Aún era yo muy niño, cuando un día,
cogiendo mi cabeza entre sus manos
y llorando a la vez que me veía
«¡Adiós! ¡Adiós!» me dijo;
«desde este instante un horizonte nuevo
se presenta a tus ojos;
vas a buscar la fuente
donde apagar la sed que te devora;
marcha... y cuando mañana
al mal que aún no conoces
ofrezca de tu llanto las primicias,
ten valor y esperanza,
anima el paso tardo,
y mientras llega de tu vuelta la hora,
ama un poco a tu padre que te adora,
y ten valor y ... marcha... yo te aguardo».
Así me dijo, y confundiendo en uno
su sollozo y el mío,
me dio un beso en la frente...
sus brazos me estrecharon...
y después... a los pálidos reflejos
del sol que en el crepúsculo se hundía
sólo vi una ciudad que se perdía
con mi cuna y mis padres a lo lejos.
El viento de la noche
saturado de arrullos y de esencias,
soplaba en mi redor, tranquilo y dulce
como aliento de niño;
tal vez llevando en sus ligeras alas
con la tibia embriaguez de sus aromas,
el acento fugaz y enamorado
del silencioso beso de mi madre
sobre el blanco lecho abandonado.
Las campanas distantes repetían
el toque de oraciones... una estrella
apareció en el seno de una nube;
tras de mi obscura huella
la inmensidad se alzaba...
Yo entonces me detuve,
y haciendo estremecer el infinito
de mi dolor supremo con el grito;
«¡Adiós, mi santo hogar», clamé llorando,
«¡Adiós, hogar bendito!,
en cuyo seno viven los recuerdos
más queridos de mi alma...
pedazo de ese azul en donde anidan
mis ilusiones cándidas de niño...!
¡Quién sabe si mis ojos
no volverán a verte!...
¡Quién sabe si hoy te envío
el adiós de la muerte!...
Mas si el destino rudo
ha de darme el morir bajo tu techo,
si el ave de la selva
ha de plegar las alas en su nido,
¡guárdame mi tesoro, hogar querido,
guárdame mi tesoro hasta que vuelva!»
Las lágrimas brotaron
a mis hinchados párpados... las sombras
espesas y agrupadas de repente
se abrieron de los astros a la huella...
cruzó una luz por lo alto, alcé la frente,
el cielo era una página y en ella
ví esta cifra —¡Detente!
Detente... y a mi oído
llegó como un arrullo de paloma
la nota de un gemido;
algo como un suspiro de la noche
rompiendo del silencio la honda calma...
algo como la queja
de un alma para otra alma...
algo como el adiós con que los muertos,
del amor al esfuerzo soberano,
saludan desde el fondo de sus tumbas
al recuerdo lejano.
cogiendo mi cabeza entre sus manos
y llorando a la vez que me veía
«¡Adiós! ¡Adiós!» me dijo;
«desde este instante un horizonte nuevo
se presenta a tus ojos;
vas a buscar la fuente
donde apagar la sed que te devora;
marcha... y cuando mañana
al mal que aún no conoces
ofrezca de tu llanto las primicias,
ten valor y esperanza,
anima el paso tardo,
y mientras llega de tu vuelta la hora,
ama un poco a tu padre que te adora,
y ten valor y ... marcha... yo te aguardo».
Así me dijo, y confundiendo en uno
su sollozo y el mío,
me dio un beso en la frente...
sus brazos me estrecharon...
y después... a los pálidos reflejos
del sol que en el crepúsculo se hundía
sólo vi una ciudad que se perdía
con mi cuna y mis padres a lo lejos.
El viento de la noche
saturado de arrullos y de esencias,
soplaba en mi redor, tranquilo y dulce
como aliento de niño;
tal vez llevando en sus ligeras alas
con la tibia embriaguez de sus aromas,
el acento fugaz y enamorado
del silencioso beso de mi madre
sobre el blanco lecho abandonado.
Las campanas distantes repetían
el toque de oraciones... una estrella
apareció en el seno de una nube;
tras de mi obscura huella
la inmensidad se alzaba...
Yo entonces me detuve,
y haciendo estremecer el infinito
de mi dolor supremo con el grito;
«¡Adiós, mi santo hogar», clamé llorando,
«¡Adiós, hogar bendito!,
en cuyo seno viven los recuerdos
más queridos de mi alma...
pedazo de ese azul en donde anidan
mis ilusiones cándidas de niño...!
¡Quién sabe si mis ojos
no volverán a verte!...
¡Quién sabe si hoy te envío
el adiós de la muerte!...
