Manuel Acuña (1849-1873)
Me cuentan que ibas corriendo
Como una sílfide alada,
Cuando de tus blondas trenzas
Te lo robaron las auras;
No sé yo de tal historia
Si es cierta o es inventada;
Pero lo que sé es que ardiendo
De amor y de dicha el alma,
Traigo tu moño en la bolsa
Desde ayer por la mañana;
Que le he hecho mil caricias
Y pienso hacerle otras tantas,
Que por ser color de rosa
Y por ser tuyo me encanta,
Y que por toda la vida
Lo guardaré donde se halla,
Reunido con un billete
Que compré, de La Esperanza,
Con cosa de diez poesías,
De dos vales y una carta
Que me escribió hace dos meses
La que me dio calabazas.
Aquí lo tengo, y a menos
Que deje esta vida amarga,
No abandonaré tu moño,
Dulce cariño del alma,
Ni por lo uno ni por lo otro,
Ni por esto ni por nada,
Que de esa prenda querida
Pienso, merced adorada,
Hacer el hermoso emblema
De todas mis esperanzas.
Como una sílfide alada,
Cuando de tus blondas trenzas
Te lo robaron las auras;
No sé yo de tal historia
Si es cierta o es inventada;
Pero lo que sé es que ardiendo
De amor y de dicha el alma,
Traigo tu moño en la bolsa
Desde ayer por la mañana;
Que le he hecho mil caricias
Y pienso hacerle otras tantas,
Que por ser color de rosa
Y por ser tuyo me encanta,
Y que por toda la vida
Lo guardaré donde se halla,
Reunido con un billete
Que compré, de La Esperanza,
Con cosa de diez poesías,
De dos vales y una carta
Que me escribió hace dos meses
La que me dio calabazas.
Aquí lo tengo, y a menos
Que deje esta vida amarga,
No abandonaré tu moño,
Dulce cariño del alma,
Ni por lo uno ni por lo otro,
Ni por esto ni por nada,
Que de esa prenda querida
Pienso, merced adorada,
Hacer el hermoso emblema
De todas mis esperanzas.
Medio oculta entre la selva
Como un nido entre las ramas,
Y medio hundido en el fondo
Tranquilo de una cañada,
Allá por aquellos tiempos
Hubo en Landín1 una casa
Que no por ser tan sencilla
Ni de un fecha tan larga,
Era menos pintoresca,
Ni tampoco menos blanca.
Sombreaba su puerta un olmo
De hojosas y verdes ramas,
Puntos de citas de todas
Las aves de las montañas;
Y en uno de sus costados,
Brotando límpida y clara,
Saltaba entre los terrones
Y entre las hierbas el agua,
De noche siempre tranquila
Y eternamente callada.
Apenas el sol naciente
Filtraba por sus ventanas,
Cuando estremeciendo el aire,
Sonaban dulces y claras,
La voz de una cuna hablando
De cuanto los niños hablan;
La voz de una madre, rica
De sentimientos y de alma,
Y la voz de un hombre que era
La eterna voz de la patria,
Soñando ya con sus glorias
Y ya con sus esperanzas.
Tez cobriza como aquellos
Primeros hijos de Anáhuac,
Que tantas veces hicieron
Temblar de miedo a la España,
Cuando la España atrevida
Midió con ellos sus armas;
Fuerte y ágil como todos
Los hijos de las montañas;
Como un labriego, robusto;
Como un patriota, entusiasta;
Como un valiente, atrevido,
Y como un joven, todo alma,
El hombre de aquellas selvas,
El hombre de aquella casa,
Era el eterno modelo
De esas figuras sagradas
Que en el altar de los siglos
Hacen un dios de una estatua.
Veinticinco años apenas
Por ese tiempo contaba,
Y de sus nobles heridas
La suma aún era más larga,
Que no hubo por el Bajío
Ningún combate ni hazaña
Donde su ardor no estuviera
Donde faltara su lanza,
Ni donde al grito de muerte
Sus huellas no señalara
Con el licor de sus venas
O el de las venas extrañas.
