Batallas de la Guerra de la Independencia Española
La Batalla de Villagodio fue un enfrentamiento enmarcado dentro de la Guerra de la Independencia española y ocurrido el 6 de enero de 1809 a las afueras de la ciudad de Zamora, en el paraje conocido como Villagodio. Allí se enfrentaron un cuerpo de unos 800 voluntarios de la ciudad, al mando del comandante Agustín Manso, a varias unidades del ejército regular francés comandadas por el general Pierre Maupetit.
El resultado fue el aplastamiento de los voluntarios por el poderoso ejército francés y la posterior toma de la ciudad de Zamora de notable valor estratégico en los planes de Napoleón para la conquista de Portugal.
Antecedentes
Durante el mes de mayo de 1809 se extendía por toda España un profundo malestar popular contra la invasión y dominación francesa y Zamora no fue ajena a esta corriente. Pero mientras que las autoridades locales permanecían pasivas, resignadas y más proclives a colaborar con el francés que a la revuelta, las clases populares salían a la calle para exigir frente a la casa del gobernador de la ciudad la entrega de las armas que se guardaban en el castillo, además de que se retuviese el dinero exigido por las autoridades francesas de Madrid.1
Ignacio Yáñez de Rivadeneira, corregidor de Zamora en aquel entonces, enviaba con fecha 31 de mayo el siguiente comunicado urgente a Madrid:
No tenemos fuerzas militares para hacer respetar la autoridad judicial que está expuesta a insultos indecorosos ante una gente que no desiste de la idea de que le entreguen armas y detener la remesa de dinero desde Zamora a Madrid.
Los días pasan y las autoridades tratan de mantener su postura pero el levantamiento del pueblo es cada vez más airado y violento.
El pueblo atumultuado con tambor, bandera y grande gritería en la plazuela del Salvador había sacado violentamente de sus casas a militares retirados y autoridades reclamándoles que se queme la Real Orden y se formasen Juntas compuestas por el señor Obispo y el señor Gobernador Militar, Intendente General, Corregidor, Deán y Prior, Caballeros y hombres buenos.Actas del ayuntamiento de Zamora, 2 de junio de 1808
A su pesar, el gobernador de la ciudad, Juan Pignatelli, accede al fin a entregar las armas al pueblo. Se crea entonces la Junta de Armamento y Defensa y Zamora pasa a formar parte del Ejército de Castilla bajo el mando del general Gregorio de la Cuesta.1
Se alistaron un total de 844 voluntarios creándose dos batallones, uno con el nombre de «Voluntarios» y el otro con el de «Nacionales de Zamora».
El enfrentamiento
La presencia en la Península del emperador en persona, que recaló en Benavente el día de 3 de enero de 1809, provocó un inesperado movimiento de tropas tanto por un bando como por otro, por lo que las divisiones del general inglés Beresford, responsables de la protección de las tierras zamoranas, se desplazaron de urgencia haciaGalicia por orden del mariscal John Moore dejando la zona indefensa.
Cuando el día 5 de enero se tuvo noticia en la ciudad de la proximidad de una avanzadilla francesa, un grupo de voluntarios salieron a su encuentro consiguiendo neutralizarla. Se hicieron varios prisioneros así como la captura de caballos, provisiones e incluso dos piezas de artillería.2 Plenos de entusiasmo por la pequeña victoria conseguida, sobrevalorando sus capacidades y en contra de la opinión de los pocos militares profesionales presentes, el grupo de enfervorizados voluntarios, con más corazón que cabeza, decidieron hacer frente al grueso de las tropas francesas que se acercaban situándose para ello en el puente de Villagodio sobre el río Valderaduey.
El resultado fue el que se esperaba. Los voluntarios zamoranos, mal pertrechados, desorganizados e inexpertos, no fueron rival para los soldados del general francésPierre Maupetit (:fr:), perfectamente equipados, instruidos y fogueados en mil batallas.
Opusieron toda la resistencia humanamente posible y la lucha se alargó durante todo el día, pero a pesar del esfuerzo titánico, 130 zamoranos murieron y otros muchos resultaron heridos o fueron hechos prisioneros. En total se calcula que medio millar de hombres no pudieron volver a sus casas aquella jornada.