Mas si el destino rudo
ha de darme el morir bajo tu techo,
si el ave de la selva
ha de plegar las alas en su nido,
¡guárdame mi tesoro, hogar querido,
guárdame mi tesoro hasta que vuelva!»
Las lágrimas brotaron
a mis hinchados párpados... las sombras
espesas y agrupadas de repente
se abrieron de los astros a la huella...
cruzó una luz por lo alto, alcé la frente,
el cielo era una página y en ella
ví esta cifra —¡Detente!
Detente... y a mi oído
llegó como un arrullo de paloma
la nota de un gemido;
algo como un suspiro de la noche
rompiendo del silencio la honda calma...
algo como la queja
de un alma para otra alma...
algo como el adiós con que los muertos,
del amor al esfuerzo soberano,
saludan desde el fondo de sus tumbas
al recuerdo lejano.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Al despertar de aquel supremo instante
de letargo sombrío
la noche de la ausencia desplegaba
su impenetrable velo,
sus sombras sin estrellas,
su atmósfera de hielo...
esa odiosa ceguez en que el ausente
proscrito del cariño
cumple con su destierro, suspirando
por sus recuerdos vírgenes de niño;
ese inmenso dolor que hace del alma
en el terrible y solitario viaje,
un árido desierto
en donde es un miraje cada punto
y en donde es un amor cada miraje...
Y así de la ampolleta de mi vida
se deslizaban las eternas horas
sobre mi frente mustia y abatida,
soñando al extenderse en lontananza,
como una dulce estrofa desprendida
del arpa celestial de la esperanza;
así, cuando una vez, en el instante
en que la blanca flor de mi delirio
desplegaba en los aires su capullo;
cuando mi muerta fe se estremecía
bajo sus ropas fúnebres del duelo
al ver flotando en el azul del cielo
el alma de mi hogar sobre la mía;
cuando iba ya a sonar para mis ojos
la última hora de llanto,
y se cambiaba en música de salve
la música elegíaca de mi canto;
mi corazón como la flor marchita
que se abre a las sonrisas de la aurora
esperando la vida de sus rayos
también se abrió... para plegar su broche,
a las caricias del amor abierto,
encerrando en el fondo de su noche
¡las caricias de un muerto!...
En el espacio blanco y encendido
por los trémulos rayos de la luna
yo vi asomar su sombra...
La gasa del sepulcro lo envolvía
con sus espesos pliegues...
En su frente espectral se dibujaba
una aureola de angustia, lo que dijo
se perdió en la región donde flotaba...
su mano me bendijo...
su pecho sollozaba...
La sombra se elevó como la niebla
que en la mañana se alza de los campos;
cerré los ojos, supirando y luego...
oí un adiós en la profunda calma
de aquella inmensidad muda y tranquila,
y al levantar de nuevo la pupila
¡el cielo estaba negro como mi alma!
En el reloj terrible
donde cada dolor marca su instante,
el destino inflexible
señalaba la cifra palpitante
de aquella hora imposible;
hora triste en que el íntimo santuario
de mis sueños de gloria,
vio su altar solitario,
convertido su sol en tenebrario,
y su culto en memoria...
Hora negra en que la urna consagrada
para envolverlo, ¡oh, padre!
del cariño en la esencia perfumada,
fue un sepulcro sombrío
donde sólo dejaste tu recuerdo
para hacer más inmenso su vacío.
¡Padre... perdón porque te amaba tanto,
que en el orgullo de mi amor creía
darte en él un escudo!
¡Perdón porque luché contra la suerte,
y desprenderme de tus lazos pudo!
¡Perdón porque a tu muerte
le arrebaté mis últimas caricias
y te dejé morir sin que rompiendo
mi alma los densos nublos de la ausencia,
fuera a unirse en un beso con la tuya
y a escuchar tu postrera confidencia!
Sobre la blanca cuna en que de niño
me adurmieron los cantos de la noche,
el cielo azul flotaba,
y siempre que mis párpados se abrían,
siempre hallé en ese cielo dos estrellas
que al verme desde allí se sonreían;
mañana que mis ojos
se alcen de nuevo hacia el espacio umbrío
que se mece fugaz sobre mi cuna,
tu sabes, padre mío,
que sobre aquella cuna hay un vacío,
de esas dos estrellas falta una.
Caíste... de los libros de la noche
yo no tengo la ciencia ni la clave;
en la tumba en que duermes
yo no sé si el amor tiene cabida...
yo no sé si el sepulcro
puede amar a la vida;
pero en la densa oscuridad que envuelve
mi corazón para sufrir cobarde,
yo sé que existe el germen de una hoguera
que a tu memoria se estremece y arde...
yo sé que es el más dulce de los nombres
el nombre que te doy cuando te llamo,
y que en la religión de mis recuerdos
tú eres el dios que amo.
