viernes, 20 de junio de 2014

EVOLUCIÓN DE LA VIDA EN LA TIERRA


EVOLUCIÓN DE LA VIDA .-

La nueva interpretación de las extinciones en masa las convirtió en hitos decisivos de la senda de la vida que ejercían efectos radicalmente diferentes. Luis y Walter Alvarez presentaron en 1979 datos que indicaban que el impacto de un gran objeto extraterrestre (ellos sugerían un asteroide de siete a diez kilómetros de diámetro) desencadenó la última gran extinción, en el límite entre el Cretácico y el Terciario, hace 65 millones de años. La hipótesis de los Alvarez recibiría un sólido respaldo con el descubrimiento de la «pistola humeante», un cráter del tamaño y edad apropiados situado en aguas que bordean Yucatán.

Del trabajo de David M. Raup, J.J. Sepkoski, Jr., y David Jablonski se desprende que la vida pluricelular animal ha experimentado cinco principales extinciones en masa (al final del Ordovícico, en el Devónico tardío, al final del Pérmico, al final del Triásico y al final del Cretácico) y un número mayor de episodios menores a lo largo de 530 millones de años. No tenemos pruebas evidentes de que cada uno de esos eventos, salvo el último, fuera desencadenado por un impacto catastrófico, pero sí queda establecido que las extinciones en masa fueron más frecuentes, rápidas, aniquiladoras y diferentes en su efecto que lo imaginado hasta entonces por los paleontólogos. Esas cuatro notas encierran los supuestos radicales de la extinción en masa de los que se parte para entender la senda de la vida como algo más contingente y aleatorio que predecible y direccional.

El impacto que sobre la vida producen las extinciones en masa no es azaroso. Unas estirpes sucumben y otras sobreviven según carezcan o posean características evolucionadas. Pero si la causa desencadenante de la extinción fue súbita y catastrófica, las razones para resistir o morir pueden ser independientes del valor original que tuvieran rasgos conseguidos por evolución y decisivos en las luchas darwinistas durante los tiempos normales. Este modelo de «reglas diferentes» de la extinción en masa confiere un carácter accidentado e impredecible a la senda de la vida, toda vez que los linajes no pueden anticipar futuras contingencias de tal magnitud y de acción tan dispar.


Diversidad registrada en los albores de la vida pluricelular animal, durante el período Cámbrico
(hace 530 millones de años). Los organismos que se ilustran aquí se encuentran en la fauna
de Burgess Shale. Comprenden algunas formas familiares (esponjas, braquiópodos) que han sobrevivido. Pero muchos otros organismos no resistieron mucho tiempo; su peculiaridad anatómica nos impide clasificarlos entre los tipos actuales conocidos.

Citaré dos ejemplos de la extinción del Cretácico-Terciario, desencadenada por un impacto hace 65 millones de años. Cierto estudio publicado en 1986 señalaba que las diatomeas sobrevivieron a la extinción mucho mejor que otros grupos unicelulares del plancton (en particular, cocolitoforales y radiolarios). Observaba que muchas diatomeas habían desarrollado una estrategia de quiescencia por enquistamiento, quizá para sobrevivir a través de períodos estacionales de condiciones desfavorables (meses de oscuridad en las especies polares, fatales para estas células fotosintetiza-doras, y disponibilidad esporádica del silicio necesario para construir sus esqueletos). Otras células planctónicas no habían desarrollado ningún mecanismo de vida latente. Si el impacto de finales del Cretácico produjo una nube de polvo que bloqueó la luz durante varios meses o por más tiempo, entonces las diatomeas sobrevivirían gracias a un azar, los mecanismos de quiescencia aparecidos por evolución para una función completamente distinta, a saber, la de capear las sequías estacionales en tiempos normales. Las diatomeas no son superiores a los radiolarios ni a otros grupos planctónicos que sucumbieron en mucho mayor número; simplemente, se encontraron dotadas de un rasgo evolutivo favorable que les permitió la transición a través del impacto y sus secuelas.
Los dinosaurios perecieron al final del Cretácico, lo que dejó a los mamíferos el dominio del mundo de los vertebrados. Muchos suponen que los mamíferos resistieron estos tiempos difíciles por alguna razón de superioridad general sobre los dinosaurios. Pero tal conclusión parece improbable. Mamíferos y dinosaurios habían coexistido durante 100 millones de años; durante ese lapso los mamíferos persistieron con la talla de una rata o incluso menor, sin dar ningún «paso» para desalojar a los dinosaurios. Ante la falta de un argumento sólido que justifique el predominio de los mamíferos basado en una superioridad general, habrá que convenir en que la casualidad constituye la explicación más plausible. Parece verosímil que los mamíferos sobrevivieran gracias, en parte, a su tamaño pequeño (que posibilita poblaciones mucho mayores —resistentes, por ende, a la extinción— y con menos especialización ecológica, o más lugares donde refugiarse). Esa talla pequeña quizá no fuera una adaptación positiva para los mamíferos, sino síntoma de su incapacidad permanente para penetrar en los lares de los dinosaurios dominantes. Pero semejante carácter «negativo» en tiempos normales pudo trocarse en razón clave para su supervivencia.

Sigmund Freud acostumbraba decir que las grandes revoluciones de la historia de la ciencia compartían un rasgo singular y paradójico: derrocar la arrogancia humana de los pedestales en que se había subido. Copérnico desplazó nuestro hogar desde el centro hasta la periferia; Darwin nos relegó a un «origen animal» y Freud, con el inconsciente, hizo añicos el mito del hombre racional.

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