Algunos historiadores especulan con la posibilidad de que aquella avanzadilla fuera un cebo puesto por los franceses para forzar la salida de las fuerzas de la ciudad alejándolos de las defensas que proporcionaban sus sólidas murallas.2
En cualquier caso, los franceses estuvieron tres días estudiando las defensas de la ciudad y el 10 de enero penetraron en ella por una brecha en la muralla que abrieron con la artillería junto a la antigua puerta de San Pablo. Hoy en día aún es visible la reconstrucción que se hizo posteriormente en ese lienzo de la muralla. La toma total de la plaza se produjo sin que se realizara un solo disparo.3
La mayoría de los cuerpos caídos en el combate, salvo contadas excepciones que se realizaron prácticamente en la clandestinidad, quedaron insepultos y esparcidos por el paraje de Villagodio. Sólo algunos años más tarde, cuando la presión francesa fue disminuyendo, se recogieron los restos que se pudieron hallar dándoles sepultura conjunta. De este modo consta con fecha 6 de octubre de 1812 en el obituario de la parroquia de San Juan de Puerta Nueva.2
Grada abajo, en la sepultura del numero cuarenta i tres a todos los huesos que pudieron ser hallados en los campos de Villagodio, de todos los celosos i buenos españoles que en él murieron el día seis de enero del año pasado de mil ochocientos i nueve, en defensa de la Patria i Religión, i a impulsos de la tiranía i crueldad de los franceses.
Consecuencias
La ocupación de Zamora por los franceses se prolongó durante algo más de tres años, tiempo durante el que Zamora se convirtió en una estratégica plaza de paso obligado donde se acuartelaban tropas y se almacenaban provisiones y armamento con destino a la conquista de Portugal. Esto supuso para la ciudad un aplastante sistema fiscal que esquilmó las arcas municipales y profundizó aún más la miseria que por la escasez y restricciones ya venían arrastrando las clases populares y los comerciantes. Por otro lado, las parroquias y conventos tuvieron que vender hasta su último cáliz o cruz para hacer frente a las imposiciones de los invasores. Ni siquiera la Catedral de Zamora se libró del saqueo, fundiéndose algunas de sus campanas, verjas y rejas, además de ser usada como almacén de aprovisionamiento. Todo ello con la permisividad y colaboración de las autoridades locales.4
No es de extrañar entonces que gran cantidad de zamoranos abandonaran la ciudad y no pocos lo hicieran para crear o unirse a partidas guerrilleras como las de Julián Sánchez "El Charro", Lorenzo Aguilar o Juan Mendieta, dedicadas a hostigar y entorpecer a las tropas francesas especialmente en las zonas limítrofes con Portugal.1
Tras las derrotas francesas en Arapiles y Ciudad Rodrigo en 1812, el abandono de Zamora se esperaba como inminente, hecho que ocurrió el 31 de marzo 1813.
La Guerra
Pese a la lejanía de la fecha y a su patrimonialización política por todos, la Guerra de la Independencia, es de los pocos hechos de nuestra historia recordados, si bien en gran medida desconocido. A ello hay que añadir que no ha interesado demasiado a la historiografía local, aunque sería injusto obviar los pocos e interesantes estudios con los que cuenta. El interés por conocer lo sucedido durante la ocupación francesa fue temprano, y así ya en 1815 el Consejo de Castilla encargó a los Ayuntamientos glosasen la historia de los servicios prestados a la corona en tiempos del llamado "gobierno intruso". La redacción aquí en Zamora corrió a cargo del regidor Martín de Barcia y del diputado del común Juan Martín Sánchez, imprimiéndose en la oficina de Vallecillo. El documento lejos de contar la verdad, tergiversó los hechos, con el fin de no cuestionar el patriotismo de los zamoranos. El historiador zamorano Cesáreo Fernández Duro lo utilizó al hacer balance de aquellos difíciles años, con similar propósito. Hecho que motivó la respuesta airada de Rafael Gras y de Esteva, en su libro "Zamora en tiempo de la Guerra de la Independencia, 1908-1914" (Madrid, 1913).
La obra de Gras constituye, hasta la fecha, el más importante esfuerzo realizado por reunir todas las fuentes para el conocimiento del periodo, con el loable fin de desenmascarar la maquillada versión oficial. De entonces para acá se han hecho varias síntesis, destacando entre lo más reciente y serio el capítulo que Matilde Codesal Pérez le dedica en su tesis doctoral: "El Ayuntamiento de Zamora en la Monarquía de Fernando VII, 1814-1833", (Salamanca, 2006).
