Manuel Acuña (1849-1873)
Goza, goza, niña pura,
Mientras en la infancia estás;
Goza, goza esa ventura
Que dura lo que una rosa.
—¿Qué?, ¿tan poco es lo que dura?
—Ya verás niña graciosa,
ya verás.
Hoy es un vergel risueño
La senda por donde vas;
Pero mañana, mi dueño,
Verás abrojos en ella.
—¿Pues qué?, ¿sus flores son sueño?
—Sueño nada más, mi bella,
Ya verás.
Hoy el carmín y la grana
Coloran tu linda faz;
Pero ya verás mañana
Que el llanto sobre ella corra...
—¿Qué?, ¿los borra cuando mana?
—Ya verás cómo los borra,
ya verás.
Y goza mi tierna Elmira,
Mientras disfruta de paz;
Delira, niña, delira
Con un amor que no existe
¿Pues qué?, ¿el amor es mentira?
—Y una mentira muy triste,
Ya verás.
Hoy ves la dicha delante
Y ves la dicha detrás;
Pero esa estrella brillante
Vive y dura lo que el viento.
—¿Qué?, ¿nada más dura un instante?
—Sí, nada más un momento,
ya verás.
Y así, no llores mi encanto,
Que más tarde llorarás;
Mira que el pesar es tanto,
Que hasta el llanto dura poco.
—¿Tampoco es eterno el llanto?
—¡Tampoco, niña, tampoco,
ya verás!
Mientras en la infancia estás;
Goza, goza esa ventura
Que dura lo que una rosa.
—¿Qué?, ¿tan poco es lo que dura?
—Ya verás niña graciosa,
ya verás.
Hoy es un vergel risueño
La senda por donde vas;
Pero mañana, mi dueño,
Verás abrojos en ella.
—¿Pues qué?, ¿sus flores son sueño?
—Sueño nada más, mi bella,
Ya verás.
Hoy el carmín y la grana
Coloran tu linda faz;
Pero ya verás mañana
Que el llanto sobre ella corra...
—¿Qué?, ¿los borra cuando mana?
—Ya verás cómo los borra,
ya verás.
Y goza mi tierna Elmira,
Mientras disfruta de paz;
Delira, niña, delira
Con un amor que no existe
¿Pues qué?, ¿el amor es mentira?
—Y una mentira muy triste,
Ya verás.
Hoy ves la dicha delante
Y ves la dicha detrás;
Pero esa estrella brillante
Vive y dura lo que el viento.
—¿Qué?, ¿nada más dura un instante?
—Sí, nada más un momento,
ya verás.
Y así, no llores mi encanto,
Que más tarde llorarás;
Mira que el pesar es tanto,
Que hasta el llanto dura poco.
—¿Tampoco es eterno el llanto?
—¡Tampoco, niña, tampoco,
ya verás!
Hoy es nuestro cumpleaños,
hoy es la luz del día,
La misma de aquel día
que nos sintió vivir,
Cuando era nuestra gloria
la niña que nacía,
Cuando era el sol la ciencia,
y el cielo el porvenir.
hoy es la luz del día,
La misma de aquel día
que nos sintió vivir,
Cuando era nuestra gloria
la niña que nacía,
Cuando era el sol la ciencia,
y el cielo el porvenir.
I
Viajeros de la gloria,
que en fe de vuestra creencia
Buscáis donde á la ciencia
rendir adoración,
Ni os hace falta un templo
teniendo la conciencia,
Ni os hace falta una arpa
teniendo el corazón.
que en fe de vuestra creencia
Buscáis donde á la ciencia
rendir adoración,
Ni os hace falta un templo
teniendo la conciencia,
Ni os hace falta una arpa
teniendo el corazón.
