miércoles, 8 de junio de 2016

Poesías por autor

¡Sin lágrimas, sin quejas


¡Sin lágrimas, sin quejas,
sin decirlas adiós, sin un sollozo!
Cumplamos hasta lo último... la suerte 
nos trajo aquí con el objeto mismo, 
los dos venimos a enterrar el alma
bajo la losa del escepticismo.

Sin lágrimas... las lágrimas no pueden
devolver a un cadáver la existencia;
que caigan nuestras flores y que rueden,
pero al rodar, siquiera que nos queden
seca la vista y firme la conciencia.

¡Ya lo ves! para tu alma y para mi alma
los espacios y el mundo están desiertos...
los dos hemos concluido,
y de tristeza y aflicción cubiertos,
ya no somos al fin sino dos muertos
que buscan la mortaja del olvido.

Niños y soñadores cuando apenas
de dejar acabábamos la cuna,
y nuestras vidas al dolor ajenas 
se deslizaban dulces y serenas
como el ala de un cisne en la laguna,
cuando la aurora del primer cariño
aún no asomaba a recoger el velo
que la ignorancia virginal del niño
extiende entre sus párpados y el cielo,
tu alma como la mía,
en su reloj adelantando la hora
y en sus tinieblas encendiendo el día,
vieron un panorama que se abría
bajo el beso y la luz de aquella aurora;
y sintiendo al mirar ese paisaje
las alas de un esfuerzo soberano,
temprano las abrimos, y temprano
nos trajeron al término del viaje.

Le dimos a la tierra
los tintes del amor y de la rosa;
a nuestro huerto nidos y cantares,
a nuestro cielo pájaros y estrellas;
agotamos las flores del camino
para formar con ellas
una corona al ángel del destino...
y hoy en medio del triste desacuerdo
de tanta flor agonizante o muerta,
ya sólo se alza pálida y desierta
la flor envenenada del recuerdo.

Del libro de la vida
la que escribimos hoy es la última hoja...
cerrémoslo en seguida,
y en el sepulcro de la fe perdida
enterremos también nuestra congoja.
   Y ya que el cielo nos concede que este
de nuestros males el postrero sea,
para que el alma a descansar se apreste,
aunque la última lágrima nos cueste,
cumplamos hasta el fin con la tarea.
Y después cuando al ángel del olvido
hayamos entregado estas cenizas
que guardan el recuerdo adolorido
de tantas ilusiones hechas trizas
y de tanto placer desvanecido,
dejemos los espacios y volvamos
a la tranquila vida de la tierra,
ya que la noche del dolor temprana
se avanza hasta nosotros y nos cierra
los dulces horizontes del mañana.

Dejemos los espacios, o si quieres
que hagamos, ensayando nuestro aliento,
un nuevo viaje a esa región bendita
cuyo sólo recuerdo resucita
al cadáver del alma al sentimiento,
lancémonos entonces a ese mundo
en donde todo es sombras y vacío,
hagamos una luna del recuerdo
si el sol de nuestro amor está ya frío;
volemos, si tú quieres,
al fondo de esas mágicas regiones,
y fingiendo esperanzas e ilusiones, 
rompamos el sepulcro, y levantando
nuestro atrevido y poderoso vuelo,
formaremos un cielo entre las sombras,
y seremos los duendes de ese cielo.







Sonaron las campanas de Dolores



Sonaron las campanas de Dolores,
Voz de alarma en el cielo estremecía,
Y en medio de la noche surgió el día
De augusta Libertad con los fulgores.

Temblaron de pavor los opresores,
E Hidalgo audaz el porvenir veía,
Y la patria, la patria que gemía,
Vio sus espinas convertirse en flores.

¡Benditos los recuerdos venerados
De aquellos que cifraron sus desvelos
En morir por sellar la independencia;

Aquellos que vencidos, no humillados,
Encontraron el paso hasta los cielos
Teniendo por camino su conciencia!







Un cielo azul de estrellas





Un cielo azul de estrellas
brillando en la inmensidad;
un pájaro enamorado
cantando en el florestal;
por ambiente los aromas
del jardín y el azahar;
junto a nosotros el agua
brotando del manantial
nuestros corazones cerca,
nuestros labios mucho más,
tú levantándote al cielo 
y yo siguiéndote allá,
ese es el amor mi vida,
¡Esa es la felicidad!...

Cruzar con las mismas alas
los mundos de lo ideal;
apurar todos los goces,
y todo el bien apurar;
de lo sueños y la dicha
volver a la realidad,
despertando entre las flores
de un césped primaveral;
los dos mirándonos mucho,
los dos besándonos más,
ese es el amor, mi vida,
¡Esa es la felicidad...!








UN SUEÑO




¿Quieres oír un sueño?... 
Pues anoche 
vi la brisa fugaz de la espesura 
que al rozar con el broche 
de un lirio que se alzaba en la pradera 
grabó sobre él un «beso», 
perdiéndose después rauda y ligera 
de la enramada entre el follaje espeso. 
Este es mi sueño todo, 
y si entenderlo quieres, niña bella, 
une tus labios en los labios míos, 
y sabrás quién es «él», y quién es «ella».