Y allí tranquilo y oculto
Su triste vida pasaba,
Lamentando en su impotencia
La esclavitud de la patria
Que renunciando a la lucha,
Renunciaba a la esperanza:
Cuando una mañana, a la hora
Que el último sueño marca,
Despertó oyendo a lo lejos
Un ruido confuso de armas;
Y adivinando al instante
La suerte que le amagaba,
Bajó del lecho al influjo
De una decisión extraña;
Besa en los labios a su hijo,
Besa en la frente a su amada,
Clava los ojos ardientes
En la entreabierta ventana,
Y al ver por sus enemigos
Ya casi envuelta su casa,
Salta a las rocas, y entre ellos
Se escapa por la montaña.
Como un nido entre las ramas,
Y medio hundido en el fondo
Tranquilo de una cañada,
Allá por aquellos tiempos
Hubo en Landín1 una casa
Que no por ser tan sencilla
Ni de un fecha tan larga,
Era menos pintoresca,
Ni tampoco menos blanca.
Sombreaba su puerta un olmo
De hojosas y verdes ramas,
Puntos de citas de todas
Las aves de las montañas;
Y en uno de sus costados,
Brotando límpida y clara,
Saltaba entre los terrones
Y entre las hierbas el agua,
De noche siempre tranquila
Y eternamente callada.
Apenas el sol naciente
Filtraba por sus ventanas,
Cuando estremeciendo el aire,
Sonaban dulces y claras,
La voz de una cuna hablando
De cuanto los niños hablan;
La voz de una madre, rica
De sentimientos y de alma,
Y la voz de un hombre que era
La eterna voz de la patria,
Soñando ya con sus glorias
Y ya con sus esperanzas.
Tez cobriza como aquellos
Primeros hijos de Anáhuac,
Que tantas veces hicieron
Temblar de miedo a la España,
Cuando la España atrevida
Midió con ellos sus armas;
Fuerte y ágil como todos
Los hijos de las montañas;
Como un labriego, robusto;
Como un patriota, entusiasta;
Como un valiente, atrevido,
Y como un joven, todo alma,
El hombre de aquellas selvas,
El hombre de aquella casa,
Era el eterno modelo
De esas figuras sagradas
Que en el altar de los siglos
Hacen un dios de una estatua.
Veinticinco años apenas
Por ese tiempo contaba,
Y de sus nobles heridas
La suma aún era más larga,
Que no hubo por el Bajío
Ningún combate ni hazaña
Donde su ardor no estuviera
Donde faltara su lanza,
Ni donde al grito de muerte
Sus huellas no señalara
Con el licor de sus venas
O el de las venas extrañas.
Y allí tranquilo y oculto
Su triste vida pasaba,
Lamentando en su impotencia
La esclavitud de la patria
Que renunciando a la lucha,
Renunciaba a la esperanza:
Cuando una mañana, a la hora
Que el último sueño marca,
Despertó oyendo a lo lejos
Un ruido confuso de armas;
Y adivinando al instante
La suerte que le amagaba,
Bajó del lecho al influjo
De una decisión extraña;
Besa en los labios a su hijo,
Besa en la frente a su amada,
Clava los ojos ardientes
En la entreabierta ventana,
Y al ver por sus enemigos
Ya casi envuelta su casa,
Salta a las rocas, y entre ellos
Se escapa por la montaña.
II
Aún no se alzaba del todo
La niebla de la mañana,
Y aún no acertaban a darse
Cuenta de tamaña audacia
Los sitiadores furiosos
Que sorprenderle esperaban,
Cuando al galope y bajando
Camino de la cañada,
Vieron venir a lo lejos
Un grupo de gente armada,
Compuesto de ocho jinetes
Y el hombre que los mandaba;
En mayor número que ellos
Y con superiores armas,
Seguros de la victoria
Fácil que se les aguarda,
Todos empuñan las riendas,
Todos afirman la lanza,
Todos ven al enemigo
Todos miden la distancia,
Y en silencio y todos ellos
Prontos a ponerse en marcha,
Sólo esperan a que llegue
La hora de entrar en batalla.