Pese a la lejanía de la fecha y a su patrimonialización política por todos, la Guerra de la Independencia, es de los pocos hechos de nuestra historia recordados, si bien en gran medida desconocido. A ello hay que añadir que no ha interesado demasiado a la historiografía local, aunque sería injusto obviar los pocos e interesantes estudios con los que cuenta. El interés por conocer lo sucedido durante la ocupación francesa fue temprano, y así ya en 1815 el Consejo de Castilla encargó a los Ayuntamientos glosasen la historia de los servicios prestados a la corona en tiempos del llamado "gobierno intruso". La redacción aquí en Zamora corrió a cargo del regidor Martín de Barcia y del diputado del común Juan Martín Sánchez, imprimiéndose en la oficina de Vallecillo. El documento lejos de contar la verdad, tergiversó los hechos, con el fin de no cuestionar el patriotismo de los zamoranos. El historiador zamorano Cesáreo Fernández Duro lo utilizó al hacer balance de aquellos difíciles años, con similar propósito. Hecho que motivó la respuesta airada de Rafael Gras y de Esteva, en su libro "Zamora en tiempo de la Guerra de la Independencia, 1908-1914" (Madrid, 1913).
La obra de Gras constituye, hasta la fecha, el más importante esfuerzo realizado por reunir todas las fuentes para el conocimiento del periodo, con el loable fin de desenmascarar la maquillada versión oficial. De entonces para acá se han hecho varias síntesis, destacando entre lo más reciente y serio el capítulo que Matilde Codesal Pérez le dedica en su tesis doctoral: "El Ayuntamiento de Zamora en la Monarquía de Fernando VII, 1814-1833", (Salamanca, 2006).
Los franceses en Zamora
Cuando en los primeros días de febrero de 1808 pasaron por Zamora tropas francesas camino de Portugal fueron recibidas cordialmente. En los dos meses que duró su estancia se atendió diligentemente a su alojamiento, echando mano de los fondos de propios y practicando las primeras requisas entre el vecindario, que habrían de inaugurar una larga serie de forzosas exacciones. Las fuentes nos hurtan conocer qué sucedió tras el estallido de cólera del pueblo de Madrid el 2 de mayo. Si bien parece que nada alteró la vida de la ciudad, gobernada por un sumiso Ayuntamiento, más preocupado por el orden que por combatir al invasor, recibiéndolo, llegado el caso, con el "mayor afecto y esmero, sin dar motivo a la menor queja". Pero, frente a la docilidad y servilismo de las autoridades, el malestar estaba en la calle, por la que se propagaban "voces con fines siniestros".
El estallido popular
La sucesión de algunos acontecimientos, como el nombramiento de los representantes para la Asamblea de Bayona, la llegada de órdenes que obligaban al envío de dinero a la corte, y las noticias de la insurrección de Valencia, provocaron en Zamora el levantamiento popular. Comenzó con algunas protestas que fueron inicialmente controladas, si bien el 31 de mayo, a primera hora de la tarde, una "chusma de hombres y mujeres" - en palabras del corregidor - se personó ante la casa del gobernador militar reclamando la entrega de armas, y su rechazo a que saliesen fondos de la Tesorería. El tumulto inquietó a las autoridades, aunque no cambió su actitud complaciente con el poder, lo que exasperó aún más los ánimos, hasta el punto de provocar un nuevo episodio de cólera popular. En la mañana del 2 de junio, celebrando el Ayuntamiento sesión extraordinaria en casa del corregidor para dar cumplimiento a varias órdenes: "se oyó tocar a rebato el reloj y campana de la queda", y saliendo los regidores a ver lo que sucedía "se presentó atumultuado el pueblo con tambor bandera y grande gritería", exigiendo quemar las órdenes recibidas. Esta misma mañana hubo otro altercado ante la casa del regidor designado para acudir a Bayona, al que la turba amenazó de muerte si se atrevía a salir de la ciudad; siendo asimismo coaccionado el depositario del papel sellado. Nada pudo calmar la ira popular, y viendo "que ya por algunos se empezaban a acoger piedras y amenazar con ellas a la casa del Sr. Corregidor y habitación en que estaban reunidos", a regañadientes, se accedió a las peticiones de los amotinados, formándose a la sazón una Junta de Armamento y Defensa.
