Batallas de la Guerra de la Independencia Española
saqueo de Córdoba se produjo al iniciar la Guerra de la Independencia Española en 1808, cuando esta ciudad sufrió un saqueo por parte de las tropas francesas que duró 3 días y sembró de pánico y terror la población.
Tras la batalla del puente de Alcolea, el general Dupont entró en Córdoba el 13 de junio de 1808 por la Puerta Nueva y se dedicó a saquear la ciudad. La razón o excusa para tal acción, fue un tiro fallido que el juez de paz de la Santa Hermandad, Pedro Moreno, realizó desde la actual calle Alfonso XII. Con el apoyo de la artillería, las tropas galas, asaltaron iglesias, conventos, casas, robando todo tipo de carros, vehículos, caballos y dinero, entre otros bienes.1
El ejército francés se ensañó especialmente en conventos femeninos como el Convento del Carmen, el Convento de San Juan de Dios o el Convento de los Terceros, donde se produjeron numerosas violaciones y saqueos de las imágenes, y en el robo de dinero, como en elPalacio de Viana, donde se apoderaron de 80.000 reales,2 o en el Palacio Episcopal, de 100.000. En total se calcula que las tropas francesas se llevaron más de 10 millones de reales.3 Tamaña fue la recaudación, que los franceses desistieron de imponer ningún tipo de impuesto de guerra a la población.
Las tropas imperiales abandonaron la ciudad el día 16 de junio tras conocer la capitulación de la Armada francesa en la bahía de Cádiz, así como de la formación del ejército de Andalucía comandado por el general Castaños, que con el apoyo de tropas del general Reding, se dirigía hacia el valle del Guadalquivir. Siete días más tarde, el general Castaños entró en Córdoba donde comenzó a preparar la batalla que le enfrentaría al Ejército Imperial en los días siguientes, conocida como batalla de Bailén.
Con la derrota de los franceses en Bailén, el Ayuntamiento de Córdoba y otras instituciones de la ciudad hicieron llegar al general Castaños, un recordatorio para que los franceses devolvieran el botín incautado a sus legítimos dueños, a lo cual el general respondió que sólo se devolverían «los vasos, ornamentos sagrados y cuanto perteneciese al culto», en cumplimiento de las leyes de la guerra.
El general francés Dupont no se molestó en llamar a las puertas de las murallas de Córdoba. Prefirió abrirlas a cañonazos. A las 14:00 del 7 de junio de hace 200 años, miles de soldados del ejército imperial de Napoleón se apostaban en la Cuesta de la Pólvora y en los alrededores de la Puerta Nueva. Venían manchados de barro, sangre y fuego. Hacía un par de horas escasas que habían vencido y puesto en fuga a un improvisado ejército de 20.000 cordobeses que intentaron defender su ciudad en el Puente de Alcolea. En sus caras se reflejaba el deseo de venganza y, sobre todo, de rapiña.
Córdoba estaba indefensa. Los soldados y milicianos huían despavoridos a la frondosidad de la sierra o al cobijo de los cortijos de Écija y Carmona por el Puente Romano y por la Puerta Osario. Mientras, una comisión municipal intentaba negociar la rendición de la ciudad. Pero antes de escuchar nada, Dupont y su caballo escalaban los escombros de Puerta Nueva, resquebrajada a golpe de cañón. Córdoba ya era Francia.
Los soldados franceses se desplegaron como una guerrilla por la ciudad, con la bayoneta calada. Mientras, el juez de paz Pedro Moreno, vecino de la calle Borja Pavón número 2, cargaba su fusil. Desde el tejado de su casa, el magistrado apuntó a Dupont cuando lo vio pasar. Disparó varias veces, pero sólo consiguió matar al caballo. Fue entonces cuando se desató la furia.
Según el relato de Miguel Ángel Ortí Belmonte, en su monográfico Córdoba durante la guerra de la Independencia, publicado en 1924, "la casa de Moreno fue tomada por asalto, después de una heroica lucha en la que murieron varios de sus asaltantes. El juez, su mujer, su hija y todos los habitantes de la casa fueron acuchillados, salvándose sólo una nieta de corta edad que un soldado sacó enganchada por la ropa en la bayoneta".