II
Que libres y tranquilos
se mezclan en el viento
La tímida violeta
y el pálido azahar,
Teniendo en vuestras almas
las flores del talento,
Ningunas son más propias
ni dignas de su altar.
se mezclan en el viento
La tímida violeta
y el pálido azahar,
Teniendo en vuestras almas
las flores del talento,
Ningunas son más propias
ni dignas de su altar.
III
Para esa nueva Vesta
que exige del que la ama
Velar constantemente
de su ara junto al pie.
¡Ni antorchas ni perfumes...!
soplad sobre la llama,
Y que jamás se extinga
la luz de vuestra fe.
que exige del que la ama
Velar constantemente
de su ara junto al pie.
¡Ni antorchas ni perfumes...!
soplad sobre la llama,
Y que jamás se extinga
la luz de vuestra fe.
IV
Así es como a la ciencia
se deben los cantares,
Así es como a la ciencia
se debe la ovación;
Cambiando para el culto
del mundo en sus altares,
Al hombre en sacerdote,
y al libro en oración.
se deben los cantares,
Así es como a la ciencia
se debe la ovación;
Cambiando para el culto
del mundo en sus altares,
Al hombre en sacerdote,
y al libro en oración.
Pues que del destino en pos
Débil contra su cadena,
Frente al deber que lo ordena
Tengo que decirte adiós;
Antes que mi boca se abra
Para dar paso a este acento,
La voz de mi sentimiento
Quiere hablarte una palabra.
Que muy bien pudiera ser
Que cuando de aquí me aleje,
Al decirte adiós, te deje
Para no volverte a ver.
Y así entre el mal con que lucho
Y y que en el dolor me abisma,
Quiero decirte yo misma,
Sepas que te quiero mucho.
Que enamorada de ti
Desde antes de conocerte,
Yo vine sólo por verte,
Y al verte te puse aquí.
Que mi alma reconocida
Te adora con loco empeño,
Porque tu amor era el sueño
Más hermoso de mi vida.
Que del libro de mi historia
Te dejo la hoja mas bella,
Porque en esa hoja destella
Tu gloria más que mi gloria.
Que soñaba en no dejarte
Sino hasta el postrer momento,
Partiendo mi pensamiento
Entre tu amor y el del arte.
Y que hoy ante esa ilusión
Que se borra y se deshace,
Siento ¡ay de mí! que se hace
Pedazos mi corazón...
Tal vez ya nunca en mi anhelo
Podré endulzar mi tristeza
Con ver sobre mi cabeza
El esplendor de tu cielo.
Tal vez ya nunca a mi oído
Resonará en la mañana,
La voz del ave temprana
Que canta desde su nido.
Y tal vez en los amores
Con que te adoro y admiro
Estas flores que hoy aspiro
Serán las últimas flores...
Pero si afectos tan tiernos
Quiere el destino que deje,
Y que me aparte y me aleje
Para no volver a vernos;
Bajo la luz de este día
De encanto inefable y puro
Al darte mi adiós te juro,
¡Oh dulce México mía!
Que si él con sus fuerzas trunca
Todos los humanos lazos,
Te arrancará de mis brazos
Pero de mi pecho, ¡nunca!
Débil contra su cadena,
Frente al deber que lo ordena
Tengo que decirte adiós;
Antes que mi boca se abra
Para dar paso a este acento,
La voz de mi sentimiento
Quiere hablarte una palabra.
Que muy bien pudiera ser
Que cuando de aquí me aleje,
Al decirte adiós, te deje
Para no volverte a ver.
Y así entre el mal con que lucho
Y y que en el dolor me abisma,
Quiero decirte yo misma,
Sepas que te quiero mucho.
Que enamorada de ti
Desde antes de conocerte,
Yo vine sólo por verte,
Y al verte te puse aquí.
Que mi alma reconocida
Te adora con loco empeño,
Porque tu amor era el sueño
Más hermoso de mi vida.
Que del libro de mi historia
Te dejo la hoja mas bella,
Porque en esa hoja destella
Tu gloria más que mi gloria.