Caíste de tu abismo impenetrable
la helada niebla arroja
su negra proyección sobre mi frente,
crepúsculo que avanza
derramando en el aire transparente,
las sombras de una noche sin oriente
y el capuz de un dolor sin esperanza.
Padre... duérmete... mi alma estremecida
te manda su cantar y sus adioses;
vuela hacia ti, y flotando
sobre la piedra fúnebre que sella
tu huesa solitaria,
mi amor la enciende, y sobre ti, sobre ella
en la noche sin fin de tu sepulcro
mi alma será una estrella.
de letargo sombrío
la noche de la ausencia desplegaba
su impenetrable velo,
sus sombras sin estrellas,
su atmósfera de hielo...
esa odiosa ceguez en que el ausente
proscrito del cariño
cumple con su destierro, suspirando
por sus recuerdos vírgenes de niño;
ese inmenso dolor que hace del alma
en el terrible y solitario viaje,
un árido desierto
en donde es un miraje cada punto
y en donde es un amor cada miraje...
Y así de la ampolleta de mi vida
se deslizaban las eternas horas
sobre mi frente mustia y abatida,
soñando al extenderse en lontananza,
como una dulce estrofa desprendida
del arpa celestial de la esperanza;
así, cuando una vez, en el instante
en que la blanca flor de mi delirio
desplegaba en los aires su capullo;
cuando mi muerta fe se estremecía
bajo sus ropas fúnebres del duelo
al ver flotando en el azul del cielo
el alma de mi hogar sobre la mía;
cuando iba ya a sonar para mis ojos
la última hora de llanto,
y se cambiaba en música de salve
la música elegíaca de mi canto;
mi corazón como la flor marchita
que se abre a las sonrisas de la aurora
esperando la vida de sus rayos
también se abrió... para plegar su broche,
a las caricias del amor abierto,
encerrando en el fondo de su noche
¡las caricias de un muerto!...
En el espacio blanco y encendido
por los trémulos rayos de la luna
yo vi asomar su sombra...
La gasa del sepulcro lo envolvía
con sus espesos pliegues...
En su frente espectral se dibujaba
una aureola de angustia, lo que dijo
se perdió en la región donde flotaba...
su mano me bendijo...
su pecho sollozaba...
La sombra se elevó como la niebla
que en la mañana se alza de los campos;
cerré los ojos, supirando y luego...
oí un adiós en la profunda calma
de aquella inmensidad muda y tranquila,
y al levantar de nuevo la pupila
¡el cielo estaba negro como mi alma!
En el reloj terrible
donde cada dolor marca su instante,
el destino inflexible
señalaba la cifra palpitante
de aquella hora imposible;
hora triste en que el íntimo santuario
de mis sueños de gloria,
vio su altar solitario,
convertido su sol en tenebrario,
y su culto en memoria...
Hora negra en que la urna consagrada
para envolverlo, ¡oh, padre!
del cariño en la esencia perfumada,
fue un sepulcro sombrío
donde sólo dejaste tu recuerdo
para hacer más inmenso su vacío.
¡Padre... perdón porque te amaba tanto,
que en el orgullo de mi amor creía
darte en él un escudo!
¡Perdón porque luché contra la suerte,
y desprenderme de tus lazos pudo!
¡Perdón porque a tu muerte
le arrebaté mis últimas caricias
y te dejé morir sin que rompiendo
mi alma los densos nublos de la ausencia,
fuera a unirse en un beso con la tuya
y a escuchar tu postrera confidencia!
Sobre la blanca cuna en que de niño
me adurmieron los cantos de la noche,
el cielo azul flotaba,
y siempre que mis párpados se abrían,
siempre hallé en ese cielo dos estrellas
que al verme desde allí se sonreían;
mañana que mis ojos
se alcen de nuevo hacia el espacio umbrío
que se mece fugaz sobre mi cuna,
tu sabes, padre mío,
que sobre aquella cuna hay un vacío,
de esas dos estrellas falta una.
Caíste... de los libros de la noche
yo no tengo la ciencia ni la clave;
en la tumba en que duermes
yo no sé si el amor tiene cabida...
yo no sé si el sepulcro
puede amar a la vida;
pero en la densa oscuridad que envuelve
mi corazón para sufrir cobarde,
yo sé que existe el germen de una hoguera
que a tu memoria se estremece y arde...
yo sé que es el más dulce de los nombres
el nombre que te doy cuando te llamo,
y que en la religión de mis recuerdos
tú eres el dios que amo.
Caíste de tu abismo impenetrable
la helada niebla arroja
su negra proyección sobre mi frente,
crepúsculo que avanza
derramando en el aire transparente,
las sombras de una noche sin oriente
y el capuz de un dolor sin esperanza.
