viernes, 20 de junio de 2014

EVOLUCIÓN DE LA VIDA EN LA TIERRA


EVOLUCIÓN DE LA VIDA .-

No sabemos por qué la explosión del Cámbrico logró establecer los principales tipos anatómicos con semejante celeridad. De la ecología nos llega una atractiva explicación «externa»: la explosión del Cámbrico representa una ocupación inicial del «baúl ecológico» de nichos para organismos pluricelulares; cualquier experimento encontró su espacio. El baúl no se ha vaciado nunca; hasta las grandes extinciones en masa dejaron especies en cada función principal, y la ocupación del espacio ecológico por parte de éstas cerró el paso a innovaciones fundamentales. Esa explicación externalista debe complementarse con otra de carácter «interno», basada en la genética y el desarrollo: los primeros animales pluricelulares gozarían de una flexibilidad para el cambio genético y la transformación embriológica que irían perdiendo a medida que los organismos «se bloquearan» en un conjunto de patrones estables y prósperos.

Este período inicial de flexibilidad a la vez interna y externa produjo una gama de anatomías de invertebrados que podría haber excedido (en los escasos millones de años que operó) el rango entero de vida animal que respira hoy en todos los ambientes de la Tierra (tras 500 millones de años para su ulterior expansión). Las opiniones se dividen a este respecto. Para unos, la gama anatómica de esta explosión inicial superó la de la vida moderna, al haberse extinguido muchos experimentos tempranos y no haber surgido posteriormente nuevos phyla. Pero otros conceden que la diversidad del Cámbrico igualó, al menos, la gama moderna. Así pues, hasta la tesis más cauta sostiene que los 500 millones de años de posibilidades ulteriores no han dilatado el rango de vida animal alcanzado en el Cámbrico, conseguido en sólo cinco millones de años.

Tampoco sabemos por qué se extinguió la mayoría de los experimentos iniciales, en tanto que algunos sobrevivieron para convertirse en nuestros tipos modernos, Uno se siente tentado a afirmar que los vencedores ganaron gracias a su mayor complejidad anatómica, mejor ajuste ecológico u otra característica predecible de lucha darwinista. Pero no se aprecian rasgos distintivos que aúnen a los vencedores. Hemos, pues, de abrirnos a la alternativa radical que propone que cada uno de esos ensayos originales recibió poco más que el equivalente de un boleto en la mayor lotería que jamás se haya jugado en nuestro planeta; defiende también que cada linaje superviviente habita hoy en la Tierra más por el azar del sorteo que por cualquier lucha predecible por la existencia. La historia de la vida animal pluricelular encaja mejor en un relato de gran reducción de las posibilidades iniciales, con la estabilización de supervivientes afortunados, que en la narración al uso que habla de una expansión ecológica uniforme y de progresiva complejidad morfológica.



Nueva representación del árbol de la vida, donde se muestra que la máxima diversidad en
las formas anatómicas (no en el número de especies) se alcanzó en un momento muy temprano
de la historia pluricelular de la vida. Los tiempos posteriores dan fe de la extinción de la mayoría
de estos experimentos iniciales y de un éxito espectacular en el rango de las estirpes supervivientes.
Este éxito se mide por la proliferación de especies, pero no por el desarrollo de nuevas anatomías.
Hay más especies hoy que nunca hubo, aunque se hallan restringidas a un número menor
de anatomías básicas.



Este modelo de largos períodos de estasis, rotos por súbitos episodios de cambio que establecen nuevos equilibrios, pudiera generalizarse en varias escalas de tiempo y magnitud, para crear una suerte de estructura fractal de sibisemejanza. Según el modelo de especiación por equilibrios intermitentes, las tendencias que operan en el seno de las estirpes se fraguan a través de episodios acumulados de especiación instantánea («instantánea» a escala geológica), y no a través de cambios graduales en el interior de poblaciones continuas.

Aun cuando la teoría evolutiva implicara, para la senda de la vida, una potencial dirección interna (afirmación cuestionada por los datos y los argumentos aducidos), la imposición ocasional en el ambiente de un cambio rápido, profundo e incluso catastrófico, habría bloqueado dicha pauta. Estos cambios ambientales, que desencadenan la extinción en masa de un elevado porcentaje de especies, pueden obligar a descarrilar cualquier dirección interna, reconduciendo la senda de la vida de suerte tal que la pauta emergente parezca errática y concentrada en episodios, más que uniforme y direccional. Desde los albores de la paleontología se han venido identificando extinciones en masa; las principales divisiones de la escala de tiempo geológico se establecieron en las fronteras marcadas por tales desastres. Pero hasta las postrimerías de los años setenta, los paleontólogos solían considerar las extinciones en masa meras intensificaciones de acontecimientos ordinarios, que conducían (como máximo) a una aceleración de las tendencias reinantes en tiempos normales. En el marco de la teoría gradualista de la extinción en masa, tales episodios tardaban varios millones de años en desarrollarse (y se atribuía el carácter repentino de desapariciones y apariciones a un artefacto de un registro fósil imperfecto); se limitaban a acelerar el ritmo de los procesos ordinarios (se pensaba, por ejemplo, en una competencia darwinista más intensa en los tiempos duros, lo que conducía a una sustitución más eficaz de las formas menos adaptadas).

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