Manuel Acuña (1849-1873)
Después de aquella página sombría
En que trazó la historia los detalles
De aquel horrible día,
Cuando la triste Méxitli veía
Sembradas de cadáveres sus calles;
Después de aquella página de duelo
Por Cuahulemoc escrita ante la historia,
Cuando sintió lo inútil de su anhelo;
Después de aquella página, la gloria
Borrando nuestro cielo en su memoria
No volvió a aparecer en nuestro cielo.
La santa, la querida
Madre de aquellos muertos, vencedores
En su misma caída,
Fue hallada entre ellos, trémula y herida
Por el mayor dolor de los dolores...
En su semblante pálido aun brillaba
De su llanto tristísimo una gota...
A su lado se alzaba
Junto a un laurel una macana rota...
Y abandonada sola como estaba,
Vencido ya hasta el último patriota,
Al ver sus ojos sin mirada y fijos,
Los españoles la creyeron muerta,
Y del incendio, entre la llama incierta
La echaron en la tumba con sus hijos...
Y pasaron cien años y trescientos
Sin que a ningún oído
Llegaran los tristísimos acentos
De su apagado y lúgubre gemido;
Cuando una noche un hombre que velaba
Soñando en no sé qué grande y augusto
Como la misma fe que le inspiraba,
Oyó un inmenso grito que le hablaba
Desde su alma de justo...
—Yo soy— le repetía,
Descendiente de aquéllos que en la lucha
Sellaron su derrota con la muerte...
¡Yo soy la queja que ninguno escucha,
Yo soy el llanto que ninguno advierte!...
Mi fe me ha dicho que tu fuerza es mucha,
Que es grande tu virtud, y vengo a verte;
Que en el eterno y rudo sufrimiento
Con que hace siglos sin cesar batallo,
Yo sé que tú has de darme lo que no hallo:
Mi madre, que está aquí porque la siento.—
Dijo la voz y al santo regocijo
Que el anciano sintió en su omnipotencia,
—Si el indio llora por su madre, —dijo,
Yo encontraré una madre para ese hijo,
Y encontró aquella madre en su conciencia.
A esta hora, y en un día
Como éste, en que incensamos su memoria,
Fue cuando aquel anciano lo decía,
Y desde ese momento, patria mía,
Tú sabes bien que el astro de tu gloria
Clavado sobre el libro de tu historia,
No se ha puesto en tus cielos todavía.
A esta hora fue cuando rodó en pedazos
La piedra que sellaba aquel sepulcro
Donde estuviste, como Cristo, muerta
Para resucitar al tercer día;
A esa hora fue cuando se abrió la puerta
De tu hogar, que en su seno te veía
Con un supremo miedo en su alegría
De que tu aparición no fuera cierta;
Y desde ese momento, y desde esa hora,
Tranquila y sin temores en tu pecho,
Tu sueño se cobija bajo un techo
Donde el placer es lo único que llora...
Tus hijos ya no gimen
Como antes al recuerdo de tu ausencia,
Ni cadenas hay ya que los lastimen...
En sus feraces campos ya no corre
La sangre de la lucha y la matanza,
Y de la paz entre los goces suaves
Bajo un cielo sin sombras ni vapores,
Ni se avergüenzan de nacer tus flores,
Ni se avergüenzan de cantar tus aves.
Grande eres, y a tu paso
Tienes abierto un porvenir de gloria
Con la dulce promesa de la historia
De que para tu sol nunca habrá ocaso...
Por él camina y sigue
De tu lección de ayer con la experiencia;
Trabaja y lucha hasta acabar esa obra
Que empezaste al volver a la existencia,
Que aún hay algo en tus cárceles que sobra,
Y aún hay algo que el vuelo no recobra,
Y aún hay algo de España en tu conciencia.
Yo te vengo a decir que es necesario
Matar ya ese recuerdo de los reyes
Que escondido tras de un confesonario,
Quiere darte otras leyes que tus leyes...
Que Dios no vive ahí donde tus hijos
Reniegan de tu amor y de tus besos,
Que no es el que perdona en el cadalso.