Que soñaba en no dejarte
Sino hasta el postrer momento,
Partiendo mi pensamiento
Entre tu amor y el del arte.
Y que hoy ante esa ilusión
Que se borra y se deshace,
Siento ¡ay de mí! que se hace
Pedazos mi corazón...
Tal vez ya nunca en mi anhelo
Podré endulzar mi tristeza
Con ver sobre mi cabeza
El esplendor de tu cielo.
Tal vez ya nunca a mi oído
Resonará en la mañana,
La voz del ave temprana
Que canta desde su nido.
Y tal vez en los amores
Con que te adoro y admiro
Estas flores que hoy aspiro
Serán las últimas flores...
Pero si afectos tan tiernos
Quiere el destino que deje,
Y que me aparte y me aleje
Para no volver a vernos;
Bajo la luz de este día
De encanto inefable y puro
Al darte mi adiós te juro,
¡Oh dulce México mía!
Que si él con sus fuerzas trunca
Todos los humanos lazos,
Te arrancará de mis brazos
Pero de mi pecho, ¡nunca!
¿Se acuerda usted de Juan, de aquel muchacho
De quien le dije a usted
Que eran aquellos cuadros tan bonitos
Y el paisajito aquél?
¿Sí? pues, señor, ayer por la mañana
Como a eso de las diez,
Se suicidó por celos de su novia;
¿Lo pasará usted a creer?
Yo no pude ir a verle, porque he estado
Muy malo desde antier;
Pero Antonio, el que en casa de Jacinta
Nos habló aquella vez,
Cuando por poco mata a usted a palos
El papá de Isabel,
Dice que estaba el pobre hecho pedazos
Desde el cuello a los pies,
Con la lengua de fuera y con los ojos
Volteados al revés;
Que el pavimento estaba ensangrentado,
Manchada la pared,
Y que además del pecho, en que tenía
Dos heridas o tres,
Se rasgó la garganta y, según dicen,
La barriga también.
Juzgando por el dicho de los guardas
Y el dueño del hotel,
El arma con que Juan se dio la muerte
Fue un tronchete leonés.
El caso es que en la bolsa del chaleco
Le hallaron un papel
Que, sobre poco más o menos, dice
Lo que va usted a ver:
—Para que a nadie acuse de mi muerte
Don Tiburcio Montiel,
Sépase que me mato, porque quiero
Dejar de padecer...
Porque ya estoy cansado de esta vida
Que tan odiosa me es,
Y porque ya he bebido hasta las heces
El cáliz de la hiel.
Mi novia Sinforiana se ha casado,
Y esto no puede ser...
Un desgraciado menos... Pasajero,
¡Ruégale a Dios por él...!—
Así dice la carta que yo mismo
Vi en «El Siglo» de ayer,
¿Quién se hubiera pensado hace tres días,
Figúrese usted, quién,
Que aquel huero tan gordo y colorado,
Que el barbencito aquél,
Tan callado y tan serio, moriría
Pocas horas después...?
¿Verdad que nadie? pues el hecho es ese,
Así como también
Que la tal Sinforiana ha derramado
Mil lágrimas por él,
Pues dice que su esposo el comandante,
Solamente en un mes
Le ha dado tres palizas soberanas
Sin contar la de ayer;
Que llega por la noche en un estado
Incapaz de embriaguez;
Que sin llevarle el diario le está siempre
Pidiendo que comer,
Y, en fin, que una y mil veces le ha pesado
Haberse ido con él,
La pobrecita está tan apurada
Que ya no halla qué hacer,
Y según yo la he visto, apostaría
Doscientos contra cien,
A que si dura, durará a lo mucho
¡Hasta fines del mes...!
Conclusión. —Sinforiana se ha matado.
¿No se lo dije a usted?
De quien le dije a usted
Que eran aquellos cuadros tan bonitos
Y el paisajito aquél?
