La vendimia o El otoño es un cuadro de Francisco de Goya conservado en el Museo del Prado y que forma parte de la serie de cartones para tapices que representaban las estaciones.
Análisis del cuadro
Corresponde a una serie de cartones que Goya pintó para los tapices que irían destinados al comedor del Príncipe del palacio de El Pardo en Madrid.1 Formó parte de un conjunto sobre las cuatro estaciones, tema típico del rococó,1 compuesto por Las floreras o la primavera, La nevada, La era o el verano y éste de La vendimia o el otoño en que se sirve de las uvas como símbolo de esta estación. Los cuatro se encuentran en elMuseo del Prado. Se colocó en el centro de la pared y a sus lados se colgaron Pastor tocando la dulzaina yCazador junto a una fuente.
Goya trabajó para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara desde 1775 hasta 1792. Los tapices se hacían con seda, e hilos de plata y oro, lo que hacía de ellos un objeto caro, asequible sólo para la nobleza.1
Descripción del cuadro
Utiliza el recurso del esquema piramidal, muy común y apreciado en el Neoclasicismo.1 El paisaje parece sacado de los campos de La Rioja (España) en que se suceden escenas de recolección como ésta, aunque probablemente el lugar donde lo pintó y del que se inspiró realmente fue de la localidad de Piedrahíta (Ávila). El acontecimiento principal se detiene en los personajes que están en primer plano, que, cosa rara en Goya, no son gente del pueblo. En primer término hay un pretil a modo de cercado y sobre él están sentados un caballero y una dama. El caballero ofrece a la mujer un racimo de uvas que ella acepta y el niño que está de espaldas y de pie alza sus brazos como si también quisiera cogerlas. En el vértice del triángulo hay una vendimiadora con un cesto lleno de racimos a la cabeza; está en actitud de espera, por si quieren coger más uvas. La cesta que lleva esta mujer está pintada como un auténtico bodegón, género tradicional en la pintura española.1 Más allá del pretil y en el paisaje de viña puede verse a dos vendimiadores en pleno trabajo y a lo lejos se levanta una abrupta montaña y un cielo con nubes. El colorido es luminoso y hay un predominio de tonos delicados. A pesar de la pincelada rápida de Goya se aprecian estupendamente los cuellos y puños de los trajes, las hebillas, las medias, las fajas, y toda clase de detalles.
Como es propio de los cartones para tapiz, se usan colores planos y vivos, dentro de campos bien delimitados.1
En contraste con el cuadro La nevada, este lienzo ofrece al espectador calma y sosiego. Aquí todo es bello y agradable y los personajes no están pasando calamidades.