Que no es el del altar y el de los rezos:
Que Dios es el que vive en tus cabañas,
Que Dios es el que vive en tus talleres
Y el que se alza presente y encarnado
Allí donde sin odio a los deberes
Se come por la noche un pan honrado.
Yo te vengo a decir que no es preciso
Que muera a hierro el que con hierro mate,
Que no es con sangre como el siglo quiere
Que el pueblo aprenda las lecciones tuyas;
Que el siglo quiere que en lugar de templos
Le des escuelas y le des ejemplos,
Le des un techo y bajo dél lo instruyas.
Así como en tu frente
Podrás al fin ceñirte la corona
Que el porvenir te tiene destinada;
Él, que conoce tu alma, que adivina
En ti a la santa madre del progreso,
Y que hoy ante el recuerdo de aquella hora
En que uno de sus besos fue la aurora
Que surgió de tu noche entre lo espeso,
Mientras el pueblo se entusiasma y llora,
Té viene a acariciar con otro beso.
En que trazó la historia los detalles
De aquel horrible día,
Cuando la triste Méxitli veía
Sembradas de cadáveres sus calles;
Después de aquella página de duelo
Por Cuahulemoc escrita ante la historia,
Cuando sintió lo inútil de su anhelo;
Después de aquella página, la gloria
Borrando nuestro cielo en su memoria
No volvió a aparecer en nuestro cielo.
La santa, la querida
Madre de aquellos muertos, vencedores
En su misma caída,
Fue hallada entre ellos, trémula y herida
Por el mayor dolor de los dolores...
En su semblante pálido aun brillaba
De su llanto tristísimo una gota...
A su lado se alzaba
Junto a un laurel una macana rota...
Y abandonada sola como estaba,
Vencido ya hasta el último patriota,
Al ver sus ojos sin mirada y fijos,
Los españoles la creyeron muerta,
Y del incendio, entre la llama incierta
La echaron en la tumba con sus hijos...
Y pasaron cien años y trescientos
Sin que a ningún oído
Llegaran los tristísimos acentos
De su apagado y lúgubre gemido;
Cuando una noche un hombre que velaba
Soñando en no sé qué grande y augusto
Como la misma fe que le inspiraba,
Oyó un inmenso grito que le hablaba
Desde su alma de justo...
—Yo soy— le repetía,
Descendiente de aquéllos que en la lucha
Sellaron su derrota con la muerte...
¡Yo soy la queja que ninguno escucha,
Yo soy el llanto que ninguno advierte!...
Mi fe me ha dicho que tu fuerza es mucha,
Que es grande tu virtud, y vengo a verte;
Que en el eterno y rudo sufrimiento
Con que hace siglos sin cesar batallo,
Yo sé que tú has de darme lo que no hallo:
Mi madre, que está aquí porque la siento.—
Dijo la voz y al santo regocijo
Que el anciano sintió en su omnipotencia,
—Si el indio llora por su madre, —dijo,
Yo encontraré una madre para ese hijo,
Y encontró aquella madre en su conciencia.
A esta hora, y en un día
Como éste, en que incensamos su memoria,
Fue cuando aquel anciano lo decía,
Y desde ese momento, patria mía,
Tú sabes bien que el astro de tu gloria
Clavado sobre el libro de tu historia,
No se ha puesto en tus cielos todavía.
A esta hora fue cuando rodó en pedazos
La piedra que sellaba aquel sepulcro
Donde estuviste, como Cristo, muerta
Para resucitar al tercer día;
A esa hora fue cuando se abrió la puerta
De tu hogar, que en su seno te veía
Con un supremo miedo en su alegría
De que tu aparición no fuera cierta;
Y desde ese momento, y desde esa hora,
Tranquila y sin temores en tu pecho,
Tu sueño se cobija bajo un techo
Donde el placer es lo único que llora...
Tus hijos ya no gimen
Como antes al recuerdo de tu ausencia,
Ni cadenas hay ya que los lastimen...
En sus feraces campos ya no corre
La sangre de la lucha y la matanza,
Y de la paz entre los goces suaves
Bajo un cielo sin sombras ni vapores,
Ni se avergüenzan de nacer tus flores,
Ni se avergüenzan de cantar tus aves.