¿Sí? pues, señor, ayer por la mañana
Como a eso de las diez,
Se suicidó por celos de su novia;
¿Lo pasará usted a creer?
Yo no pude ir a verle, porque he estado
Muy malo desde antier;
Pero Antonio, el que en casa de Jacinta
Nos habló aquella vez,
Cuando por poco mata a usted a palos
El papá de Isabel,
Dice que estaba el pobre hecho pedazos
Desde el cuello a los pies,
Con la lengua de fuera y con los ojos
Volteados al revés;
Que el pavimento estaba ensangrentado,
Manchada la pared,
Y que además del pecho, en que tenía
Dos heridas o tres,
Se rasgó la garganta y, según dicen,
La barriga también.
Juzgando por el dicho de los guardas
Y el dueño del hotel,
El arma con que Juan se dio la muerte
Fue un tronchete leonés.
El caso es que en la bolsa del chaleco
Le hallaron un papel
Que, sobre poco más o menos, dice
Lo que va usted a ver:
—Para que a nadie acuse de mi muerte
Don Tiburcio Montiel,
Sépase que me mato, porque quiero
Dejar de padecer...
Porque ya estoy cansado de esta vida
Que tan odiosa me es,
Y porque ya he bebido hasta las heces
El cáliz de la hiel.
Mi novia Sinforiana se ha casado,
Y esto no puede ser...
Un desgraciado menos... Pasajero,
¡Ruégale a Dios por él...!—
Así dice la carta que yo mismo
Vi en «El Siglo» de ayer,
¿Quién se hubiera pensado hace tres días,
Figúrese usted, quién,
Que aquel huero tan gordo y colorado,
Que el barbencito aquél,
Tan callado y tan serio, moriría
Pocas horas después...?
¿Verdad que nadie? pues el hecho es ese,
Así como también
Que la tal Sinforiana ha derramado
Mil lágrimas por él,
Pues dice que su esposo el comandante,
Solamente en un mes
Le ha dado tres palizas soberanas
Sin contar la de ayer;
Que llega por la noche en un estado
Incapaz de embriaguez;
Que sin llevarle el diario le está siempre
Pidiendo que comer,
Y, en fin, que una y mil veces le ha pesado
Haberse ido con él,
La pobrecita está tan apurada
Que ya no halla qué hacer,
Y según yo la he visto, apostaría
Doscientos contra cien,
A que si dura, durará a lo mucho
¡Hasta fines del mes...!
Conclusión. —Sinforiana se ha matado.
¿No se lo dije a usted?
Si del boscaje fecundo
No quise flores cortar,
Cuando vi en mi afán profundo
Que al robárselas al mundo
Se las robaba a tu altar,
En mi ansia por tributarte
Mi ofrenda de admiración,
Acudo, señora, a darte,
Si no las flores del arte,
Las flores del corazón.
No quise flores cortar,
Cuando vi en mi afán profundo
Que al robárselas al mundo
Se las robaba a tu altar,
En mi ansia por tributarte
Mi ofrenda de admiración,
Acudo, señora, a darte,
Si no las flores del arte,
Las flores del corazón.
Si eso fuera, si fuera cierto
Que la última palabra de la vida
Es la palabra débil y no oída
Con que del mundo se despide un muerto;
Si la existencia humana
Sólo durara lo que dura un soplo
Que la alienta y la empuja en su camino,
Y si el límite negro de las tumbas
Fuera el límite impuesto á su destino,
La majestad que su misión encierra
Con su aliento vital se perdería,
Y el cadáver de un sabio no sería
Sino un cadáver más sobre la tierra...
Pero, ¡no! que si el golpe de la muerte
Es bastante a doblar bajo su peso
Lo mismo que al idiota al varón fuerte,
Jamás podrá la tumba
Prestarles a los dos la misma talla.
