miércoles, 8 de junio de 2016

Poesías por autor

Manuel Acuña (1849-1873)




Si tu alma pura es un broche
que para abrirse a la vida
quiere la calma adormecida
de las sombras de la noche;
si buscas como un abrigo
lo más tranquilo y espeso,
para que tu alma y tu beso
se encuentren sólo conmigo;
y si temiendo en tus huellas
testigos de tus amores,
no quieres ver más que flores,
más que montañas y estrellas;
yo sé muchas grutas, y una
donde podrás en tu anhelo,
ver un pedazo de cielo
cuando aparezca la luna.
Donde a tu tímido oído
no llegarán otros sones
que las tranquilas canciones
de algún ruiseñor perdido.
Donde a tu mágico acento
y estremecido y de hinojos,
veré abrirse ante mis ojos
los mundos del sentimiento.
Y donde tu alma y la mía,
como una sola estrechadas,
se adormirán embriagdas
de amor y melancolía.
Ven a esta gruta y en ella
yo te daré mis desvelos,
hasta que se hunda en los cielos
la luz de la última estrella.
Y antes que el ave temprana
su alegre vuelo levante,
y entre los álamos cante
la vuelta de la mañana,
yo te volveré al abrigo
de tu estancia encantadora,
donde el recuerdo de esa hora
vendrás a soñar conmigo...
Mientras que yo en el exceso
de la pasión que me inspiras
iré a soñar que me miras,
e iré a soñar que te beso.









—«¿Por qué te miro así tan abatida,
pobre flor?
¿En dónde están las galas de tu vida
y el color?

»Dime, ¿por qué tan triste te consumes,
dulce bien?»
—«¿Quién?, ¡el delirio devorante y loco
de un amor,
que me fue consumiendo poco a poco
de dolor!
Porque amando con toda la ternura
de la fe,
a mí no quiso amarme la criatura
que yo amé.

»Y por eso sin galas me marchito
triste aquí,
siempre llorando en mi dolor maldito,
¡Siempre así!»—
¡Habló la flor!...
Yo gemí... era igual a la memoria 
de mi amor.











Porque eres buena, inocente
como un sueño de doncella,
porque eres cándida y bella
como un nectario naciente.

Porque en tus ojos asoma
con un dulcísimo encanto,
todo lo hermoso y lo santo
del alma de una paloma.

Porque eres toda una esencia
de castidad y consuelo,
porque tu alma es todo un cielo
de ternura y de inocencia.

Porque al sol de tus virtudes
se mira en ti realizado
el ideal vago y soñado
de todas las juventudes;

por eso, niña hechicera,
te adoro en mi loco exceso;
por eso te amo, y por eso
te he dado mi vida entera.

Por eso a tu luz se inspira
la fe de mi amor sublime;
¡por eso solloza y gime
como un corazón mi lira!

Por eso cuando te evoca
mi afán en tus embelesos,
siento que un mundo de besos 
palpita sobre mi boca.

Y por eso entre la calma
de mi existencia sombría,
mi amor no anhela más día
que el que una mi alma con tu alma.










Porque dejaste el mundo de dolores
buscando en otro cielo la alegría
que aquí, si nace, sólo dura un día,
y eso entre sombras, dudas y temores.
Porque en pos de otro mundo y de otras flores
abandonaste esta región sombría,
donde tu alma gigante se sentía
condenada a continuos sinsabores.
Yo vengo a decir mi enhorabuena
al mandarte la eterna despedida
que de dolor el corazón me llena;
que aunque cruel y muy triste tu partida,
si la vida a los goces es ajena,
mejor es el sepulcro que la vida.











¡Pues bien!, yo necesito decirte que te adoro,
decirte que te quiero con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto, y al grito en que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.
Yo quiero que tú sepas que ya hace muchos días
estoy enfermo y pálido de tanto no dormir;
que están mis noches negras, tan negras y sombrías,
que ya se han muerto todas las esperanzas mías,
que ya no sé ni dónde se alzaba el porvenir.
De noche, cuando pongo mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero mi espíritu volver,
camino mucho, mucho, y al fin de la jornada,
las formas de mi madre se pierden en la nada,
y tú de nuevo vuelves en mi alma a aparecer.
Comprendo que tus besos jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos no me he de ver jamás;
y te amo y en mis locos y ardientes desvaríos,
bendigo tus desdenes, adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos te quiero mucho más.
A veces pienso en darte mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos y huir de esta pasión;
mas si es en vano todo y el alma no te olvida,
¿qué quieres tú que yo haga, pedazo de mi vida,
qué quieres tú que yo haga con este corazón?
Y luego que ya estaba concluido el santuario,
tu lámpara encendida, tu velo en el altar,
el sol de la mañana detrás del campanario,
chispeando las antorchas, humeando el incensario,
y abierta allá a lo lejos la puerta del hogar...
¡Qué hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre y amándonos los dos;
tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma, los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros mi madre como un Dios!
¡Figúrate qué hermosas las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje por una tierra así!
Y yo soñaba en eso, mi santa prometida;
y al delirar en eso con alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno por ti, no más por ti.
Bien sabe Dios que ese era mi más hermoso sueño,
mi afán y mi esperanza, mi dicha y mi placer;
¡bien sabe Dios que en nada cifraba yo mi empeño,
sino en amarte mucho en el hogar risueño
que me envolvió en sus besos cuando me vio nacer!
Esa era mi esperanza... mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo que existe entre los dos,
¡adiós por la vez última, amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas, la esencia de mis flores;
mi lira de poeta,mi juventud, adiós!