La escaramuza de Villagodio
Constituido este nuevo órgano de gobierno comenzaron los preparativos para la defensa de la plaza, si bien las sucesivas derrotas de las armas españolas minaron su ya de por sí escasa moral patriótica y eficacia. El anuncio, en julio, de la llegada de varias unidades del ejército francés que operaban en Castilla la Vieja, pese a las garantías ofrecidas por el General Bessiéres de no emplear la fuerza, sembró el miedo, provocando el abandono masivo y caótico de la ciudad. Sin embargo, la derrota francesa en Bailén aplazaría la entrada de los franceses hasta los primeros días de enero de 1809. Cuando la víspera del día de Reyes se supo de su proximidad, un grupo de paisanos al frente del comandante del resguardo, Agustín Manso, de forma casual, se topó con una avanzadilla francesa, a la que tomaron algunos prisioneros, piezas de artillería y caballos. En medio del alborozo y sobrevalorando sus posibilidades, contra el parecer de los militares, decidieron hacerles frente junto al Puente de Villagodio, siendo reducidos a sangre y fuego por los veteranos soldados de la División Lapisse. En el campo de batalla quedaron ciento treinta muertos, siendo asimismo elevado el número de heridos. Cuatro días después Zamora era tomada sin resistencia.
Constituido este nuevo órgano de gobierno comenzaron los preparativos para la defensa de la plaza, si bien las sucesivas derrotas de las armas españolas minaron su ya de por sí escasa moral patriótica y eficacia. El anuncio, en julio, de la llegada de varias unidades del ejército francés que operaban en Castilla la Vieja, pese a las garantías ofrecidas por el General Bessiéres de no emplear la fuerza, sembró el miedo, provocando el abandono masivo y caótico de la ciudad. Sin embargo, la derrota francesa en Bailén aplazaría la entrada de los franceses hasta los primeros días de enero de 1809. Cuando la víspera del día de Reyes se supo de su proximidad, un grupo de paisanos al frente del comandante del resguardo, Agustín Manso, de forma casual, se topó con una avanzadilla francesa, a la que tomaron algunos prisioneros, piezas de artillería y caballos. En medio del alborozo y sobrevalorando sus posibilidades, contra el parecer de los militares, decidieron hacerles frente junto al Puente de Villagodio, siendo reducidos a sangre y fuego por los veteranos soldados de la División Lapisse. En el campo de batalla quedaron ciento treinta muertos, siendo asimismo elevado el número de heridos. Cuatro días después Zamora era tomada sin resistencia.
La ocupación
Tras el desastre de Villagodio se inició un período de ocupación que se prolongó hasta fines de agosto de 1812. Durante estos tres años y medio todo se subordinó a las necesidades de la guerra. Zamora recuperó su condición de plaza estratégica -ahora revalorizada por los planes de conquista de Portugal- siendo lugar obligado de tránsito y acuartelamiento de tropas. Esto significó la imposición de un codicioso sistema fiscal, necesitado de constantes recursos, que hizo estragos en la hacienda estatal y municipal, y sumió en la pobreza a las clases populares. La actitud de las autoridades zamoranas para con el nuevo poder siguió siendo de colaboracionismo, con pocas excepciones. El pueblo se mostró asimismo forzosamente dócil - ya lo era antes frente a la sociedad del privilegio, aunque soportó peor la escasez y carestía de los productos de primera necesidad y el injusto sistema de arbitrios que gravaba su consumo. La presión fiscal se volvió insoportable para todos, también para los grandes hacendados y el clero, que no obstante aguantaron mejor las continuas exacciones. En esta guerra de rapiña los que más perdieron fueron los frailes, a los que se exclaustró, nacionalizándose sus propiedades. Al ocuparse sus conventos -sometidos al saqueo y pillaje- se perdió una importante y singular parte de nuestro patrimonio artístico. La Catedral sirvió temporalmente de almacén, siendo fundidas algunas de sus campanas, rejas y verjas del atrio. Las de otros edificios religiosos corrieron igual suerte. Para hacer frente al pago de contribuciones muchas parroquias tuvieron que vender o pagar con vasos sagrados y otros objetos litúrgicos de valor. También el Ayuntamiento, para atender al pago de salarios de sus empleados, se vio en la necesidad de enajenar la plata del oratorio, cruz, lámpara y escribanía.