Como el destino ciego
Jamás podrá bajo su golpe injusto,
Igualar a la encina y al arbusto
Que ruedan bajo el hacha del labriego.
Los hombres son iguales
Ante el abierto fondo de un sepulcro,
Porque del hombre en el cadáver frío
La creación inmortal no ve ni encuentra
Sino una estatua que al perder la forma
Para otra forma en sus talleres entra;
Pero allí donde se hunde
Todo pie, y enmudece todo labio,
Allí donde se pierde y se confunde
La huella del idiota y la del sabio,
Si la tumba entreabierta
Cubre a los dos bajo la misma calma,
Y si al cruzar la inmensidad desierta
Los dos encuentran la misma puerta
Confundiendo en el cielo a una y otra alma:
La justiciera historia
Dejando al uno vegetar perdido,
Alza al otro un altar en su memoria,
Marcando entre los dos la diferencia
Que la tierra y el cielo
Borran ante la vida y la creencia,
Y haciendo en el lugar aborrecido
Donde acaba esta vida transitoria,
Algo como otro cielo, de la gloria,
Y algo como otro infierno, del olvido...
Podrá el cincel hebreo
Dar a Josué una estatua en sus talleres
Y negar esa estatua a Galileo;
Pero no podrá hacer que olvide el mundo
El robusto y divino e pur si muove
De su credo profundo;
Que a pesar del fanático sombrío
Que en el silencio del dolor lo encierra,
Su grito sonará sobre la tierra
Mientras ruede la tierra en el vacío...
Podrá el templo cristiano
Desdeñar para su aire otro perfume,
Que el del incienso que en columnas blancas
Sobre el dorado vaso se consume;
Pero el santuario augusto de la ciencia
Jamás tuvo en su altar mejor aroma,
Que en aquel santo día
En que era un mundo entero el incensario,
Y un loco, un pensador, un temerario,
Quien aquel incensario le ofrecía.
La ciencia, como el cielo,
Tiene también sus himnos y sus cantos,
Y, lo mismo que Dios, tiene su culto,
Y, lo mismo que Dios, tiene sus santos...
En vez de las suntuosas catedrales
Que el suelo cubren con su inmensa mole,
Ella tiene la escuela, donde unidos
Por el amor sagrado de la idea,
Sobré el arpa bendita del santuario
Levantan la oración del pensamiento,
El sabio contemplando el firmamento
Y el niño deletreando el silabario.
Y allí es donde la gloria
Tiene un altar y un busto
Para cada escogido de la historia;
Allí es donde la ciencia
Va a repetir entre el clamor del mundo,
La palabra de luz del moribundo
Que sucumbe en la fe de su conciencia.
Y allí es donde tu vives, varón justo,
Al que ahora bendice en sus altares
La santa voz del porvenir augusto;
El que tu ciencia y tus virtudes premia,
Consagrando a tu ciencia y sus virtudes
Las canciones de todos sus laúdes
En el templo inmortal de la Academia.
Allí será donde tu boca, el libro,
Nos seguirá enseñando las verdades
Que al Universo le arrancó tu aliento;
Y allí donde el progreso agradecido
Cuando la historia de tus hechos abra,
Llegará con tu nombre bendecido
A tocar a las puertas del olvido
Para hacerte brotar de tu palabra.
Que la última palabra de la vida
Es la palabra débil y no oída
Con que del mundo se despide un muerto;
Si la existencia humana
Sólo durara lo que dura un soplo
Que la alienta y la empuja en su camino,
Y si el límite negro de las tumbas
Fuera el límite impuesto á su destino,
La majestad que su misión encierra
Con su aliento vital se perdería,
Y el cadáver de un sabio no sería
Sino un cadáver más sobre la tierra...
Pero, ¡no! que si el golpe de la muerte
Es bastante a doblar bajo su peso
Lo mismo que al idiota al varón fuerte,
Jamás podrá la tumba
Prestarles a los dos la misma talla.