Dupont, sin contener un ápice su ira, ordenó que se tocase a rebato y que no se respetase ni a los ancianos, ni a las mujeres ni a los niños. Comenzó el saqueo de Córdoba, en el que durante tres días de desafuero y descontrol no quedó casa sin ultrajar ni mujer sin violar, según los testimonios del suceso.
Los 10.000 franceses se dispersaron por toda la ciudad, derribando puertas y matando a todo aquel que se le ponía por delante. Mientras, los 40.000 cordobeses gritaban horrorizados, corrían a esconder lo poco que podían y a intentar ocultar a sus mujeres e hijas. Los más valientes se enfrentaban a los soldados. Un par de militares del regimiento del Príncipe consiguieron contener a una turba de franceses en la Puerta del Puente. Duraron minutos y murieron cosidos a bayonetazos.
Del saqueo no se salvó ni el obispo, que tuvo que saltar la tapia del Palacio Episcopal para refugiarse en la finca aledaña. A pesar de ello, "fue alcanzado y pisoteado", según el relato de Ortí Belmonte. No se respetó nada ni a nadie. Los soldados violaron a las monjas en el interior de sus propias celdas. "Las hijas eran ultrajadas en presencia de padres y hermanos, y las esposas delante de sus maridos e hijos", añade Ortí Belmonte.
El salvajismo del saqueo fue tan enorme que conmovió a los propios oficiales del ejército francés. Dos días después de estos desmanes, el teniente coronel Clerc escribió de sus subordinados: "Los cerdos se comían los senos de las mujeres que habían recibido muerte en las calles". Córdoba se había convertido en un grabado de Goya antes de que el pintor aragonés viera con sus propios ojos los horrores de la guerra.
La rapiña se centró en las iglesias y monasterios, especialmente los femeninos. El primer templo en ser ultrajado fue el Santuario de la Fuensanta. Entre gritos y entre el horror de decenas de feligreses, la soldadesca napoleónica destrozó la imagen de la Virgen y se llevó hasta los copones del vino sagrado. El Santuario fue reconvertido en lupanar durante el saqueo. La Mezquita-Catedral fue despojada. Desaparecieron las dos coronas de oro de la Virgen de Villaviciosa. El Palacio Episcopal también fue saqueado. Los soldados se llevaron todos sus fondos, la plata de mesa, el báculo, los pectorales, los candelabros y todo el vestuario necesario para el obispo.
El importe del pillaje en Córdoba es incalculable. Según recoge Ramírez de las Casas Deza en su obra Anales de Córdoba, sólo entre el equipaje del general Dupont constaban cinco millones de reales -la mitad del presupuesto del Ayuntamiento de la época-, 11 kilos de perlas y un pectoral del obispo de Jaén. De las Casas Consistoriales, los franceses sacaron diez millones de reales y otros dos millones y medio más del Palacio Episcopal. En total, el ejército de Napoleón necesitó más de 800 carros para portar el enorme botín de todo lo saqueado en Córdoba.
Pero no sólo se llevaron el dinero y las joyas de los cordobeses. También se apoderaron de "toda clase de pertrechos de guerra", de vituallas y de caballos, "no dejando en la ciudad ni siquiera el del timbalero", explica Ortí Belmonte.
El vino también fue objeto de pillaje. Armados con hachas, algunos soldados irrumpieron en las bodegas con tal fiereza que muchos murieron ahogados cuando el fruto de Baco salió de forma violenta de los toneles. Según un informe del interventor del Ayuntamiento de Córdoba, durante el saqueo de la ciudad los franceses se bebieron 1.100 arrobas de vino y aguardiente de las tabernas oficiales del municipio, es decir, cerca de dos litros por cabeza. Borrachos de alcohol y codicia, no es difícil imaginar la imagen que relató Ramírez de las Casas Deza: "Las familias, casi sin comunicación, se hallaban consternadas al padecer y oír tantas violencias y horrores. Por todas partes no se veía más que franceses llevando reses muertas y cuartos de carne, cubas y cántaros de vino, sacando más de lo necesario...".
