un beso y mi madre otro.
5
¡Oh sueño, el de mi vida
Más santo y más hermoso!
¡Qué dulce has de haber sido cuando aun muerto
Gozo con tu recuerdo de este modo!
Más santo y más hermoso!
¡Qué dulce has de haber sido cuando aun muerto
Gozo con tu recuerdo de este modo!
IX
Cuando yo comprendí que te quería
Con toda la lealtad de mi corazón,
Fue aquella noche en que al abrirme tu alma
Miré hasta su interior.
Rotas estaban tus virgíneas alas
Que ocultaba en sus pliegues un crespón
Y un ángel enlutado cerca de ellas
Lloraba como yo.
Otro tal vez, te hubiera aborrecido
Delante de aquel cuadro aterrador;
Pero yo no miré en aquel instante
Más que mi corazón;
Y te quise tal vez por tus tinieblas,
Y te adoré, tal vez, por tu dolor,
¡Que es muy bello poder decir que el alma
Ha servido de sol...!
Con toda la lealtad de mi corazón,
Fue aquella noche en que al abrirme tu alma
Miré hasta su interior.
Rotas estaban tus virgíneas alas
Que ocultaba en sus pliegues un crespón
Y un ángel enlutado cerca de ellas
Lloraba como yo.
Otro tal vez, te hubiera aborrecido
Delante de aquel cuadro aterrador;
Pero yo no miré en aquel instante
Más que mi corazón;
Y te quise tal vez por tus tinieblas,
Y te adoré, tal vez, por tu dolor,
¡Que es muy bello poder decir que el alma
Ha servido de sol...!
X
Las lágrimas del niño
la madre las enjuga,
Las lágrimas del hombre
las seca la mujer...
¡Qué tristes las que brotan
y bajan por la arruga,
Del hombre que está solo,
del hijo que está ausente,
Del ser abandonado
que llora y que no siente
Ni el beso de la cuna,
ni el beso del placer!
la madre las enjuga,
Las lágrimas del hombre
las seca la mujer...
¡Qué tristes las que brotan
y bajan por la arruga,
Del hombre que está solo,
del hijo que está ausente,
Del ser abandonado
que llora y que no siente
Ni el beso de la cuna,
ni el beso del placer!
XI
¡Cómo quieres que tan pronto
Olvide el mal que me has hecho,
Si cuando me toco el pecho
La herida me duele más!
Entre el perdón y el olvido
Hay una distancia inmensa;
Yo perdonaré la ofensa;
Pero olvidarla... ¡jamás!
Olvide el mal que me has hecho,
Si cuando me toco el pecho
La herida me duele más!
Entre el perdón y el olvido
Hay una distancia inmensa;
Yo perdonaré la ofensa;
Pero olvidarla... ¡jamás!
XII
«Te amo —dijiste— y jamás a otro hombre
Le entregaré mi amor y mi albedrío»,
Y al quererme llamar buscaste un nombre,
Y el nombre que dijiste no era el mío.
Le entregaré mi amor y mi albedrío»,
Y al quererme llamar buscaste un nombre,
Y el nombre que dijiste no era el mío.
XIII
¡Ah, gloria! ¡De qué me sirve
Tu laurel mágico y santo,
Cuando ella no enjuga el llanto
Que estoy vertiendo sobre él!
¡De qué me sirve el reflejo
De tu soñada corona,
Cuando ella no me perdona
Ni en nombre de ese laurel!
La que a la luz de sus ojos
Despertó mi pensamiento,
La que al amor de su acento
Encendió en mí la pasión;
Muerta para el mundo entero
Y aun para ella misma muerta,
Solamente está despierta
Dentro de mi corazón.
Tu laurel mágico y santo,
Cuando ella no enjuga el llanto
Que estoy vertiendo sobre él!
¡De qué me sirve el reflejo
De tu soñada corona,
Cuando ella no me perdona
Ni en nombre de ese laurel!
La que a la luz de sus ojos
Despertó mi pensamiento,
La que al amor de su acento
Encendió en mí la pasión;
Muerta para el mundo entero
Y aun para ella misma muerta,
Solamente está despierta
Dentro de mi corazón.
XIV
El cielo está muy negro, y como un velo
Lo envuelve en su crespón la obscuridad;
Con una sombra más sobre ese cielo
El rayo puede desatar su vuelo
Y la nube cambiarse en tempestad.
Lo envuelve en su crespón la obscuridad;
Con una sombra más sobre ese cielo
El rayo puede desatar su vuelo
Y la nube cambiarse en tempestad.
XV
Oye, ven a ver las naves,
Están vestidas de luto,
Y en vez de las golondrinas
Están graznando los búhos...
El órgano está callado,
El templo solo y obscuro,
Sobre el altar... ¿y la virgen
Por qué tiene el rostro oculto?
¿Ves?... en aquellas paredes
Están cavando un sepulcro,
Y parece como que alguien
Solloza allí junto al muro.
¿Por qué me miras y tiemblas?
¿Por qué tienes tanto susto?
¿Tú sabes quién es el muerto?
¿Tú sabes quién fue el verdugo?
Están vestidas de luto,
Y en vez de las golondrinas
Están graznando los búhos...
El órgano está callado,
El templo solo y obscuro,
Sobre el altar... ¿y la virgen
Por qué tiene el rostro oculto?
¿Ves?... en aquellas paredes
Están cavando un sepulcro,
Y parece como que alguien
Solloza allí junto al muro.
¿Por qué me miras y tiemblas?
¿Por qué tienes tanto susto?
¿Tú sabes quién es el muerto?
¿Tú sabes quién fue el verdugo?
Hoy que radiante de vida,
De ensueños y de placer,
Vienes, juventud querida,
A palpar estremecida
Tus ilusiones de ayer.
Hoy que la gloria sonriente
Que con sus gracias te atrajo,
Te acaricia dulcemente,
Ciñendo sobre tu frente
Las coronas del trabajo.
Hoy que a la luz que destella
La estrella de la victoria
Sobre tu empezada huella,
Ves surgir al cabo de ella
Todo un porvenir de gloria;
Gózate mientras agite
Tu noble alma la emoción,
Y entre tus goces, permite
Que a tus plantas deposite
Mi lira y mi corazón.
Y mañana que a seguir
Tus pasos vuelvas triunfante,
Recuerda hasta sucumbir
Que el lema del porvenir
Es marchar siempre adelante.
Y graba en tu pensamiento
Si tu valor se rebaja
Porque se agote tu aliento,
Que en el taller del talento
Quien triunfa es el que trabaja.
De ensueños y de placer,
Vienes, juventud querida,
A palpar estremecida
Tus ilusiones de ayer.
Hoy que la gloria sonriente
Que con sus gracias te atrajo,
Te acaricia dulcemente,
Ciñendo sobre tu frente
Las coronas del trabajo.
Hoy que a la luz que destella
La estrella de la victoria
Sobre tu empezada huella,
Ves surgir al cabo de ella
Todo un porvenir de gloria;
Gózate mientras agite
Tu noble alma la emoción,
Y entre tus goces, permite
Que a tus plantas deposite
Mi lira y mi corazón.
Y mañana que a seguir
Tus pasos vuelvas triunfante,
Recuerda hasta sucumbir
Que el lema del porvenir
Es marchar siempre adelante.
Y graba en tu pensamiento
Si tu valor se rebaja
Porque se agote tu aliento,
Que en el taller del talento
Quien triunfa es el que trabaja.
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