Como el destino ciego
Jamás podrá bajo su golpe injusto,
Igualar a la encina y al arbusto
Que ruedan bajo el hacha del labriego.
Los hombres son iguales
Ante el abierto fondo de un sepulcro,
Porque del hombre en el cadáver frío
La creación inmortal no ve ni encuentra
Sino una estatua que al perder la forma
Para otra forma en sus talleres entra;
Pero allí donde se hunde
Todo pie, y enmudece todo labio,
Allí donde se pierde y se confunde
La huella del idiota y la del sabio,
Si la tumba entreabierta
Cubre a los dos bajo la misma calma,
Y si al cruzar la inmensidad desierta
Los dos encuentran la misma puerta
Confundiendo en el cielo a una y otra alma:
La justiciera historia
Dejando al uno vegetar perdido,
Alza al otro un altar en su memoria,
Marcando entre los dos la diferencia
Que la tierra y el cielo
Borran ante la vida y la creencia,
Y haciendo en el lugar aborrecido
Donde acaba esta vida transitoria,
Algo como otro cielo, de la gloria,
Y algo como otro infierno, del olvido...
Podrá el cincel hebreo
Dar a Josué una estatua en sus talleres
Y negar esa estatua a Galileo;
Pero no podrá hacer que olvide el mundo
El robusto y divino e pur si muove
De su credo profundo;
Que a pesar del fanático sombrío
Que en el silencio del dolor lo encierra,
Su grito sonará sobre la tierra
Mientras ruede la tierra en el vacío...
Podrá el templo cristiano
Desdeñar para su aire otro perfume,
Que el del incienso que en columnas blancas
Sobre el dorado vaso se consume;
Pero el santuario augusto de la ciencia
Jamás tuvo en su altar mejor aroma,
Que en aquel santo día
En que era un mundo entero el incensario,
Y un loco, un pensador, un temerario,
Quien aquel incensario le ofrecía.
La ciencia, como el cielo,
Tiene también sus himnos y sus cantos,
Y, lo mismo que Dios, tiene su culto,
Y, lo mismo que Dios, tiene sus santos...
En vez de las suntuosas catedrales
Que el suelo cubren con su inmensa mole,
Ella tiene la escuela, donde unidos
Por el amor sagrado de la idea,
Sobré el arpa bendita del santuario
Levantan la oración del pensamiento,
El sabio contemplando el firmamento
Y el niño deletreando el silabario.
Y allí es donde la gloria
Tiene un altar y un busto
Para cada escogido de la historia;
Allí es donde la ciencia
Va a repetir entre el clamor del mundo,
La palabra de luz del moribundo
Que sucumbe en la fe de su conciencia.
Y allí es donde tu vives, varón justo,
Al que ahora bendice en sus altares
La santa voz del porvenir augusto;
El que tu ciencia y tus virtudes premia,
Consagrando a tu ciencia y sus virtudes
Las canciones de todos sus laúdes
En el templo inmortal de la Academia.
Allí será donde tu boca, el libro,
Nos seguirá enseñando las verdades
Que al Universo le arrancó tu aliento;
Y allí donde el progreso agradecido
Cuando la historia de tus hechos abra,
Llegará con tu nombre bendecido
A tocar a las puertas del olvido
Para hacerte brotar de tu palabra.
Si llega a tu ventana una paloma
blanca y hermosa como el casto armillo,
recíbela en tu pecho, Lola bella,
y dale un beso en su rosado pico.
Que la paloma al recibir tus besos
ha de entregarte los que yo te envío,
y así unidos, mis besos con los tuyos
se han de convertir en «un suspiro».
blanca y hermosa como el casto armillo,
recíbela en tu pecho, Lola bella,
y dale un beso en su rosado pico.
Que la paloma al recibir tus besos
ha de entregarte los que yo te envío,
y así unidos, mis besos con los tuyos
se han de convertir en «un suspiro».
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