La Verdad, el Tiempo y la Historia, también conocido como España, el Tiempo y la Historia y (con nula verosimilitud, dada su fecha, muy anterior a la misma) comoAlegoría de la Constitución de 1812,1 es un cuadro pintado por Francisco de Goyahacia 1800 que constituyó uno de los óleos de una serie de dos alegorías relativas al progreso científico y económico que podrían haber decorado la biblioteca de la residencia palaciega gubernamental de Manuel Godoy, máximo mandatario de la España de su época bajo el reinado de Carlos IV. Tales alegorías, de alcance político, proliferaron en la Francia revolucionaria.
Este cuadro, junto con otro de igual altura que representaba una Alegoría de la Poesía, se encontró en Cádiz a mediados del siglo XIX, por lo que existe la hipótesis de que el cuadro fuera encargo de Sebastián Martínez (que tenía importantes bibliotecas en Madrid y Cádiz en 1800) y no de Godoy. La obra se halla actualmente en el Museo Nacional de Estocolmo de Suecia.
Todo parece confluir en la representación de la Historia y de la Verdad histórica. El Tiempo, alado y con un reloj de arena que simboliza el paso de los instantes y la llegada de la muerte, trae del brazo a la Verdad, que se representaba desnuda para simbolizar la ausencia de disfraz o enmascaramiento. La Verdad reina sobre todo, es la figura central, y porta un cetro y un libro, que encierra la verdad histórica.
En el boceto preliminar se observa esta figura central desnuda, y apareció vestida en el cuadro definitivo por la inconveniencia que podría suponer un desnudo en esta época. Sentada, aparece la Historia en sí misma, escribiendo la crónica de los hechos y, posiblemente, en continuidad con otro libro ya escrito en el que se apoya. La Verdad, el Tiempo y la Historia preservan el espíritu de la Ilustración de la ignorancia y los males que conlleva, sobre todo para el buen gobierno. Si se relaciona esta alegoría con el palacio de Godoy, se asociaría un modelo de Historia al correcto mandatario, como un «espejo de príncipes», lugar común habitual desde la Edad Media. El árbol inclinado en escorzo representaba en este periodo usualmente a la Libertad.
Sin embargo, otra interpretación de la alegoría quiere ver en la figura central a España y al anciano que la lleva una figura de la nueva época que comienza. Según ella España, con indumentaria blanca, lleva en la mano la Constitución de Cádiz de 1812 y en la otra un cetro, que significaría la superioridad de la Constitución sobre el régimen absolutista. En primer plano se situaría la Historia, también desnuda, pues la Historia debe ser verdadera, que anota el suceso a la vez que pisa el antiguo corpus jurídico periclitado. Según esta interpretación Goya abiertamente declara en 1812 (que es cuando se dataría según esta teoría el cuadro) como un liberal convencido y lo hace explícito, sin miedo a ver peligrar su posición como Primer Pintor de Cámara del Rey y apostando por «la Pepa» o Constitución de 1812.
Sin embargo, la iconografía de las figuras alegóricas es de raigambre neoclásica, a pesar de que hay quien ve en el estilo de este cuadro rasgos similares a los de su producción del período de la Guerra de la Independencia Española, como las Majas en el balcón (1810 - 1814).
Hay que recordar que este tipo de alegorías fueron abundantes durante la Revolución francesa y se relacionaban con los acontecimientos políticos que iban a imponer la soberanía nacional, los derechos del ciudadano y la Constitución como forma de gobierno más o menos imperfecta. En España, la «Oda a la invención de la imprenta», escrita en 1798 en su primera redacción porManuel José Quintana —luego publicada, limando los pasajes más revolucionarios, en 1802; uno de cuyos ejemplares regaló el poeta a Goya—, relacionaba el progreso político y social con el papel que en la difusión de estas ideas tenía la imprenta. Manuel Godoy admiró y cito este poema en sus Memorias y pudo encargar una pintura inspirada en el poema entre 1802 y 1805 (Glendinning, loc. cit.), el periodo de las reformas de su residencia palaciega. En dicha «Oda» se abordaba la inconveniencia del Absolutismo y de sus instituciones más obsoletas, en particular, la de la Inquisición. Alababa en este texto los valores de la Revolución francesa de libertad, igualdad y fraternidad y vinculaba el éxito de estas ideas a la publicación de libros que las propagaran.
En cuanto al estilo se aprecia la textura de raso de la túnica de la Verdad, en contraste con los ocres y verdes de las sombras, sin embargo las figuras alegóricas no están demasiado idealizadas. También hace juego con la sensación táctil de las plumas de la figura alada. La técnica de la pincelada es enérgica, sin detenerse en la minucia del detalle. Los pliegues de los ropajes y las sombras, mirados de cerca, parecen fragmentos de pintura abstracta. La luz, celestial, inunda los blancos y los hace nacarados, dando a todo el conjunto una riqueza y profundidad aérea que evoca a Velázquez.

Las floreras o La primavera es un cuadro pintado por Francisco de Goya y Lucientes. Pertenece a la serie destinada al comedor del príncipe de Asturias, del palacio de El Pardo en Madrid junto con La nevada,1 La vendimia y La era.
Fue pintado entre 1786 y 1787. Es un óleo sobre lienzo de dimensiones 277 x 192 cm. Se encuentra en el Museo del Prado de Madrid.
El cuadro muestra una escena campestre en la que una florera arrodillada bajo un rosal ofrece una flor a una mujer. Tras ellas, un hombre muestra un conejo y pide silencio. Una niña con un ramo de flores tira de la mano de la mujer. Al fondo a la izquierda, inmersa en un paisaje montañoso, se ve una iglesia.

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