No fue hasta el cuarto día de la dominación francesa cuando unas cuantas compañías militares comenzaron a "restablecer el orden entre los cuerpos del ejército que estaban sumergidos en la embriaguez, la lascivia y los excesos más desenfrenados". Pero a ese cuarto le sucedió un quinto día, un sexto, un séptimo, un octavo y hasta un noveno. Mientras tanto, Andújar se había levantado en armas, en Sierra Morena los bandoleros aniquilaban una a una todas las patrullas francesas que se encontraban y el general Castaños partía con un ejército más ordenado contra el invasor francés. El día del Corpus de 1808, Dupont ordenó la evacuación de Córdoba. Los soldados, temerosos de la reacción del pueblo, huyeron despavoridos, agarrados al enorme botín que usurparon en la ciudad. Los cordobeses corrían tras de ellos y se unían a Castaños en busca de venganza.
Córdoba estaba indefensa. Los soldados y milicianos huían despavoridos a la frondosidad de la sierra o al cobijo de los cortijos de Écija y Carmona por el Puente Romano y por la Puerta Osario. Mientras, una comisión municipal intentaba negociar la rendición de la ciudad. Pero antes de escuchar nada, Dupont y su caballo escalaban los escombros de Puerta Nueva, resquebrajada a golpe de cañón. Córdoba ya era Francia.
Los soldados franceses se desplegaron como una guerrilla por la ciudad, con la bayoneta calada. Mientras, el juez de paz Pedro Moreno, vecino de la calle Borja Pavón número 2, cargaba su fusil. Desde el tejado de su casa, el magistrado apuntó a Dupont cuando lo vio pasar. Disparó varias veces, pero sólo consiguió matar al caballo. Fue entonces cuando se desató la furia.
Según el relato de Miguel Ángel Ortí Belmonte, en su monográfico Córdoba durante la guerra de la Independencia, publicado en 1924, "la casa de Moreno fue tomada por asalto, después de una heroica lucha en la que murieron varios de sus asaltantes. El juez, su mujer, su hija y todos los habitantes de la casa fueron acuchillados, salvándose sólo una nieta de corta edad que un soldado sacó enganchada por la ropa en la bayoneta".
Dupont, sin contener un ápice su ira, ordenó que se tocase a rebato y que no se respetase ni a los ancianos, ni a las mujeres ni a los niños. Comenzó el saqueo de Córdoba, en el que durante tres días de desafuero y descontrol no quedó casa sin ultrajar ni mujer sin violar, según los testimonios del suceso.
Los 10.000 franceses se dispersaron por toda la ciudad, derribando puertas y matando a todo aquel que se le ponía por delante. Mientras, los 40.000 cordobeses gritaban horrorizados, corrían a esconder lo poco que podían y a intentar ocultar a sus mujeres e hijas. Los más valientes se enfrentaban a los soldados. Un par de militares del regimiento del Príncipe consiguieron contener a una turba de franceses en la Puerta del Puente. Duraron minutos y murieron cosidos a bayonetazos.
Del saqueo no se salvó ni el obispo, que tuvo que saltar la tapia del Palacio Episcopal para refugiarse en la finca aledaña. A pesar de ello, "fue alcanzado y pisoteado", según el relato de Ortí Belmonte. No se respetó nada ni a nadie. Los soldados violaron a las monjas en el interior de sus propias celdas. "Las hijas eran ultrajadas en presencia de padres y hermanos, y las esposas delante de sus maridos e hijos", añade Ortí Belmonte.
El salvajismo del saqueo fue tan enorme que conmovió a los propios oficiales del ejército francés. Dos días después de estos desmanes, el teniente coronel Clerc escribió de sus subordinados: "Los cerdos se comían los senos de las mujeres que habían recibido muerte en las calles". Córdoba se había convertido en un grabado de Goya antes de que el pintor aragonés viera con sus propios ojos los horrores de la guerra.