Los insurgentes en tanto
Viendo las huestes contrarias,
Más de coraje la encienden
Y más de amor la entusiasman,
Y ansiosos de dar su sangre
Por la salud de la patria,
Sobre el caballo inclinan,
La floja rienda adelantan,
Y fijos los barboquejos
Y el sombrero hacia la espalda,
Entre la niebla y el polvo
Corren, y vuelan y avanzan,
Siguiendo entre los peñascos
Al hombre de la cañada.
Y ya los de Bustamante2
Su primer paso avanzaban,
Anhelando en su impaciencia
Cómo acortar la distancia
Que la interpuesta colina
Con un recodo aumentaba;
Cuando de pie en lo más alto
De las rocas escarpadas,
Vieron alzarse a un jinete
Que con voz sonora y clara,
—«Yo soy el Giro» —les dijo,
«Si al Giro es a quien aguardan;
Y el que lo busque que venga
Si tiene honor y tiene alma,
Que a todos espera el Giro
Frente a frente y cara a cara»—.
Dijo: y los fieros dragones
Al grito de «¡Viva España!»
Como un solo hombre treparon
Hasta donde el Giro estaba
Dispuesto como los suyos
A sucumbir por la patria...
Y fue la lucha, y terribles
Al dar la espantosa carga,
Insurgentes y realistas
Ardiendo con cólera y rabia,
Se entremezclaron sedientos
De victoria y de matanza...
Quiso la triste fortuna
Favorecer a la España,
El brillo de sus fulgores
Negándole a nuestras armas,
Que ya de los insurgentes
Uno tan sólo quedaba
A caballo todavía,
Pero ya herido y sin armas.
Era el Giro, que entre doce
Dragones que le rodeaban,
Sin rendirse al desaliento
Ni inclinarse a la desgracia,
Luchaba y arremetía
Contra el que más se acercaba,
Convirtiendo a su caballo,
A un tiempo en escudo y arma.
Por fin un brazo atrevido
Clavó en su pecho una lanza,
Perder haciéndole el poco
Aliento que le quedaba;
Pero él aunque ya en el suelo,
Con fuerza siempre y con alma,
Coge la lanza, del pecho
Sin vacilar se la arranca,
Y estremecido y al grito
De independencia y de patria,
De pie sobre los peñascos
A sus contrarios aguarda;
Y después de herir a todos
Los que acercársele ensayan,
Hace huir a los restantes
Que ante heroicidad tamaña
Se alejan, y desde lejos
Lo rematan a pedradas.
La niebla de la mañana,
Y aún no acertaban a darse
Cuenta de tamaña audacia
Los sitiadores furiosos
Que sorprenderle esperaban,
Cuando al galope y bajando
Camino de la cañada,
Vieron venir a lo lejos
Un grupo de gente armada,
Compuesto de ocho jinetes
Y el hombre que los mandaba;
En mayor número que ellos
Y con superiores armas,
Seguros de la victoria
Fácil que se les aguarda,
Todos empuñan las riendas,
Todos afirman la lanza,
Todos ven al enemigo
Todos miden la distancia,
Y en silencio y todos ellos
Prontos a ponerse en marcha,
Sólo esperan a que llegue
La hora de entrar en batalla.
Los insurgentes en tanto
Viendo las huestes contrarias,
Más de coraje la encienden
Y más de amor la entusiasman,
Y ansiosos de dar su sangre
Por la salud de la patria,
Sobre el caballo inclinan,
La floja rienda adelantan,
Y fijos los barboquejos
Y el sombrero hacia la espalda,
Entre la niebla y el polvo
Corren, y vuelan y avanzan,
Siguiendo entre los peñascos
Al hombre de la cañada.
Y ya los de Bustamante2
Su primer paso avanzaban,
Anhelando en su impaciencia
Cómo acortar la distancia
Que la interpuesta colina
Con un recodo aumentaba;
Cuando de pie en lo más alto
De las rocas escarpadas,
Vieron alzarse a un jinete
Que con voz sonora y clara,
—«Yo soy el Giro» —les dijo,
«Si al Giro es a quien aguardan;
Y el que lo busque que venga
Si tiene honor y tiene alma,
Que a todos espera el Giro
Frente a frente y cara a cara»—.