Padre... duérmete... mi alma estremecida
te manda su cantar y sus adioses;
vuela hacia ti, y flotando
sobre la piedra fúnebre que sella
tu huesa solitaria,
mi amor la enciende, y sobre ti, sobre ella
en la noche sin fin de tu sepulcro
mi alma será una estrella.
Como decir veinte años es lo mismo
Que decir corazón, ternura, amores,
Arranques, heroísmo,
Cielos, celajes, pájaros y flores,
Y a falta de otros útiles mejores
Tener para salvar cualquier abismo
Las alas del lirismo,
Que si no son muy buenas, no son malas
Porque al cabo y al fin siempre son alas,
Ya que de comenzar entre los modos
Tengo por fuerza que escoger alguno,
No pudiendo a la vez usar de todos,
A fin de no pecar por importuno
Y, lo que fuera peor, por indigesto,
Ya que en esto me auxilia la memoria.
Que no siempre me auxilia como en ésto,
Seguro de que todo lo reúno,
Diré que Pablo, el héroe de esta historia,
Se hallaba entre los veinte y los veintiuno,
Al dar principio al poema de la gloria.
Así es que aunque muy alta
La bohardilla en que vive, y aunque pobre,
Porque si tiene mucho que le falta,
No tiene en cambio nada que le sobre;
El muchacho contento en su pobreza
Desde el obscuro fondo de su pieza,
Si sabe que hay un mundo es solamente
Porque así lo ha aprendido de la gente,
Pues él con otro mundo en la cabeza
De su bendita edad bajo la calma,
No cree que exista más naturaleza,
Que la que todo joven lleva en su alma.
Que decir corazón, ternura, amores,
Arranques, heroísmo,
Cielos, celajes, pájaros y flores,
Y a falta de otros útiles mejores
Tener para salvar cualquier abismo
Las alas del lirismo,
Que si no son muy buenas, no son malas
Porque al cabo y al fin siempre son alas,
Ya que de comenzar entre los modos
Tengo por fuerza que escoger alguno,
No pudiendo a la vez usar de todos,
A fin de no pecar por importuno
Y, lo que fuera peor, por indigesto,
Ya que en esto me auxilia la memoria.
Que no siempre me auxilia como en ésto,
Seguro de que todo lo reúno,
Diré que Pablo, el héroe de esta historia,
Se hallaba entre los veinte y los veintiuno,
Al dar principio al poema de la gloria.
Así es que aunque muy alta
La bohardilla en que vive, y aunque pobre,
Porque si tiene mucho que le falta,
No tiene en cambio nada que le sobre;
El muchacho contento en su pobreza
Desde el obscuro fondo de su pieza,
Si sabe que hay un mundo es solamente
Porque así lo ha aprendido de la gente,
Pues él con otro mundo en la cabeza
De su bendita edad bajo la calma,
No cree que exista más naturaleza,
Que la que todo joven lleva en su alma.
II
Pobre razonamiento
Que arrastrando en su vuelo al sentimiento,
De esperanzas origen tan fecundo,
Hace que el hombre triste,
Desconozca este mundo donde existe
Hasta la hora de entrar al otro mundo...
Pues aunque esos rateros
Que en español se llaman desengaños
Lo dejan de ilusiones casi en cueros,
Sin que haya una ilusión que no le roben;
Él, en medio de propios y de extraños
Sostendrá con su ciento y pico de años
Que la alma es siempre nueva y siempre joven.
Que arrastrando en su vuelo al sentimiento,
De esperanzas origen tan fecundo,
Hace que el hombre triste,
Desconozca este mundo donde existe
Hasta la hora de entrar al otro mundo...
Pues aunque esos rateros
Que en español se llaman desengaños
Lo dejan de ilusiones casi en cueros,
Sin que haya una ilusión que no le roben;
Él, en medio de propios y de extraños
Sostendrá con su ciento y pico de años
Que la alma es siempre nueva y siempre joven.
III
Pablo, apartado por la negra ausencia
Del dulce hogar donde la luz del día
Vio por la vez primera en la existencia,
Siente frecuentemente
Esa vaga y letal melancolía
Del que tiene una madre y en su frente
No puede recibir, porque está ausente,
Los besos que su madre le daría;
Ve a su padre muy lejos
A través de unos cielos muy obcuros;
Y extrañando su voz y sus consejos
Halla que, visto bien, no eran tan duros
Los que él llamaba achaques de esos viejos;
Recuerda a sus hermanos
Con quienes en las horas del cariño
Jugaba esos mil juegos soberanos
Que ocupan en la edad en que uno es niño
La alma al dormir y al despertar las manos...