Pues que en tu cielo aún brilla
    la luz de la esperanza, 
Pues que en tu mundo aún vierte
    la fe su resplandor, 
Poeta, duerme y sueña
    mientras que tu alma avanza 
Por esa blanca huella
    que te abre en lontananza 
La encarnación bendita
    del ángel de tu amor. 

Embriáguete la copa 
    de sueños y ventura
Que acerca hasta tus labios 
    su mano virginal,
La misma que en tus horas 
    inmensas de amargura
Rasgaba de tu noche 
    la negra vestidura
Para encender en ella 
    la luz de lo inmortal. 

Que lance tu arpa al aire
    su acento enamorado; 
Que tiemble entre sus cuerdas
    tu ardiente corazón; 
Tu afán está cumplido,
    tu ensueño realizado: 
Ya tiene una ave el nido
    que estaba abandonado, 
Ya vuelve al culto el templo
    cerrado a la ilusión. 

Del viaje que a los cielos
    tu noble fe emprendiera, 
Buscando lo que el mundo
    jamás te pudo dar, 
Ceñida de ilusiones
    ha vuelto la viajera, 
Trayéndote en tus brazos
    la dulce compañera 
Que tanto reclamaban
    los ecos de tu hogar. 

Piadosa de tu luto,
    piadosa de tu duelo, 
Tendió al oír tus quejas
    sus alas hacia aquí... 
¡Poeta! dale gracias
    y fórmale en tu anhelo, 
Un mundo donde acabe
    por olvidar el cielo,
El Cielo venturoso
    que abandonó por ti. 

Despiértate a la aurora
    dichosa de este día 
En que por fin acaban
    tus noches de dolor; 
Y en brazos de la virgen
    que tu ilusión te envía, 
Elévate a ese espacio
    donde alza su harmonía 
La voz del infinito,
    del alma y del amor.









¡Qué triste es vivir soñando
en un mundo que no existe!
      Y qué triste
ir viviendo y caminando,
sin fe en nuestros delirios,
de la razón con los ojos,
que si hay en la vida lirios,
son muchos mas los abrojos.
Nace el hombre, y al momento
se lanza tras la esperanza,
      que no alcanza
porque no se alcanza el viento;
y corrre, corre, y no mira
al ir en pos de la gloria
que es la gloria una mentira
tan bella como ilusoria.
¡No ve al correr como loco
tras la dicha y los amores,
      que son flores
que duran poco, muy poco!
¡No ve cuando se entusiasma
con la fortuna que anhela,
que es la fortuna un fantasma
que cuando se toca vuela!

Y que la vida es un sueño
del que, si al fin despertamos,
      encontramos
el mayor placer pequeño;
pues son tan fuertes los males
de la existencia en la senda,
que corren allí a raudales
las lágrimas en ofrenda.

Los goces nacen y mueren
como puras azucenas,
      mas las penas
viven siempre y siempre hieren;
y cuando vuelva la calma
con las ilusiones bellas,
su lugar dentro del alma
queda ocupado por ellas.

Porque al volar los amores
dejan una herida abierta
      que es la puerta
por donde entran los dolores;
sucediendo en la jornada
de nuestra azarosa vida
que es para el pesar «entrada»
lo que para el bien «salida».

¡Y todos sufren y lloran
sin que una queja profieran,
      porque esperan
hallar la ilusión que adoran!...
Y no mira el hombre triste
cuando tras la dicha corre,
que sólo el dolor existe
sin que haya bien que lo borre.

No ve que es un fatuo fuego
la pasión en que se abrasa,
      luz que pasa
como relámpago, luego:
y no ve que los deseos
de su mente acalorada
no son sino devaneos,
no son más que sombra, nada.

Que es el amor tan ligero
cual la amistad que mancilla
      porque brilla
sólo a la luz del dinero;
y no ve cuando se lanza
loco tras de su creencia,
que son la fe y la esperanza,
mentiras de la existencia.










Sabiendo, como sé, que en esta vida
Todo es llanto, tristeza y amargura,
Y que no hay ni siquiera una criatura
Que no lamente una ilusión perdida.

Sabiendo que la dicha apetecida
Es la sombra y no más de una impostura,
Y que la sola aspiración segura
Es la que al sueño eterno nos convida:

Mi voz no puede levantar su acento
Para desearte, á más de los que tienes,
Otros años de lucha y sufrimiento;

Pero mi voz te da sus parabienes,
Porque sé que hasta el último momento
Brillará la honradez sobre tus sienes.

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