Cuando en el último día de agosto de 1812 los franceses evacuaron temporalmente Zamora, la presión contributiva no disminuyó. La ausencia de los invasores propició el cambio institucional al sistema liberal, jurándose la Constitución, si bien no hubo tiempo para que las reformas se consolidasen. Además para cubrir su retirada, en noviembre de 1812, la artillería inglesa, por orden de Wellington, destruyó un arco del puente, dejando la ciudad incomunicada por el sur. La vuelta de los franceses en noviembre, pese a encontrar mayores dificultades para atender la maltrecha administración municipal y otros ramos, no supuso el fin de las requisas. Cuando el 31 de mayo de 1813 salieron definitivamente los franceses de la ciudad las penas no se fueron con ellos, pues el paso de contingentes armados españoles y aliados mantuvo el rapaz sistema recaudatorio. Poco a poco la vida volvió a la "normalidad", es decir a la situación anterior a 1808. Por si había alguna duda entre el 11 y el 17 de mayo de 1814 una revuelta de claro significado político, apoyada por los mandos militares del regimiento de plaza, vino a corroborarlo. El día 12 dos oficiales del Regimiento de Compostela, con la ayuda de un grupo de menestrales, picaron la placa de la Constitución de la Plaza Mayor, destituyeron al ayuntamiento constitucional y repusieron al absolutista. Una procesión con el retrato de Fernando VII, al que dieron escolta fuerzas de caballería e infantería, recorrió las calles principales, concluyendo con su entronización en el consistorio con un rótulo que reconocía su soberanía: "Plaza del Rey: viva la Majestad del Sr. D. Fernando VII". Comenzaba una nueva época en la que ya nada volvió a ser como antes.
Aunque la gesta de los zamoranos no forma parte de los lugares míticos de aquella guerra - que aquí también se cobró sus muertos y se cebó con los más débiles, sí merece ser conocida. Como sucedió en otros lugares la defensa de la nación quedó en manos del pueblo, que por ser el que más puso, fue también el que más perdió. El "patriotismo" de los poderosos -nobleza, clero y burguesía- surgió cuando los franceses pusieron en peligro sus bolsillos y privilegios. Lo dicho, que aquella guerra fue aquí una lucha desigual y resignada de resistencia al saqueo.
La batalla del Puente de Triana tuvo lugar el 27 de agosto de 1812 para poder tomar la ciudad de Sevilla en el contexto de la Guerra de la Independencia Española.
Antecedentes
En 1808 Napoleón Bonaparte invade España y Portugal y nombra Rey de España a su hermano, José Bonaparte, como José I. Las tropas francesas toman la península ibérica pero no les es posible tomar la ciudad de Cádiz, a donde se traslada la capital de España. El Reino Unido ve con temor la expansión de Napoleón por Europa y deciden dar a España apoyo militar. El fracaso de Napoleón en las campañas de España y Rusia serán la causa principal de la caída del I Imperio francés y el caso de España le daría a Inglaterra una gran ventaja para el siglo XIX, dándole la posibilidad de haber entrenado a sus tropas en una guerra real sobre el terreno.
Una vez tomada Sevilla por los franceses el 1 de febrero de 1810, el Mariscal francés Nicolas Jean de Dieu Soultasimiló la imposibilidad de tomar Cádiz y decidió levantar el asedio de Cádiz para reconducir sus tropas a Sevilla, más al Norte, donde reforzarían las tropas ya existentes. La idea de retirarse de Cádiz para atrincherarse mejor en Sevilla resultaría muy perjudicial para Francia ya que en la guerra existe el principio de que quien se esconde detrás de sus propias murallas siempre acaba vencido.
La Batalla de Sevilla
Jean de Dieu Soult decidió establecer su cuartel general en Sevilla, en el Palacio Arzobispal, situado en la Plaza Virgen de los Reyes. Mientras Scoult coordinaba a las tropas en Sevilla y proseguía con el expolio de obras de arte, las tropas españolas lanzan en julio de 1812 una gran ofensiva desde Huelva cosechando victorias con la ayuda de británicos y portugueses. Una de las plazas que se ocuparon en esa ofensiva fue La Palma del Condado, a 50 kilómetros de Sevilla. Allí un grupo de españoles forma la División Cruz.