Grande eres, y a tu paso
Tienes abierto un porvenir de gloria
Con la dulce promesa de la historia
De que para tu sol nunca habrá ocaso...
Por él camina y sigue
De tu lección de ayer con la experiencia;
Trabaja y lucha hasta acabar esa obra
Que empezaste al volver a la existencia,
Que aún hay algo en tus cárceles que sobra,
Y aún hay algo que el vuelo no recobra,
Y aún hay algo de España en tu conciencia.
Yo te vengo a decir que es necesario
Matar ya ese recuerdo de los reyes
Que escondido tras de un confesonario,
Quiere darte otras leyes que tus leyes...
Que Dios no vive ahí donde tus hijos
Reniegan de tu amor y de tus besos,
Que no es el que perdona en el cadalso.
Que no es el del altar y el de los rezos:
Que Dios es el que vive en tus cabañas,
Que Dios es el que vive en tus talleres
Y el que se alza presente y encarnado
Allí donde sin odio a los deberes
Se come por la noche un pan honrado.
Yo te vengo a decir que no es preciso
Que muera a hierro el que con hierro mate,
Que no es con sangre como el siglo quiere
Que el pueblo aprenda las lecciones tuyas;
Que el siglo quiere que en lugar de templos
Le des escuelas y le des ejemplos,
Le des un techo y bajo dél lo instruyas.
Así como en tu frente
Podrás al fin ceñirte la corona
Que el porvenir te tiene destinada;
Él, que conoce tu alma, que adivina
En ti a la santa madre del progreso,
Y que hoy ante el recuerdo de aquella hora
En que uno de sus besos fue la aurora
Que surgió de tu noche entre lo espeso,
Mientras el pueblo se entusiasma y llora,
Té viene a acariciar con otro beso.
Después de que el destino
me ha hundido en las congojas
del árbol que se muere
crujiendo de dolor,
truncando una por una
las flores y las hojas
que al beso de los cielos
brotaron de mi amor.
me ha hundido en las congojas
del árbol que se muere
crujiendo de dolor,
truncando una por una
las flores y las hojas
que al beso de los cielos
brotaron de mi amor.
Después de que mis ramas
se han roto bajo el peso
de tanta y tanta nieve
cayendo sin cesar,
y que mi ardiente savia
se ha helado con el beso
que el ángel del invierno
me dio al atravesar.
se han roto bajo el peso
de tanta y tanta nieve
cayendo sin cesar,
y que mi ardiente savia
se ha helado con el beso
que el ángel del invierno
me dio al atravesar.
Después... es necesario
que tú tambien te alejes
en pos de otras florestas
y de otro cielo en pos;
que te alces de tu nido,
que te alces y me dejes
sin escuchar mis ruegos
y sin decirme adiós.
que tú tambien te alejes
en pos de otras florestas
y de otro cielo en pos;
que te alces de tu nido,
que te alces y me dejes
sin escuchar mis ruegos
y sin decirme adiós.
Yo estaba solo y triste
cuando la noche te hizo
plegar las blancas alas
para acogerte a mí,
entonces mi ramaje
doliente y enfermizo
brotó sus flores todas
tan solo para ti.
cuando la noche te hizo
plegar las blancas alas
para acogerte a mí,
entonces mi ramaje
doliente y enfermizo
brotó sus flores todas
tan solo para ti.
En ellas te hice el nido
risueño en que dormías
de amor y de ventura
temblando en su vaivén,
y en él te hallaban siempre
las noches y los días
feliz con mi cariño
y amándote también...
risueño en que dormías
de amor y de ventura
temblando en su vaivén,
y en él te hallaban siempre
las noches y los días
feliz con mi cariño
y amándote también...
¡Ah! nunca en mis delirios
creí que fuera eterno
el sol de aquellas horas
de encanto y frenesí;
pero jamás tampoco
que el soplo del invierno
llegara entre tus cantos,
y hallándote tú aquí...
creí que fuera eterno
el sol de aquellas horas
de encanto y frenesí;
pero jamás tampoco
que el soplo del invierno
llegara entre tus cantos,
y hallándote tú aquí...