Dijo: y los fieros dragones
Al grito de «¡Viva España!»
Como un solo hombre treparon
Hasta donde el Giro estaba
Dispuesto como los suyos
A sucumbir por la patria...
Y fue la lucha, y terribles
Al dar la espantosa carga,
Insurgentes y realistas
Ardiendo con cólera y rabia,
Se entremezclaron sedientos
De victoria y de matanza...
Quiso la triste fortuna
Favorecer a la España,
El brillo de sus fulgores
Negándole a nuestras armas,
Que ya de los insurgentes
Uno tan sólo quedaba
A caballo todavía,
Pero ya herido y sin armas.
Era el Giro, que entre doce
Dragones que le rodeaban,
Sin rendirse al desaliento
Ni inclinarse a la desgracia,
Luchaba y arremetía
Contra el que más se acercaba,
Convirtiendo a su caballo,
A un tiempo en escudo y arma.
Por fin un brazo atrevido
Clavó en su pecho una lanza,
Perder haciéndole el poco
Aliento que le quedaba;
Pero él aunque ya en el suelo,
Con fuerza siempre y con alma,
Coge la lanza, del pecho
Sin vacilar se la arranca,
Y estremecido y al grito
De independencia y de patria,
De pie sobre los peñascos
A sus contrarios aguarda;
Y después de herir a todos
Los que acercársele ensayan,
Hace huir a los restantes
Que ante heroicidad tamaña
Se alejan, y desde lejos
Lo rematan a pedradas.
III
Mártir, que toda tu sangre
Supiste dar por la patria;
Tú, de los desconocidos
Que murieron por salvarla,
¡Gracias por tu fortaleza,
Por tu sacrificio, gracias!
Supiste dar por la patria;
Tú, de los desconocidos
Que murieron por salvarla,
¡Gracias por tu fortaleza,
Por tu sacrificio, gracias!
Mentira el ¡más allá! ¡Mentira el alma
Que el retroceso impuro
Hace nacer llenando lo futuro,
Del triste cementerio entre la calma!
¡Engaño esa creación que el fanatismo
Hace brotar del último lamento
Que nos lleva al abismo!
¡Mentira ese ad terrorem que el convento
Lanza á la humanidad mezquina y necia
Que, oyendo á la razón y al pensamiento
No abarca esa mentira y la desprecia!
El hombre es sólo el hombre,
Pobre criatura de miseria y lodo,
Que sueña, que delira, y que en la fosa
Mira rodar con su existencia todo;
Pobre ser que termina la jornada
Con el eco de su último latido,
Para volver en sombra convertido
A su punto de origen, a la nada.
Es un astro-misterio que atraviesa
La curva de la vida, y se derrumba
Al concluir la carrera de ese cielo
Que en el Oriente de la cuna empieza
Y acaba en el Ocaso de la tumba;
Molécula que, oculta entre la gasa
De la noche, sin ruta y sin destino,
Como una exhalación flébil y escasa,
Nace, se mece y pasa
Sin dejar una huella en su camino,
Y que a veces llegándose valiente
Hasta el sol de la gloria,
Se enciende en él y vuela,
Pero dejando entonces, donde acaba,
El germen de otra luz sobre la estela.
Luz inmortalidad con que deliran
El sabio y el artista y el guerrero
En medio de esos éxtasis soberanos
Que son la hora suprema
En que el genio prepara con sus manos,
Para ceñir sus frentes la diadema;
Hora en que el hombre alcanza,
Por el zodiaco de la fe y del arte,
Llegar hasta el zenit de su esperanza
Para robarle el rayo que algún día
Sobre su pobre lápida mortuoria,
Caiga a encender, sublime de poesía,
La antorcha fulgurante de la gloria.