A los aliados se les unió John Downie, un aventurero escocés que había formado un ejército de privado de extremeños para combatir en la Guerra de la Independencia apoyando al Duque de Wellington. Downie usaba la espada de Pizarro y entabló un vínculo muy especial con su legión, que vino a llamar la Leal Legión Extremeña.
Sevilla era una ciudad situada en su mayor parte al Este del Río Guadalquivir, encontrándose al Oeste el solamente barrio de Triana, unido al resto de Sevilla por un puente.
En las primeras horas del día 27 de agosto las tropas aliadas ya están llegando a la Comarca del Aljarafe, llegando a la localidad de Castilleja de la Cuesta, pueblo limítrofe con la ciudad. En Castilleja tienen el primer encontronazo serio con los franceses, que intentaban detener el avance español. Esta contingencia se saldó con una victoria española gracias a la División Cruz.
La comarca del aljarafe limita al Noreste con Sevilla en la zona de la Vega de Triana, una extensión junto al Río Guadalquivir, que se encuentra a 5 kilómetros al Este de Castilleja de la Cuesta. Al ver Soult que los españoles se dirigían a la Vega de Triana, decide reforzar sus tropas en el Altozano, en Triana y en la entrada del Puente de Barcas, para evitar así que tomen el puente que les permitiría cruzar el río y acceder a la ciudad. Hay que tener presente que la batalla tendría lugar en un tiempo estival y que en Sevilla, en agosto, fácilmente se alcanzan los 40 grados centígrados a la sombra.
Los aliados salen de Castilleja y llegan a la Vega en combate continuo y sumando la ayuda de los vecinos. Finalmente, logran llegar al Altozano encontrando a los franceses fuertemente atrincherados. Comienza en ese momento la batalla del Puente de Triana propiamente dicha.
Los aliados intentarían tomar el puente en embestidas, fracasando y sufriendo numerosas pérdidas. Al tercer intento logran desmontar la defensa francesa y toman el puente, provocando la huida de los franceses. En el contexto de la batalla John Downie cargará contra los franceses a caballo con la espada en la mano y cuando intentaba saltar con su caballo por un hueco en el Puente de Triana es herido y abatido del caballo. Antes de ser apresado por los franceses arrojó la espada de Pizarro a los extremeños para evitar que los enemigos se hicieran con ella.1
Los franceses se dirigirán al Sureste, a Granada, para luego ir al Norte hasta Murcia. Los británicos se retiraron a Alcalá de Guadaíra, municipio sevillano abandonado por los franceses, para tomar el control de la villa y descansar.2 El Teniente Coronel John Scrope Colquitt murió varios días después.
El lugar del puente es hoy donde se encuentra el Puente de Isabel II, edificado en 1852, y más conocido como Puente de Triana. El Altozano se configura hoy como una plaza pública en el lado Oeste del Puente.
La Batalla del Puente de Triana, 27 de agosto 1812
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| La Batalla de Sevilla, 27 de agosto 1812 |
En 1812 el Duque de Wellington empezó su avance en España. El 6 de abril de 1812 Badajoz cayó ante Wellington y los franceses sufrieron una derrota aplastante en la batalla de Salamanca (Los Arapiles) el 22 de julio de 1812.
En agosto de 1812, Victor levantó el sitio de Cádiz al recibir órdenes de ayudar al rey Joseph en Madrid. Wellington ordenó al General Cooke de los First Foot Guards en Cádiz a liberar la ciudad de Sevilla. Los aliados, incluyendo seis compañías de los First Foot Guards bajo el coronel Peregrine Maitland, navegaron a Huelva el 10 de agosto con un ejército de unos 4.000 soldados de donde iban a emprender la liberación de Sevilla. El capitán Alex Dallas comentó, “Es imposible describir la emoción de nuestro espíritu con la sensación de libertad después de estar confinado dentro de un círculo de murallas fortificadas durante muchos meses. Esta es la sensación que sentimos al poder caminar libres por el campo abierto”.
El coronel John B. Skerret dirigía los soldados británicos y portugueses y el general Juan de la Cruz Mourgeon estaba al mando del ejército español. El 16 de agosto empezaron la marcha desde Huelva bajo un sol abrasador. El 24 de agosto marcharon desde Manzanilla a Sanlúcar la Mayor donde tomaron el pueblo sin una sola pérdida. El 26 de agosto en Espartinas los aliados fueron informados de que los franceses estaban a punto de abandonar la ciudad de Sevilla. En el ejército iban seis compañías del tercer batallón de los First Foot Guards, una de las cuales era la compañía de hostigadores, al mando del teniente coronel John Scrope Colquitt.