Es fuerza que te alejes...
rompiéndome en astillas;
ya siento entre mis ramas
crujir el huracán,
y heladas y temblando
mis hojas amarillas
se arrancan y vacilan
y vuelan y se van...
rompiéndome en astillas;
ya siento entre mis ramas
crujir el huracán,
y heladas y temblando
mis hojas amarillas
se arrancan y vacilan
y vuelan y se van...
Adiós, paloma blanca
que huyendo de la nieve
te vas a otras regiones
y dejas tu árbol fiel;
mañana que termine
mi vida oscura y breve
ya solo tus recuerdos
palpitarán sobre él.
que huyendo de la nieve
te vas a otras regiones
y dejas tu árbol fiel;
mañana que termine
mi vida oscura y breve
ya solo tus recuerdos
palpitarán sobre él.
Es fuerza que te alejes
del cántico y del nido
tu sabes bien la historia
paloma que te vas...
El nido es el recuerdo
y el cántico el olvido,
el árbol es el siempre
y el ave es el jamás.
del cántico y del nido
tu sabes bien la historia
paloma que te vas...
El nido es el recuerdo
y el cántico el olvido,
el árbol es el siempre
y el ave es el jamás.
Adiós mientras que puedes
oír bajo este cielo
el último ¡ay! del himno
cantado por los dos...
Te vas y ya levantas
el ímpetu y el vuelo,
te vas y ya me dejas,
¡paloma, adiós, adiós!
oír bajo este cielo
el último ¡ay! del himno
cantado por los dos...
Te vas y ya levantas
el ímpetu y el vuelo,
te vas y ya me dejas,
¡paloma, adiós, adiós!
Dormía el mundo la siesta de los siglos
y el continuo sueño de ignorancia,
jamás el hombre comtempló vestiglos
ni rindió por tibuto su ignorancia;
dormía entonces el mundo
sin luz del pensamiento,
sin altares, ni ciencia, ni poesía,
y el hombre vagabundo
no alentaba más fe ni sentimiento
que vivir con el hombre que moría;
la tierra era su hogar, su techo el cielo,
ora estuviera en tempestad o en calma,
y por sola ambición era su anhelo
reposar a la sombra de la palma;
en el fondo del bosque disputaba
su presa palpitante
a la iracunda fiera,
a rendir la altivez de su fiereza
y sintiendo tan solo que luchaba.
iba adusto, salvaje, sin temores
y sin sentirse pensador siquiera
en la ardiente embriaguez de sus amores
al abrigo de espléndida maleza;
Amor era su Hoy... Amor podía
y amando al fin sintió que se movía
encendiendo su ardiente fantasía
algo en su mente y al buscarle nombre
«pensó» al fin que pensaba...
Balbuciente sus labios entreabría
y la «idea» en sus ojos centelleaba...
Nunca más dulce sonrió la amante,
jamás el pecho suspiró tan blando,
como en aquel instante
de lucha y embeleso,
de indefinible y plácida agonía,
en que la púdica efusión de un beso
toda la gloria humana se encerraba
en el placer que la mujer sentía
y el hombre pensador idealizaba...
La madre al fruto de su amor salvaje
de las hambrientas fieras
oculta en la espesura del ramaje...
Del padre inquieto la pupila baña
una lágrima, y corre en pos de asilo;
piensa en el valle, deja la montaña,
y después de la gruta, en la cabaña
llega por fin a reposar tranquilo.
Las chozas aparecen y a millares
en los llanos y bosques y laderas,
se extienden por el mundo los hogares,1
se convierten en templos las praderas,
las rocas en altares
donde se rinde al luminar el día
en los más horrorosos sacrificios
suprema idolatría
y variando el temor los sacrificios
el hombre instituyó la Teología
las artes y las ciencias que nacían
el crimen y la guerra,
en el mar, en el cielo y en la tierra
homenaje a los dioses ofrecían
nave ligera que el timón sujeta
ora lanzando sobre la ola inquieta
ora fundiendo el arado que asegura
del viento a la ventura
el grano en la fecunda sementera;
o bien labrando el carro y la guadaña,
el arco y la saeta silbadora
que empaparan de sange la campiña,
y troncharan la mano labradora...