Luz inmortalidad con que soñaban
Sonriendo de placer en su delirio,
El mártir libertad en el cadalso
Y el espectro conciencia en el martirio;
Fulgor que, en la conquista
Del saber y el talento, se levanta
Descorriendo grandioso ante la vista,
El soñado horizonte de una tierra
Donde bendita y mágica se encierra
La tierra prometida del artista,
Esplendor auroral que era el ensueño
Consolador y grato en su pobreza
Del actor inspirado,
Que aún ayer se encontraba circundado
Con la aureola del genio en la cabeza;
Del audaz fingidor que ayer hacía
Sollozar o reír bajo este techo,
Y que hoy, cadáver, duerme
De un pedazo de tierra sobre el lecho.
Cayó... sobre su tumba
Gime el arte, y la patria inconsolada
Con sus hermosos besos maternales
Deposita una lágrima adorada,
En tanto que la fama, que abandona
De la muerte en los antros funerarios
Al despojo... y al hombre,
Vuela augusta a escribir en sus santuarios
Las letras de su nombre.
. . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Muerto, reposa en paz! y si en la fiebre
De tu ambición y tu querer fecundo
Soñaste con un mundo más risueño
Que este pequeño y miserable mundo;
Si astro que cruza la extensión vacía
Soñaste con dejar escrita en ella
Algo como la luz que en ti vivía
Para hacerte inmortal con esa huella,
Tu sueño está cumplido... tus cenizas
Ya no son más que escoria;
Pero el azul radioso de tu patria
Cuenta con otra luz, la luz de tu memoria
Los hombres como tú, jamás perecen
Al tocar los umbrales
De la obscura región de lo ignorado;
Los hombres como tú, mueren y crecen
Con la figura inmensa de granito
Que de pie y majestuosa se levanta
De entre el polvo impalpable que la planta
Envuelve al resbalar en lo infinito.
Para ti no hay sepulcro, que el reflejo
De tu luz poderosa
Te basta en la caída,
Para seguir viviendo en otra vida,
No en la estrechez de tu escondida fosa...
Tú como el astro hermoso de la aurora
Que rueda en el ocaso,
Dejando como huella de su paso
La luna brilladora,
Caíste en el abismo,
Nítido sol de mexicano cielo:
Pero dejando al terminar el vuelo,
La luna de ti mismo.
Sacerdote titánico del arte.
Envuélvete sonriendo en la mortaja
Que te arropa en la huesa...
Donde tu cuerpo mísero reposa
Y se alza el pedestal de tu grandeza.
¡Adiós, muerto sublime!
¡Sublime y noble atleta del proscenio!
Descansa en paz mientras tu patria gime
Sobre el recuerdo que tu gloria abona,
Y mientras teje en su santuario el genio,
Para rodear tu nombre, una corona.
Que el retroceso impuro
Hace nacer llenando lo futuro,
Del triste cementerio entre la calma!
¡Engaño esa creación que el fanatismo
Hace brotar del último lamento
Que nos lleva al abismo!
¡Mentira ese ad terrorem que el convento
Lanza á la humanidad mezquina y necia
Que, oyendo á la razón y al pensamiento
No abarca esa mentira y la desprecia!
El hombre es sólo el hombre,
Pobre criatura de miseria y lodo,
Que sueña, que delira, y que en la fosa
Mira rodar con su existencia todo;
Pobre ser que termina la jornada
Con el eco de su último latido,
Para volver en sombra convertido
A su punto de origen, a la nada.
Es un astro-misterio que atraviesa
La curva de la vida, y se derrumba
Al concluir la carrera de ese cielo
Que en el Oriente de la cuna empieza
Y acaba en el Ocaso de la tumba;
Molécula que, oculta entre la gasa
De la noche, sin ruta y sin destino,
Como una exhalación flébil y escasa,
Nace, se mece y pasa
Sin dejar una huella en su camino,
Y que a veces llegándose valiente
Hasta el sol de la gloria,
Se enciende en él y vuela,
Pero dejando entonces, donde acaba,
El germen de otra luz sobre la estela.
Luz inmortalidad con que deliran
El sabio y el artista y el guerrero
En medio de esos éxtasis soberanos
Que son la hora suprema
En que el genio prepara con sus manos,
Para ceñir sus frentes la diadema;
Hora en que el hombre alcanza,
Por el zodiaco de la fe y del arte,
Llegar hasta el zenit de su esperanza
Para robarle el rayo que algún día
Sobre su pobre lápida mortuoria,
Caiga a encender, sublime de poesía,
La antorcha fulgurante de la gloria.
