viernes, 20 de junio de 2014
EVOLUCIÓN DE LA VIDA EN LA TIERRA
EVOLUCIÓN DE LA VIDA .-
Contra la opinión según la cual la historia de la vida es un proceso predecible y de complejidad gradualmente creciente a través del tiempo, existen tres rasgos prominentes del registro paleontológico, en torno a los cuales vertebraremos el resto del artículo. Se trata de los siguientes: la constancia de la complejidad modal a lo largo de la historia de la vida; la concentración de los hitos principales en breves explosiones separadas por prolongados intervalos de relativa estabilidad, y el papel de las condiciones externas (por encima de todas, las extinciones en masa) a la hora de arruinar las pautas de las épocas «normales». Estas tres características, combinadas con temas más generales de caos y contingencia, requieren un nuevo marco para conceptualizar la historia de la vida, razón por la cual este artículo se cierra con sugerencias para una nueva iconografía de la evolución.
La Tierra tiene 4.600 millones de años de edad y las rocas más antiguas datan de hace unos 3.900 millones de años; la superficie de la Tierra se fundió en una fase muy temprana de su historia, como resultado del bombardeo por grandes fragmentos de residuos cósmicos, durante la coalescencia del sistema solar, y del calor generado por desintegración radiactiva de isótopos de vida corta. Estas rocas antiquísimas, harto metamorfoseadas por el calor y la presión subsiguientes, no conservan fósiles (aunque algunos ven, en las proporciones de isótopos de carbono de las mismas, señales de producción orgánica). Las rocas cuya alteración no les impide conservar fósiles celulares (sedimentos africanos y australianos de 3.500 millones de años de antigüedad) sí preservan células procariotas (bacterias y cianófitos) y estromatolitos (tapices de sedimento atrapado y compactado por estas células en aguas marinas someras). Así, la vida evolucionó rápidamente en el planeta y remonta su origen a la primera oportunidad presentada. Este hecho, por sí solo, parece indicar una inevitabilidad, o al menos una predecibilidad, del nacimiento de la vida a partir de los constituyentes químicos de la atmósfera y el océano.
Tras este inicio procariota surgieron organismos más complejos. Primero, las células eucariotas, hace unos dos mil millones de años; luego, animales pluricelulares hace unos 600 millones de años, con el tránsito de la mayor complejidad desde los invertebrados hasta los vertebrados marinos y, por último (si nos atenemos al criterio de la arquitectura neural), reptiles, mamíferos y humanos. Esta es la secuencia que nos ofrecen los manuales antañones con las denominaciones de «edad de los invertebrados», «edad de los peces», «edad de los reptiles», «edad de los mamíferos» y «edad del hombre».
Aunque no niego los hechos del párrafo anterior, entiendo que nuestra inclinación por una historia ascendente con los humanos en el ápice ha distorsionado la interpretación de la senda de la vida al colocar erróneamente en el centro un fenómeno menor, que surge sólo como secuela lateral de un punto de partida físicamente limitado. La característica más notable de la vida ha sido la estabilidad de su modo bacteriano desde el inicio del registro fósil hasta nuestros días; rasgo que, además, perdurará mientras la Tierra aguante. Estamos en la «edad de las bacterias». Lo fue en el principio y lo será por siempre.
Por razones relacionadas con la química del origen de la vida y con la física de la autoorganización, los primeros seres surgieron en el límite inferior de la complejidad retenible e imaginable de la vida. Llamémosle el «muro izquierdo» de una arquitectura de la complejidad. Dado el mínimo espacio existente en el registro fósil entre esta pared y el modo bacteriano inicial, sólo cabe una dirección para el incremento futuro: hacia la derecha, hacia una mayor complejidad. De vez en cuando, surge por evolución un organismo más complejo y extiende el rango de la diversidad en la única dirección disponible. En términos técnicos, la distribución de la complejidad se hace más sesgada a la derecha a lo largo de estas adiciones ocasionales.
Pero las adiciones son raras y episódicas. Ni siquiera constituyen una serie evolutiva. Forman una secuencia abigarrada de taxones lejanamente emparentados; de acuerdo con la representación al uso: una célula eucariota, una medusa, un trilobite, un nautiloideo, un euriptérido (pariente de la cacerola de las Molucas), un pez, un anfibio como Eryops, un dinosaurio, un mamífero y un ser humano. No hemos de ver en esa secuencia el hilo conductor de la historia de la vida. Más que en una tendencia, piénsese en un organismo ocasional que salta a la región derecha vacía del espacio de complejidad. Durante todo ese tiempo, el modo bacteriano ha crecido en altura y se ha mantenido en su posición constante. Las bacterias son los triunfadores en el relato de la vida. Ocupan una gama de ambientes más amplia y se extienden en un rango de constituciones bioquímicas más vasto que el de ningún otro grupo. Son adaptables, indestructibles y variadísimas.
Podría aceptarse que la adquisición de complejidad creciente en el dominio de la vida representa, en su globalidad, una pseudotendencia basada en la constricción de la pared izquierda y aun así mantener que la evolución en el seno de ciertos grupos favorece, de forma discriminada, la complejidad cuando el linaje fundador empiece suficientemente lejos del muro izquierdo y permita el movimiento en ambos sentidos. Las pruebas empíricas de esta interesante hipótesis están sólo empezando a cosecharse; carecemos todavía de apoyo paleontológico para formular generalizaciones. Con todo, los dos primeros estudios (realizados por Daniel W. McShea sobre vértebras de mamíferos y por George F. Boyajian sobre líneas de sutura en ammonites) no demuestran tendencias evolutivas que favorezcan un aumento de complejidad.
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