y el continuo sueño de ignorancia,
jamás el hombre comtempló vestiglos
ni rindió por tibuto su ignorancia;
dormía entonces el mundo
sin luz del pensamiento,
sin altares, ni ciencia, ni poesía,
y el hombre vagabundo
no alentaba más fe ni sentimiento
que vivir con el hombre que moría;
la tierra era su hogar, su techo el cielo,
ora estuviera en tempestad o en calma,
y por sola ambición era su anhelo
reposar a la sombra de la palma;
en el fondo del bosque disputaba
su presa palpitante
a la iracunda fiera,
a rendir la altivez de su fiereza
y sintiendo tan solo que luchaba.
iba adusto, salvaje, sin temores
y sin sentirse pensador siquiera
en la ardiente embriaguez de sus amores
al abrigo de espléndida maleza;
Amor era su Hoy... Amor podía
y amando al fin sintió que se movía
encendiendo su ardiente fantasía
algo en su mente y al buscarle nombre
«pensó» al fin que pensaba...
Balbuciente sus labios entreabría
y la «idea» en sus ojos centelleaba...
Nunca más dulce sonrió la amante,
jamás el pecho suspiró tan blando,
como en aquel instante
de lucha y embeleso,
de indefinible y plácida agonía,
en que la púdica efusión de un beso
toda la gloria humana se encerraba
en el placer que la mujer sentía
y el hombre pensador idealizaba...
La madre al fruto de su amor salvaje
de las hambrientas fieras
oculta en la espesura del ramaje...
Del padre inquieto la pupila baña
una lágrima, y corre en pos de asilo;
piensa en el valle, deja la montaña,
y después de la gruta, en la cabaña
llega por fin a reposar tranquilo.
Las chozas aparecen y a millares
en los llanos y bosques y laderas,
se extienden por el mundo los hogares,1
se convierten en templos las praderas,
las rocas en altares
donde se rinde al luminar el día
en los más horrorosos sacrificios
suprema idolatría
y variando el temor los sacrificios
el hombre instituyó la Teología
las artes y las ciencias que nacían
el crimen y la guerra,
en el mar, en el cielo y en la tierra
homenaje a los dioses ofrecían
nave ligera que el timón sujeta
ora lanzando sobre la ola inquieta
ora fundiendo el arado que asegura
del viento a la ventura
el grano en la fecunda sementera;
o bien labrando el carro y la guadaña,
el arco y la saeta silbadora
que empaparan de sange la campiña,
y troncharan la mano labradora...
II
Siglos heroicos de exterminio y luto,
de horrores y quebranto,
en la historia el orgullo os dio tributo
y una lira inmortal os dio su canto.
Ante la Diosa Libertad ufana
se esclipsaron las glorias del verdugo...
¡Siglos, pasad... la nota de quintana
vibra en «alma-verdad» de Víctor Hugo!...
No del guerrero la sangrienta historia
ni del incierto goce de la orgía
pronuncie el labio la falta de memoria
¿Qué del estrago y del festín nos queda?
¡Nada son las estrofas de Tirteo
ni las gotas pagadas de Espronceda
donde reina Lucrecio y Galileo!
¡Franklin del pensamiento,
inmortal Gutemberg!, mientras la imprenta
prosiga infatigable su tarea,
será tu culto cuanto el hombre inventa
y la luz de tu altar será tu idea.
de horrores y quebranto,
en la historia el orgullo os dio tributo
y una lira inmortal os dio su canto.
Ante la Diosa Libertad ufana
se esclipsaron las glorias del verdugo...
¡Siglos, pasad... la nota de quintana
vibra en «alma-verdad» de Víctor Hugo!...
No del guerrero la sangrienta historia
ni del incierto goce de la orgía
pronuncie el labio la falta de memoria
¿Qué del estrago y del festín nos queda?
¡Nada son las estrofas de Tirteo
ni las gotas pagadas de Espronceda
donde reina Lucrecio y Galileo!
¡Franklin del pensamiento,
inmortal Gutemberg!, mientras la imprenta
prosiga infatigable su tarea,
será tu culto cuanto el hombre inventa
y la luz de tu altar será tu idea.
Era muy niña María,
todavía,
cuando me dijo una vez:
—Oye, ¿por qué se sonríen
las flores tan dulcemente,
cuando las besa el ambiente
sobre su aromada tez?