Los aliados temían que los franceses fueran a arrasar la ciudad y a destruir el puente de barcas de Triana y así cortar el paso a los aliados. A primera hora de la mañana los aliados llegaron a los cerros de Castilleja donde tuvieron que rechazar el ataque de un grupo de soldados franceses. Al llegar al puente de Triana, los aliados decidieron atacar. El gran protagonista de este ataque fue el escocés John Downie, amigo de John Scrope Colquitt.
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| John Downie |
Según cuenta el Profesor Esdaile, Catedrático de Historia de la Universidad de Liverpool:
Como se puede imaginar, el resultado de esta decisión totalmente gratuita –se vio perfectamente que los franceses estaban a punto de marcharse– fue el desastre. Aunque lo intentaron dos veces, las tropas aliadas no pudieron hacerse con las posiciones enemigas ysufrieron muchas pérdidas. Para Downie, sin embargo, se convirtió este momento de catástrofe en una gran oportunidad: por fin podía corresponder a su auto-imagen heroica y asegurarse los elogios de la posteridad. Lanzándose al frente, reanimó a los soldados derrotados y, con la espada de Pizarro en la mano, cargó sobre los franceses. La respuesta de los franceses fue tremenda –una descarga de metralla le costó una herida en la cabeza que destrozó la visión de su ojo derecho y cortó la oreja correspondiente– pero Downie no solamente se mantuvo a caballo, sino que saltó sobre la zanja y la barricada y se abalanzó sobre los defensores. Con Downie totalmente aislado –la tropa que le había seguido no había podido cruzar la zanja– nunca estuvo en duda el resultado del combate que siguió, y, acribillado a bayonetazos, cayó el general prisionero, aunque no antes que tirar su espada por fuera de la barricada para negar a los francés un trofeo tan simbólico.
La compañía de John Scrope Colquitt con gran valentía y esfuerzo consiguió cruzar el puente. Finalmente los franceses abandonaron el puente y huyeron por la Puerta de Carmona dirección Granada. Hubo una explosión de júbilo entre los habitantes de la ciudad y la inmensa muchedumbre que llenaba las calles dificultó el paso de los soldados.
Las cartas del coronel Skerrett sobre la liberación de Sevilla destacan la gran valentía del coronel Peregrine Maitland, del teniente coronel Colquitt y del capitán Thomas, todos de los First Foot Guards.
Un oficial compañero de John Scrope Colquitt, el alférez, el Honorable Orlando Bridgeman fue encargado de custodiar a un grupo de prisioneros franceses porque dominaba la lengua francesa. Uno de los prisioneros era un tal capitán De Marbot. De Marbot le habló de su prometida Mademoiselle de Casteja que vivía en Madrid porque su padre era español y su madre francesa. Le pidió a Bridgeman que si estuviera alguna vez en Madrid que la buscara y le informara que su prometido seguía con vida aunque era prisionero. En noviembre de 1812 los First Foot Guards estuvieron en Madrid y Orlando Bridgeman buscó a Mademoiselle de Casteja y la ayudó a escapar de la ciudad. Ella le regaló una capa roja de seda. Bridgeman era compañero de Goodwin Colquitt y resultó herido en el asalto a San Sebastián el 31 de agosto de 1813 y participó en la batalla de Waterloo.
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| Orlando Bridgeman |
El primero de septiembre la compañía de John Scrope Colquittrecibió órdenes de marchar a Alcalá para tomar control de la villa y restablecer el suministro de pan a Sevilla. Sin embargo, John Scrope Colquitt ya estaba muy enfermo con fiebre tifoidea y murió el viernes 4 de septiembre de 1812. Sus tropas con gran tristeza decidieron enterrarlo al día siguiente entre salvas y oraciones en inglés en un descampado en las afueras del pueblo al lado de un antiguo humilladero ya que los nativos alcalareños no permitieron que este oficial anglicano se enterrase en el cementerio católico del pueblo. Hoy en día este lugar aún se llama “La Cruz del Inglés”.
http://lacruzdelingles2012.blogspot.com.es/2012/08/la-batalla-del-puente-de-triana-27-de.html



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