Y pensando en todo eso
Que por haber pasado le parece
Más bonito y más triste por supuesto,
Se aflije, languidece,
Y para hacer más rápido y más pronto
El término que falta a su carrera,
Se levanta, y después de —Soy un tonto—
Coge el libro y estudia una hora entera.
Y estudia... y dan las dos de la mañana
Que lo encuentran despierto,
Y dan las tres, y con el libro abierto
Lo sorprende la luz por la ventana...
Pues aunque Pablo sepa
Quu no hay fuerza o vigor que no se acabe
Cuando se abusa más de lo debido,
Ve que su aliento juvenil se agosta,
Y arrojando esa máxima al olvido,
Sigue siempre lo mismo, decidido
A ser un hombre sabio a toda costa.
Del dulce hogar donde la luz del día
Vio por la vez primera en la existencia,
Siente frecuentemente
Esa vaga y letal melancolía
Del que tiene una madre y en su frente
No puede recibir, porque está ausente,
Los besos que su madre le daría;
Ve a su padre muy lejos
A través de unos cielos muy obcuros;
Y extrañando su voz y sus consejos
Halla que, visto bien, no eran tan duros
Los que él llamaba achaques de esos viejos;
Recuerda a sus hermanos
Con quienes en las horas del cariño
Jugaba esos mil juegos soberanos
Que ocupan en la edad en que uno es niño
La alma al dormir y al despertar las manos...
Y pensando en todo eso
Que por haber pasado le parece
Más bonito y más triste por supuesto,
Se aflije, languidece,
Y para hacer más rápido y más pronto
El término que falta a su carrera,
Se levanta, y después de —Soy un tonto—
Coge el libro y estudia una hora entera.
Y estudia... y dan las dos de la mañana
Que lo encuentran despierto,
Y dan las tres, y con el libro abierto
Lo sorprende la luz por la ventana...
Pues aunque Pablo sepa
Quu no hay fuerza o vigor que no se acabe
Cuando se abusa más de lo debido,
Ve que su aliento juvenil se agosta,
Y arrojando esa máxima al olvido,
Sigue siempre lo mismo, decidido
A ser un hombre sabio a toda costa.
IV
Mas no vaya a pensarse que esto es todo
Lo que hace que él trabaje de ese modo.
Pues queda y falta por decir que Elena,
Que es muy hermosa y además muy buena,
Le dijo el otro día
Que le gustaba mucho la poesía,
Y que si amarle más posible fuera,
Aún más de lo que le ama le amaría
Si él supiera decir lo que sentía
De la misma manera
Que un poeta cualquiera
Tratando de decirlo lo diría;
Y como Pablo, en cuanto a Elena toca,
Nunca ha sabido despegar la boca
Mas que para rendirse a sus antojos,
Ha visto en la mirada de sus ojos
Que de ahí en adelante
Si ha de decirles a sus labios —rojos—
Tendrá para encontrar el consonante
Que ponerse de hinojos,
Y queriendo agradarla a cualquier precio,
Aunque nunca jamás ha escrito una oda,
Por no hacerse acreedor a su desprecio
Pensó en una oda y escribió tan recio
Que en menos que lo digo, la hizo toda.
Lo que hace que él trabaje de ese modo.
Pues queda y falta por decir que Elena,
Que es muy hermosa y además muy buena,
Le dijo el otro día
Que le gustaba mucho la poesía,
Y que si amarle más posible fuera,
Aún más de lo que le ama le amaría
Si él supiera decir lo que sentía
De la misma manera
Que un poeta cualquiera
Tratando de decirlo lo diría;
Y como Pablo, en cuanto a Elena toca,
Nunca ha sabido despegar la boca
Mas que para rendirse a sus antojos,
Ha visto en la mirada de sus ojos
Que de ahí en adelante
Si ha de decirles a sus labios —rojos—
Tendrá para encontrar el consonante
Que ponerse de hinojos,
Y queriendo agradarla a cualquier precio,
Aunque nunca jamás ha escrito una oda,
Por no hacerse acreedor a su desprecio
Pensó en una oda y escribió tan recio
Que en menos que lo digo, la hizo toda.
V
La oda era muy buena.
Como es fácil pensarlo; pero Elena,
Que se oía llamar la más hermosa
De todo el universo,
Y esto no en simple prosa sino en verso,
Lo cual, como se ve, ya es otra cosa,
Radiante de alegría
Propuso que la prosa
Abolida por siempre quedaría
En cuantas cartas él la escribiría;
Y Pablo, que no hay modo de que pueda
Resistir a un capricho de su amada,
Tras de —la prosa queda desterrada—
No supo más que contestar—pues queda.
