miércoles, 8 de junio de 2016

Poesías por autor

Manuel Acuña (1849-1873)





Cuando a su nido vuela el ave pasajera
A quien amparo disteis, abrigo y amistad
Es justo que os dirija su cántiga postrera,
Antes que triste deje, vuestra natal ciudad.
Al pájaro viajero que abandonó su nido
Le disteis un abrigo, calmando su inquietud;
¡Oh! tantos beneficios, jamás daré al olvido
durable cual mi vida será mi gratitud.
En prueba de ella os dejo lo que dejaros puedo,
Mis versos, siempre tristes, pero los dejo así;
Porque pienso, a veces que entre sus letras quedo,
Porque al leerlos creo que os acordáis de mí.
Voy, pues, a referiros una sencilla historia,
Que en mi alma desolada, honda impresión dejó;
Me la contaron... ¿Dónde?... es frágil mi memoria...
Acaso el héroe de ella... o bien, la soñé yo.
Era una linda rosa, brillante enredadera,
Tan pura, tan graciosa, espléndida y gentil.
Que era el mejor adorno de la feliz pradera,
La joya más valiosa del floreciente abril.
Al pie de ella crecía un pobre pensamiento,
Pequeño, solitario, sin gracia ni color;
Pero miró a la rosa y respiró su aliento
Y concibió por ella el más profundo amor.
Mirando a su querida pasaba noche y día.
Mil veces ¡ay! le quiso su pena declarar;
Pero tan lejos siempre, tan lejos la veía,
Que devoraba a solas su pena y su pesar.
A veces le mandaba sus tímidos olores,
Pensando que llegaba hasta su amada flor;
Pero la brisa, al columpiar las flores,
Llevábase muy lejos la pena de su amor.
El pobre pensamiento mil lágrimas vertía,
Desoladoras lágrimas, de acíbar y de hiel,
Mientras la joven rosa, sin ver a otras crecía,
Y mientras más crecía, más se alejaba de él.
Llega un jazmín en tanto a la pradera bella,
También él a la rosa al punto que la vio;
Pero él fue mas dichoso, pudo llegar hasta ella,
Le declaró su pena, y al fin la rosa amó...
¿Comprenderéis ahora al pobre pensamiento,
Al ver correspondido a su feliz rival?
¿No comprendéis su horrible, su bárbaro tormento
Al verse condenado a suerte tan fatal?
Después lo transplantaron; vivió en otras praderas
Indiferiencia, olvido y hasta placer fingió:
Miraba flores lindas, brillantes y hechiceras,
Pero su amor constante y fiel compareció.
Por fin una mañana, estando muy distante,
El céfiro contóle las bodas del jazmín;
Él escuchó sonriente, y ciego y delirante,
loco placer fingiendo, creyó olvidar al fin.
Pero al siguiente día con lágrimas le vieron
las flores, e ignorando su oculto padecer,
«Tú lloras, pensamiento, tú lloras», le dijeron:
«No es nada, contestoles, es llanto de placer».
.   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .
Ved la sencilla historia que os ofrecí contaros,
acaso os entristezca pero la dejo así;
adiós, adiós, ya parto; me atrevo a suplicaros
que la leáis a solas y os acordéis de mí.









Cuando la aurora enciende las montañas,
Y el águila que duerme
Se siente acariciada por sus besos,
El águila se agita entre las rocas
De su salvaje y solitario nido,
Tiende la vista al cielo,
Dominio de su empuje soberano,
Y desatando el poderoso vuelo
Cruza la selva, el llano,
Del llano se levanta hasta las cumbres
Que la extensión coronan,
Y allí, fuerte y robusta,
En pie sobre la nieve y el granito,
Se alza de nuevo y sube hasta que incrusta
Sus formas de gigante en lo infinito. 

Cuando el sol de la gloria,
Surtiendo en el espacio inteligencia
Baña a un niño en su luz, el niño se alza
Sobre el desierto obscuro de la vida;
Y guiado por la fe que en su conciencia
Lleva como una lámpara encendida,
Desterrado del cielo sobre el mundo
Y entreviendo su patria
A través de la bruma de su ensueño,
Se lanza de su ensueño por la vía,
Dejando al confundirse con la nada,
De su carrera de astros como huellas,
Las letras de su nombre,
Que son como las mágicas estrellas
Que brillan al crepúsculo del hombre.