Luz inmortalidad con que soñaban
Sonriendo de placer en su delirio,
El mártir libertad en el cadalso
Y el espectro conciencia en el martirio;
Fulgor que, en la conquista
Del saber y el talento, se levanta
Descorriendo grandioso ante la vista,
El soñado horizonte de una tierra
Donde bendita y mágica se encierra
La tierra prometida del artista,
Esplendor auroral que era el ensueño
Consolador y grato en su pobreza
Del actor inspirado,
Que aún ayer se encontraba circundado
Con la aureola del genio en la cabeza;
Del audaz fingidor que ayer hacía
Sollozar o reír bajo este techo,
Y que hoy, cadáver, duerme
De un pedazo de tierra sobre el lecho.
Cayó... sobre su tumba
Gime el arte, y la patria inconsolada
Con sus hermosos besos maternales
Deposita una lágrima adorada,
En tanto que la fama, que abandona
De la muerte en los antros funerarios
Al despojo... y al hombre,
Vuela augusta a escribir en sus santuarios
Las letras de su nombre.
. . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Muerto, reposa en paz! y si en la fiebre
De tu ambición y tu querer fecundo
Soñaste con un mundo más risueño
Que este pequeño y miserable mundo;
Si astro que cruza la extensión vacía
Soñaste con dejar escrita en ella
Algo como la luz que en ti vivía
Para hacerte inmortal con esa huella,
Tu sueño está cumplido... tus cenizas
Ya no son más que escoria;
Pero el azul radioso de tu patria
Cuenta con otra luz, la luz de tu memoria
Los hombres como tú, jamás perecen
Al tocar los umbrales
De la obscura región de lo ignorado;
Los hombres como tú, mueren y crecen
Con la figura inmensa de granito
Que de pie y majestuosa se levanta
De entre el polvo impalpable que la planta
Envuelve al resbalar en lo infinito.
Para ti no hay sepulcro, que el reflejo
De tu luz poderosa
Te basta en la caída,
Para seguir viviendo en otra vida,
No en la estrechez de tu escondida fosa...
Tú como el astro hermoso de la aurora
Que rueda en el ocaso,
Dejando como huella de su paso
La luna brilladora,
Caíste en el abismo,
Nítido sol de mexicano cielo:
Pero dejando al terminar el vuelo,
La luna de ti mismo.
Sacerdote titánico del arte.
Envuélvete sonriendo en la mortaja
Que te arropa en la huesa...
Donde tu cuerpo mísero reposa
Y se alza el pedestal de tu grandeza.
¡Adiós, muerto sublime!
¡Sublime y noble atleta del proscenio!
Descansa en paz mientras tu patria gime
Sobre el recuerdo que tu gloria abona,
Y mientras teje en su santuario el genio,
Para rodear tu nombre, una corona.
¡Oh, tú que a la llegada de mi santo
Tu tarjeta y tus plácemes me envías
En prueba de las buenas simpatías
Con que has sabido distinguirme tanto!
¡Oh, tú que en vez de música y de canto,
Y en vez de bandolones y poesías,
Vienes y llegas y me das los días
Con un Vicente Fuentes que da encanto!
Párate, y sabe que, aunque no lo creas,
Te he agradecido en mi ánimo infinito
El que tan bueno con tu amigo seas;
Pero también que sepas necesito
Que ya que tantos años me deseas,
Debes darme el remedio y el trapito.
Tu tarjeta y tus plácemes me envías
En prueba de las buenas simpatías
Con que has sabido distinguirme tanto!
¡Oh, tú que en vez de música y de canto,
Y en vez de bandolones y poesías,
Vienes y llegas y me das los días
Con un Vicente Fuentes que da encanto!
Párate, y sabe que, aunque no lo creas,
Te he agradecido en mi ánimo infinito
El que tan bueno con tu amigo seas;
Pero también que sepas necesito
Que ya que tantos años me deseas,
Debes darme el remedio y el trapito.
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