Y así con la alma henchida
De ternura y pasión por su querida,
La escribe diariamente
Una carta de dos o de más hojas,
Donde forzosamente
Hay muchas frases débiles y flojas,
Pero en cambio también y de repente
Alguna que por nueva y por valiente
Recuerda a los Quintanas y a los Riojas;
Pues Pablo en fuerza de escribir cuartetas
Y de educar el gusto y el oído,
Ha conseguido al fin ser aplaudido
Y al nombre y apellido de otros poetas
Ver agregar su nombre y su apellido.
Como es fácil pensarlo; pero Elena,
Que se oía llamar la más hermosa
De todo el universo,
Y esto no en simple prosa sino en verso,
Lo cual, como se ve, ya es otra cosa,
Radiante de alegría
Propuso que la prosa
Abolida por siempre quedaría
En cuantas cartas él la escribiría;
Y Pablo, que no hay modo de que pueda
Resistir a un capricho de su amada,
Tras de —la prosa queda desterrada—
No supo más que contestar—pues queda.
Y así con la alma henchida
De ternura y pasión por su querida,
La escribe diariamente
Una carta de dos o de más hojas,
Donde forzosamente
Hay muchas frases débiles y flojas,
Pero en cambio también y de repente
Alguna que por nueva y por valiente
Recuerda a los Quintanas y a los Riojas;
Pues Pablo en fuerza de escribir cuartetas
Y de educar el gusto y el oído,
Ha conseguido al fin ser aplaudido
Y al nombre y apellido de otros poetas
Ver agregar su nombre y su apellido.
VI
Y ésto, que el pobre mozo
Se encontró con grandísimo alborozo
Cierta vez que un periódico leía,
Se lo enseñó a su amada
Con mucho del rubor y la alegría
Del que por vez primera
Mira una cosa suya publicada,
Cuando ha sido, además, acompañada
De una lisonja o de una flor cualquiera.
Cuán cierto es que la gloria
Brotando de la cosa más sencilla
Toma las formas de lo real y brilla
De la ambición en la óptica ilusoria,
En dos líneas o tres de gacetilla
Que allá en la soledad de una bohardilla
Se aprenden muchas veces de memoria.
Se encontró con grandísimo alborozo
Cierta vez que un periódico leía,
Se lo enseñó a su amada
Con mucho del rubor y la alegría
Del que por vez primera
Mira una cosa suya publicada,
Cuando ha sido, además, acompañada
De una lisonja o de una flor cualquiera.
Cuán cierto es que la gloria
Brotando de la cosa más sencilla
Toma las formas de lo real y brilla
De la ambición en la óptica ilusoria,
En dos líneas o tres de gacetilla
Que allá en la soledad de una bohardilla
Se aprenden muchas veces de memoria.
VII
Llena de regocijo
Por la prueba de amor que le presenta,
Quedó Elena con ella tan contenta
Que queriendo hablar mucho nada dijo:
Mas si no pudo hablar porque su boca
No estaba en aquel punto para eso,
En cambio le abrazó como una loca
Y le dio de su dicha en un exceso
Que casi casi en la demencia toca,
Un beso de esa especie que provoca
A hacer interminable cada beso.
Por la prueba de amor que le presenta,
Quedó Elena con ella tan contenta
Que queriendo hablar mucho nada dijo:
Mas si no pudo hablar porque su boca
No estaba en aquel punto para eso,
En cambio le abrazó como una loca
Y le dio de su dicha en un exceso
Que casi casi en la demencia toca,
Un beso de esa especie que provoca
A hacer interminable cada beso.
VIII
Pablo, que en la pasión en que se ardía
Por la graciosa Elena,
Al pensar en el beso de aquel día,
No acertaba a encontrar ni comprendía
Que pudiera existir cosa más buena,
Henchido de esperanzas y risueño
Como aquel que no lleva en su memoria
Ni aun la sombra del duelo más pequeño,
Al entregarse aquella noche al sueño
No soñó en otra cosa que en la gloria.
Sobre su altiva frente
Brillaba inmarcesible y refulgente
La corona inmortal de la victoria;
Y entre el inmenso aplauso que la gente
Alzaba vitoreándole a su vista,
Con esa buena fe de todo artista
Que se siente muy grande interiormente
Cree que el laurel de triunfo que conquista
La gloria misma lo tejió en persona,
Aunque sabe muy bien que su corona
Salió del obrador de una modista.
Por la graciosa Elena,
Al pensar en el beso de aquel día,
No acertaba a encontrar ni comprendía
Que pudiera existir cosa más buena,
Henchido de esperanzas y risueño
Como aquel que no lleva en su memoria
Ni aun la sombra del duelo más pequeño,
Al entregarse aquella noche al sueño
No soñó en otra cosa que en la gloria.