Letras que al proyectar sobre la tumba
Sus luces inmortales,
Son la más grande historia
Que pudiera grabar en sus anales
La virgen soberana de la gloria.

En la cuna de aquellos
Que hoy tienen nuestras almas por santuario,
Y por incienso el de las rosas blancas
Que nacen en los bordes del osario,
También surgió con su fulgor de aurora
La chispa de la idea, también ellos
Sintieron palpitar sobre su frente
Los ósculos de ese ángel que en la noche
Baja a inspirar sus sueños al creyente...
Sueños blandos y dulces, como todos
Los que su ánfora encierra,
Y que al fundirse con el hombre, lo hacen
La encarnación de Dios sobre la tierra. 

El ideal de sus almas, el que en ellos
Infiltraba la luz de sus caricias,
Era el amor bajo la doble forma
Del espacio y del mundo,
Del mundo, en la expresión de sus dolores
Marcados por la faz de un moribundo,
Y del espacio, como la hostia blanca
En donde oculta su divina esencia
Ese Cristo del pobre y del que sufre,
Que se llama la ciencia.

Y esa fue su visión, esa la doble
Senda en que dividieron el camino,
Señalado en su afán supremo y noble
Por la sonrisa de ángel del destino;
Esa la ardiente cima en que se alzaron
Pensadores y apóstoles a un tiempo,
Buscando la verdad mientras vertían
La miel de sus virtuosos corazones...
Iguales a esas nubes que se lanzan
Tras la huella del sol por el vacio,
Derramando a la vez sobre la tierra
Las caricias de amor de su rocío.

Y así fueron, en tanto que la vida
Latió bajo sus cráneos:
Fe y corazón, estrellas y perfumes;
Sublime dualidad de un alma misma
Que en distinta región alzando el vuelo,
Arriba, era la forma de la idea,
¡Y abajo, era la forma del consuelo!

Así fueron... constante sacrificio
Sobre el altar del bien, mártires prontos
A morir por sus creencias en el ara
De la impiadada suerte:
Grupo de caridad que aparecía
Fiel en cumplir su augusto pensamiento
Donde quiera que hallaba un sufrimiento,
¡O el buitre de la muerte se mecía!...

Y cuando llenos de ese santo orgullo
Que la virtud derrama en la conciencia,
Tocaban ya la cumbre brilladora
De su visión querida,
¡La vida los dejó!... pero las frases
Que al dolor arrancaron con su muerte,
Fueron bajo el destello sacrosanto
Que irradiaba al fulgor de su memoria,
Las primeras estrofas de ese canto
Que hoy los arrulla en su mansión de gloria.

Allí duermen, y allí como un perfume
Se alzan las bendiciones por la noche,
Flores del corazón que agradecidas
Bajo el ojo de Dios abren su broche:
Allí duermen, y allí los que en el mundo
Les dijimos hermanos,
Depositando la oblación sencilla
De nuestro amor, hacemos de sus nombres
El grito de entusiasmo que en la lucha
Dará al cobarde animación y brío;
Y del radioso albor de su recuerdo
Un astro suspendido en el vacío,
Que será en los instantes de la prueba,
Cuando el cansancio nuestra frente amague,
La antorcha sideral en donde el alma
Encenderá su fe cuando se apague.










Cuando todo era flores tu camino,
Cuando todo era pájaros tu ambiente,
Cediendo de tu curso a la pendiente
Todo era en ti fugaz y repentino.

Vino el invierno, con sus nieblas vino
El hielo que hoy estanca tu corriente,
Y en situación tan triste y diferente
Ni aún un pálido sol te da el destino.

Y así en la vida el incesante vuelo
Mientras que todo es ilusión, avanza
En sólo una hora cuanto mide un cielo;

Y cuando el duelo asoma en lontananza
Entonces como tú cambiada en hielo
No puede reflejar ni la esperanza.










De los tres cielos que recorre el hombre
de la existencia en la medida impía,
cuando la gloria me enseñó tu nombre
yo estaba en el primero todavía.