—Ya lo sabrás más delante
niña amante,
le contesté yo, y una mañana,
la niña pura y hermosa,
al entreabrir una rosa
me dijo: —¡Ya sé por qué es!
Y la graciosa criatura
blanca y pura
se ruborizó y después,
ligera como las aves
que cruzan por la campiña,
corrió hacia el bosque la niña
diciendo: —¡Ya sé por qué es!
y yo la seguí jadeante,
palpitante
de ternura y de interés,
y... oí un beso ducle y blando,
que fue a perderse en lo espeso,
diciendo: —¡Ya sé por qué es!
Era muy joven María,
todavía
cuando me dijo una vez;
—Oye, ¿por qué la azucena
se abate y llora marchita
cuando el aura no la agita
ni besa su blanca tez?
—Ya lo sabrás mas delante,
niña amante,
le contesté yo... ¡después!
Y más tarde ¡ay! una noche,
la joven de angustia llena,
al ver triste a una azucena,
me dijo: —¡Ya sé por qué es!
Y ahogando un suspiro ardiente,
la inocente
me vio llorando... y después,
corrió al bosque, y en el bosque
esperó mucho la bella,
y al fin... se oyó una querella
diciendo: —¡Ya sé por qué es!
Era muy linda María,
todavía,
cuando me dijo una vez:
—Oye, ¿Por qué se sonríe
el niño en la sepultura,
con una risa tan pura,
con tan dulce sencillez?
—Ya lo sabrás más delante
niña amante,
le contesté yo... ¡después!
Y... murió la pobre niña,
y en vez de llorar, sonriendo,
voló hacia el azul diciendo,
Diciendo —¡Ya sé por qué es!
Ya lo ves mi hermosa Elmira,
quien delira
sufre mucho, ¡ya lo ves!
Y así, ilusiones y encanto,
ni acaricies ni mantengas,
para que, al llorar, no tengas
que decir: —¡Ya sé por qué es!
todavía,
cuando me dijo una vez:
—Oye, ¿por qué se sonríen
las flores tan dulcemente,
cuando las besa el ambiente
sobre su aromada tez?
—Ya lo sabrás más delante
niña amante,
le contesté yo, y una mañana,
la niña pura y hermosa,
al entreabrir una rosa
me dijo: —¡Ya sé por qué es!
Y la graciosa criatura
blanca y pura
se ruborizó y después,
ligera como las aves
que cruzan por la campiña,
corrió hacia el bosque la niña
diciendo: —¡Ya sé por qué es!
y yo la seguí jadeante,
palpitante
de ternura y de interés,
y... oí un beso ducle y blando,
que fue a perderse en lo espeso,
diciendo: —¡Ya sé por qué es!
Era muy joven María,
todavía
cuando me dijo una vez;
—Oye, ¿por qué la azucena
se abate y llora marchita
cuando el aura no la agita
ni besa su blanca tez?
—Ya lo sabrás mas delante,
niña amante,
le contesté yo... ¡después!
Y más tarde ¡ay! una noche,
la joven de angustia llena,
al ver triste a una azucena,
me dijo: —¡Ya sé por qué es!
Y ahogando un suspiro ardiente,
la inocente
me vio llorando... y después,
corrió al bosque, y en el bosque
esperó mucho la bella,
y al fin... se oyó una querella
diciendo: —¡Ya sé por qué es!
Era muy linda María,
todavía,
cuando me dijo una vez:
—Oye, ¿Por qué se sonríe
el niño en la sepultura,
con una risa tan pura,
con tan dulce sencillez?
—Ya lo sabrás más delante
niña amante,
le contesté yo... ¡después!
Y... murió la pobre niña,
y en vez de llorar, sonriendo,
voló hacia el azul diciendo,
Diciendo —¡Ya sé por qué es!
Ya lo ves mi hermosa Elmira,
quien delira
sufre mucho, ¡ya lo ves!
Y así, ilusiones y encanto,
ni acaricies ni mantengas,
para que, al llorar, no tengas
que decir: —¡Ya sé por qué es!
No hay comentarios:
Publicar un comentario