Sobre su altiva frente
Brillaba inmarcesible y refulgente
La corona inmortal de la victoria;
Y entre el inmenso aplauso que la gente
Alzaba vitoreándole a su vista,
Con esa buena fe de todo artista
Que se siente muy grande interiormente
Cree que el laurel de triunfo que conquista
La gloria misma lo tejió en persona,
Aunque sabe muy bien que su corona
Salió del obrador de una modista.
IX
Sueña con que su nombre
Dicho siempre entre muchas alabanzas
Ha hecho concebir mil esperanzas
De que tenga la patria otro gran hombre.
Y de tan dulce sueño despertando
Y al despertar quedándose suspenso,
Se incorpora en el lecho meditando
Con un placer inmenso,
En que si la ansia noble que le apena
Llegase al ñn a realizarse un día,
Al corazón que ha consagrado a Elena
Su corona de poeta agregaría.
Dicho siempre entre muchas alabanzas
Ha hecho concebir mil esperanzas
De que tenga la patria otro gran hombre.
Y de tan dulce sueño despertando
Y al despertar quedándose suspenso,
Se incorpora en el lecho meditando
Con un placer inmenso,
En que si la ansia noble que le apena
Llegase al ñn a realizarse un día,
Al corazón que ha consagrado a Elena
Su corona de poeta agregaría.
X
Y Pablo, a quien le sobra
Fuerza y valor porque le sobra afecto,
Concibe en su interior un gran proyecto
Y sin pensar en más lo pone en obra;
Llegando a tal extremo en su demencia
Y a tal punto llegando en su arrebato,
Que ha olvidado los libros y la ciencia
Sin ver que está enfermándose de ausencia
Su pobre madre que le dice—¡ingrato!
Fuerza y valor porque le sobra afecto,
Concibe en su interior un gran proyecto
Y sin pensar en más lo pone en obra;
Llegando a tal extremo en su demencia
Y a tal punto llegando en su arrebato,
Que ha olvidado los libros y la ciencia
Sin ver que está enfermándose de ausencia
Su pobre madre que le dice—¡ingrato!
XI
Y es que aunque Pablo quiere a su familia
Con el afecto de un amor gigante,
Por más que lo medita y lo concilia
Siempre halla que el esfuerzo que lo auxilia
Nunca llega a auxiliarle lo bastante;
Que en la eterna vigilia
En que vive soñando con su amante,
Ésta, que toda su memoria llena,
Le hace olvidar la obligación, de modo
Que él sólo dice que ha pensado en todo
Si ha pensado en la gloria y en Elena.
Con el afecto de un amor gigante,
Por más que lo medita y lo concilia
Siempre halla que el esfuerzo que lo auxilia
Nunca llega a auxiliarle lo bastante;
Que en la eterna vigilia
En que vive soñando con su amante,
Ésta, que toda su memoria llena,
Le hace olvidar la obligación, de modo
Que él sólo dice que ha pensado en todo
Si ha pensado en la gloria y en Elena.
Tres eran, mas la Inglaterra
Volvió a lanzarse a las olas,
Y las naves españolas
Tomaron rumbo a su tierra;
Sólo Francia gritó: «¡Guerra!»
Soñando ¡oh patria! en vencerte,
Y de la infamia y la suerte
Sirviéndose en su provecho
Se alzó erigiendo en derecho
El derecho del más fuerte.
Volvió a lanzarse a las olas,
Y las naves españolas
Tomaron rumbo a su tierra;
Sólo Francia gritó: «¡Guerra!»
Soñando ¡oh patria! en vencerte,
Y de la infamia y la suerte
Sirviéndose en su provecho
Se alzó erigiendo en derecho
El derecho del más fuerte.
II
Sin ver que en lid tan sangrienta
Tu brazo era más pequeño,
La lid encarnó en su empeño
La redención de tu afrenta,
Brotó en luz amarillenta
La llama de sus cañones,
Y el mundo vio a tus legiones
Entrando al combate rudo,
Llevando por solo escudo
Su escudo de corazones.
Tu brazo era más pequeño,
La lid encarnó en su empeño
La redención de tu afrenta,
Brotó en luz amarillenta
La llama de sus cañones,
Y el mundo vio a tus legiones
Entrando al combate rudo,
Llevando por solo escudo
Su escudo de corazones.
III
Y entonces fue cuando al grito
Lanzado por tu denuedo,
Tembló la Francia de miedo
Comprendiendo su delito.
Cuando a tu aliento infinito
Se oyó la palabra sea,
Y cuando al ver la pelea
Terrible y desesperada
Se alzó en tu mano la espada
Y en tu conciencia la idea.