La pena que del pecho
hasta el abismo lóbrego desciende,
y del cadáver de un amor deshecho
finge flotando en derredor del lecho
la aparición bellísima de un duende;
la sombra a cuyo peso aborrecido
muere el placer y el alma se acobarda,
tratando de evocar en el olvido
el recuerdo dulcísimo y querido
de los besos del ángel de la guarda;
todo eso que en la frente
deja un sello de luto y desconsuelo,
cuando en el alma pálida y doliente
no queda ni la fe. que es del creyente
la última golondrina que alza el vuelo,
todo eso que de noche
baja hasta el corazón como una sombra,
y que terrible y sin piedad ninguna,
sus ilusiones todas despedaza,
aún no era sobre el cielo de mi cuna,
ni la pálida nube que importuna
se levanta enseñando la amenaza.

Dichoso con la dulce indiferencia
del que al amor de su callado asilo
ha vivido a la luz de la inocencia,
acostumbrado a ver en la existencia
la imagen de un azul siempre tranquilo,
yo entonces ignoraba
que, más allá de aquel humilde techo
que sus caricias y su amor me daba,
clamando al cielo y suspirando en vano
desde el rincón sin luz de la vigilia,
hubiera en otro hogar una familia
de la que yo también era un hermano...

Mi amor no sospechaba que existiera
más ilusión, ni cariñoso exceso,
que la mirada dulce y hechicera
de la santa mujer que la primera
nos anuncia a la vida con un beso...
Y hasta que al ducle y mágico sonido
del arpa que temblaba entre tus manos,
dejé mi rama, abandoné mi nido
y te segué hasta ese árbol bendecido,
donde todos los nidos son hermanos,
fue cuando despertando de la calma
en que flotaba la existencia mía,
sentí asomar en lo íntimo de mi alma
algo como la luz de un nuevo día.

Tu voz fue la primera
que me habló en la dulzura de ese idioma
que canta como canta la paloma
y gime como gime la palmera...
las cuerdas de tu lira,
como la voz de la primera alondra
que llama a las demás y las despierta,
fueron las que al arrullo de tu acento
sonaron sobre mi alma estremecida,
como si siendo un pájaro la vida
quisieran despertarlo al sentimiento...

Tu nombre va ligado en mi cariño
con los recuerdos santos y amorosos
de mis tiempos de niño,
con los placeres dulces y sabrosos
de esa época sonriente,
en la que es cada instante una promesa
y en la que el ángel de la fe aún no besa
las primeras arrugas de la frente;
tu nombre es la memoria
del pueblo y del hogar adonde un día
fue a estremecerse el eco de tu gloria
y el trino arrullador de tu poesía;
la evocación de todo lo más santo
en medio de mis noches desmayadas,
que aún tiemblan a las dulces campanadas,
de aquellas horas en que amaba tanto...

Y así, cuando yo supe
que abandonada a tu dolor morías,
y que en tu muda y lánguida tristeza
renunciabas a ver junto a tu lecho,
quien, al rodar sin vida tu cabeza,
recogiera el laurel de tu grandeza
y el último sollozo de tu pecho;
cuando yo supe que en la huesa insana
te inclinabas por fin pálida y sola,
sin que el adiós de tu alma soberana
se enlutara la cítara cubana,
ni gimiera la cítara española;
al darte mis adioses, los adioses
de la eterna y postrera despedida,
sentí que algo de triste sollozaba
de mi dolor en el oscuro abismo,
y que tu sombra que flotaba arriba,
al extinguirse y al borrarse se iba
llevándose un pedazo de sí mismo,
y entonces al poder de los recuerdos,
borrando la distancia,
tendí mis alas hacia el nido blando
de los primeros sueños de la infancia;
llegué al rincón modesto
donde tus dulces páginas leía,
a la fe y al amor siempre dispuesto,
y allí de pie frente a la blanca cuna
donde en sus flores me envolvió el destino,
busqué en su fondo alguna
que aún no cerrara su oloroso broche,
y en él hallé dormida,
esta con la que el alma agradecida
viene a aromar las sombras de la noche.

Deuda que en mi cariño
contraje desde niño con tu nombre,
esa flor es el cántico del niño
mezclada con las lágrimas del hombre;
esta flor es el fruto de aquel germen
que derramaste en mi niñez dichosa,
y que al rodar sobre la humilde fosa
donde tus restos duermen,
entre sus piedras ásperas se arraiga
recogiendo su jugo en tus cenizas,
y esperando en su cáliz a que caiga
la gota de los cielos que le traiga
la esencia y el amor de tus sonrisas.

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