¡Y bien! Aquí estás ya..., sobre la plancha





¡Y bien! Aquí estás ya..., sobre la plancha
donde el gran horizonte de la ciencia
la extensión de sus límites ensancha.
Aquí, donde la rígida experiencia
viene a dictar las leyes superiores
a que está sometida la existencia.
Aquí, donde derrama sus fulgores
ese astro a cuya luz desaparece
la distinción de esclavos y señores.
Aquí, donde la fábula enmudece
y la voz de los hechos se levanta
y la superstición se desvanece.
Aquí, donde la ciencia se adelanta
a leer la solución de ese problema
que solo al anunciarse nos espanta.
Ella, que tiene la razón por lema,
y que en tus labios escuchar ansía
la augusta voz de la verdad suprema.
Aquí está ya... tras de la lucha impía
en que romper al cabo conseguiste
la cárcel que al dolor te retenía.
La luz de tus pupilas ya no existe,
tu máquina vital descansa inerte
y a cumplir con su objeto se resiste.
¡Miseria y nada más!, dirán al verte
los que creen que el imperio de la vida
acaba donde empieza el de la muerte.
Y suponiendo tu misión cumplida
se acercarán a ti, y en su mirada
te mandarán la eterna despedida.
¡Pero no!..., tu misión no está acabada,
que ni es la nada el punto en que nacemos,
ni el punto en que morimos es la nada.
Círculo es la existencia, y mal hacemos
cuando al querer medirla le asignamos
la cuna y el sepulcro por extremos.
La madre es solo el molde en que tomamos
nuestra forma, la forma pasajera
con que la ingrata vida atravesamos.
Pero ni es esa forma la primera
que nuestro ser reviste, ni tampoco
será su última forma cuando muera.
Tú sin aliento ya, dentro de poco
volverás a la tierra y a su seno
que es de la vida universal el foco.
Y allí, a la vida, en apariencia ajeno,
el poder de la lluvia y del verano
fecundará de gérmenes tu cieno.
Y al ascender de la raíz al grano,
irás del vergel a ser testigo
en el laboratorio soberano.
Tal vez para volver cambiado en trigo
al triste hogar, donde la triste esposa,
sin encontrar un pan sueña contigo.
En tanto que las grietas de tu fosa
verán alzarse de su fondo abierto
la larva convertida en mariposa,
que en los ensayos de su vuelo incierto
irá al lecho infeliz de tus amores
a llevarle tus ósculos de muerto.
Y en medio de esos cambios interiores
tu cráneo, lleno de una nueva vida,
en vez de pensamientos dará flores,
en cuyo cáliz brillará escondida
la lágrima tal vez con que tu amada
acompañó el adiós de tu partida.
La tumba es el final de la jornada,
porque en la tumba es donde queda muerta
la llama en nuestro espíritu encerrada.
Pero en esa mansión a cuya puerta
se extingue nuestro aliento, hay otro aliento
que de nuevo a la vida nos despierta.
Allí acaban la fuerza y el talento,
allí acaban los goces y los males
allí acaban la fe y el sentimiento.
Allí acaban los lazos terrenales,
y mezclados el sabio y el idiota
se hunden en la región de los iguales.
Pero allí donde el ánimo se agota
y perece la máquina, allí mismo
el ser que muere es otro ser que brota.
El poderoso y fecundante abismo
del antiguo organismo se apodera
y forma y hace de él otro organismo.
Abandona a la historia justiciera
un nombre sin cuidarse, indiferente,
de que ese nombre se eternice o muera.
Él recoge la masa únicamente,
y cambiando las formas y el objeto
se encarga de que viva eternamente.
La tumba sólo guarda un esqueleto
mas la vida en su bóveda mortuoria
prosigue alimentándose en secreto.
Que al fin de esta existencia transitoria
a la que tanto nuestro afán se adhiere,
la materia, inmortal como la gloria,
cambia de formas; pero nunca muere.













¿Y qué? ¿Será posible que nosotros
Tanto amemos la gloria y sus fulgores,
La ciencia y sus placeres,
Que olvidemos por eso los amores,
Y más que los amores, las mujeres?

¿Seremos tan ridículos y necios
Que por no darle celos a la ciencia,
No hablemos de los ojos de Dolores,
De la dulce sonrisa de Clemencia,
Y de aquella que, tierna y seductora,
Aún no hace un cuarto de hora todavía,
Con su boca de aurora,

«No te vayas tan pronto», nos decía.
¿Seremos tan ingratos y tan crueles,
Y tan duros y esquivos con las bellas,
Que no alcemos la copa
Brindando a la salud de todas ellas?

Yo, a lo menos por mí, protesto y juro
Que si al irme trepando en la escalera
Que a la gloria encamina,
La gloria me dijera:

—Sube, que aquí te espera
La que tanto te halaga y te fascina;
Y a la vez una chica me gritara:
—Baje usted, que lo aguardo aquí en la esquina,
Lo juro, lo protesto y lo repito:
Si sucediera semejante historia,
A riesgo de pasar por un bendito,
Primero iba a la esquina que a la gloria.

Porque será muy tonto
Cambiar una corona por un beso;
Mas como yo de sabio no presumo,
Me atengo a lo que soy, de carne y hueso,
Y prefiero los besos y no el humo,
Que al fin, al fin, la gloria no es más que eso.

Por lo demás, señores,
¿Quién será aquel que al ir para la escuela
Con su libro de texto bajo el brazo,
No se olvidó de Lucio o de Robredo
Por seguir, paso a paso,
A alguna que nos hizo con el dedo
Una seña de amor, así... al acaso?
¿O bien, que aprovechando la sordera
De la obesa mamá que la acompaña,
Nos dice: ¡No me sigas!
Porque mamá me pega y me regaña?

¿Y quién no ha consentido
En separarse del objeto amado
Con tal de no mirarlo contundido?

¿Quién será aquél, en fin, que no ha sentido
Latir su corazón enamorado,
Y a quién, más que el café, no ha desvelado
El café  de no ser correspondido?

Al aire, pues, señores,
Lancemos nuestros hurras por las bellas,
Por sus gracias, sus chistes, sus amores,
Sus perros y sus gatos y sus flores,
Y cuanto tiene relación con ellas.

Al aire nuestros hurras
De las criaturas por el ser divino,
Por la mitad del hombre,
Por el género humano femenino.

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