Lanzado por tu denuedo,
Tembló la Francia de miedo
Comprendiendo su delito.
Cuando a tu aliento infinito
Se oyó la palabra sea,
Y cuando al ver la pelea
Terrible y desesperada
Se alzó en tu mano la espada
Y en tu conciencia la idea.
IV
Desde que ardió en el oriente
La luz de ese sol eterno
Cuyo rayo puro y tierno
Viene a besarte en la frente,
Tu bandera independiente
Flotaba ya en las montañas,
Mientras las huestes extrañas
Alzaban la suya airosa,
Que se agitaba orgullosa
Del brillo de sus hazañas.
La luz de ese sol eterno
Cuyo rayo puro y tierno
Viene a besarte en la frente,
Tu bandera independiente
Flotaba ya en las montañas,
Mientras las huestes extrañas
Alzaban la suya airosa,
Que se agitaba orgullosa
Del brillo de sus hazañas.
V
Y llegó la hora, y el cielo
Nublado y obscurecido
Desapareció escondido
Como en los pliegues de un velo.
La muerte tendió su vuelo
Sobre la espantada tierra,
Y entre el francés que se aterra
Y el mexicano iracundo,
Se alzó estremeciendo al mundo
Tu inmenso grito de guerra.
Nublado y obscurecido
Desapareció escondido
Como en los pliegues de un velo.
La muerte tendió su vuelo
Sobre la espantada tierra,
Y entre el francés que se aterra
Y el mexicano iracundo,
Se alzó estremeciendo al mundo
Tu inmenso grito de guerra.
VI
Y allí, el francés, el primero
De los soldados del orbe,
El que en sus glorias absorbe
Todas las del mundo entero,
Tres veces pálido y fiero
Se vio a correr obligado,
Frente al pueblo denonado
Que para salvar tu nombre,
Te dio un soldado en cada hombre
¡Y un héroe en cada soldado!
De los soldados del orbe,
El que en sus glorias absorbe
Todas las del mundo entero,
Tres veces pálido y fiero
Se vio a correr obligado,
Frente al pueblo denonado
Que para salvar tu nombre,
Te dio un soldado en cada hombre
¡Y un héroe en cada soldado!
VII
¡Tres veces y cuando hundida
Sintió su fama guerrera,
Contemplando su bandera
Manchada y escarnecida.
La Francia, viendo perdida
La ilusión de su victoria,
A despecho de su historia
Y a despecho de su anhelo,
Vio asomar entre otro cielo
Y entre otro mundo la gloria.
Sintió su fama guerrera,
Contemplando su bandera
Manchada y escarnecida.
La Francia, viendo perdida
La ilusión de su victoria,
A despecho de su historia
Y a despecho de su anhelo,
Vio asomar entre otro cielo
Y entre otro mundo la gloria.
VIII
Que entre la niebla indecisa
Que sobre el campo flotaba,
Y entre el humo que se alzaba
Bajo el paso de la brisa,
Su más hermosa sonrisa
Fue para tu alma inocente,
Su canción más elocuente
Para entonarla a tu huella,
Y su corona más bella
Para ponerla en tu frente.
Que sobre el campo flotaba,
Y entre el humo que se alzaba
Bajo el paso de la brisa,
Su más hermosa sonrisa
Fue para tu alma inocente,
Su canción más elocuente
Para entonarla a tu huella,
Y su corona más bella
Para ponerla en tu frente.
IX
¡Sí, patria! desde ese día
Tú no eres ya para el mundo
Lo que en su desdén profundo
La Europa se suponía,
Desde entonces, patria mía,
Has entrado a una nueva era,
La era noble y duradera
De la gloria y del progreso,
Que bajan hoy, como un beso
De amor, sobre tu bandera.
Tú no eres ya para el mundo
Lo que en su desdén profundo
La Europa se suponía,
Desde entonces, patria mía,
Has entrado a una nueva era,
La era noble y duradera
De la gloria y del progreso,
Que bajan hoy, como un beso
De amor, sobre tu bandera.
X
Sobre esa insignia bendita
Que hoy viene a cubrir de flores
La gente que en sus amores
En torno suyo se agita.
La que en la dicha infinita
Con que en tu suelo la clava,
Te jura animosa y brava,
Como ante el francés un día,
Morir por ti, patria mía,
Primero que verte esclava.
Que hoy viene a cubrir de flores
La gente que en sus amores
En torno suyo se agita.
La que en la dicha infinita
Con que en tu suelo la clava,
Te jura animosa y brava,
Como ante el francés un día,
Morir por ti, patria mía,
Primero que verte esclava.
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