La rapiña se centró en las iglesias y monasterios, especialmente los femeninos. El primer templo en ser ultrajado fue el Santuario de la Fuensanta. Entre gritos y entre el horror de decenas de feligreses, la soldadesca napoleónica destrozó la imagen de la Virgen y se llevó hasta los copones del vino sagrado. El Santuario fue reconvertido en lupanar durante el saqueo. La Mezquita-Catedral fue despojada. Desaparecieron las dos coronas de oro de la Virgen de Villaviciosa. El Palacio Episcopal también fue saqueado. Los soldados se llevaron todos sus fondos, la plata de mesa, el báculo, los pectorales, los candelabros y todo el vestuario necesario para el obispo.
El importe del pillaje en Córdoba es incalculable. Según recoge Ramírez de las Casas Deza en su obra Anales de Córdoba, sólo entre el equipaje del general Dupont constaban cinco millones de reales -la mitad del presupuesto del Ayuntamiento de la época-, 11 kilos de perlas y un pectoral del obispo de Jaén. De las Casas Consistoriales, los franceses sacaron diez millones de reales y otros dos millones y medio más del Palacio Episcopal. En total, el ejército de Napoleón necesitó más de 800 carros para portar el enorme botín de todo lo saqueado en Córdoba.
Pero no sólo se llevaron el dinero y las joyas de los cordobeses. También se apoderaron de "toda clase de pertrechos de guerra", de vituallas y de caballos, "no dejando en la ciudad ni siquiera el del timbalero", explica Ortí Belmonte.
El vino también fue objeto de pillaje. Armados con hachas, algunos soldados irrumpieron en las bodegas con tal fiereza que muchos murieron ahogados cuando el fruto de Baco salió de forma violenta de los toneles. Según un informe del interventor del Ayuntamiento de Córdoba, durante el saqueo de la ciudad los franceses se bebieron 1.100 arrobas de vino y aguardiente de las tabernas oficiales del municipio, es decir, cerca de dos litros por cabeza. Borrachos de alcohol y codicia, no es difícil imaginar la imagen que relató Ramírez de las Casas Deza: "Las familias, casi sin comunicación, se hallaban consternadas al padecer y oír tantas violencias y horrores. Por todas partes no se veía más que franceses llevando reses muertas y cuartos de carne, cubas y cántaros de vino, sacando más de lo necesario...".
No fue hasta el cuarto día de la dominación francesa cuando unas cuantas compañías militares comenzaron a "restablecer el orden entre los cuerpos del ejército que estaban sumergidos en la embriaguez, la lascivia y los excesos más desenfrenados". Pero a ese cuarto le sucedió un quinto día, un sexto, un séptimo, un octavo y hasta un noveno. Mientras tanto, Andújar se había levantado en armas, en Sierra Morena los bandoleros aniquilaban una a una todas las patrullas francesas que se encontraban y el general Castaños partía con un ejército más ordenado contra el invasor francés. El día del Corpus de 1808, Dupont ordenó la evacuación de Córdoba. Los soldados, temerosos de la reacción del pueblo, huyeron despavoridos, agarrados al enorme botín que usurparon en la ciudad. Los cordobeses corrían tras de ellos y se unían a Castaños en busca de venganza.
La batalla de Elviña (también conocida como batalla de Coruña) fue una batalla de la Guerra de la Independencia Española enmarcada dentro de las Guerras Napoleónicas. Tuvo lugar el 16 de enero de 1809 entre 14 000 soldados británicos bajo el mando de sir John Moore, y 16 000 soldados franceses bajo el mando de Nicolas Jean de Dieu Soult.
Antecedentes
Después de la desastrosa Convención de Sintra, en la cual se permitió la repatriación de las tropas francesas derrotadas en la batalla de Vimeiro, los comandantes del ejército británico (incluido Arthur Wellesley, futuro Duque de Wellington) fueron llamados a su patria para enfrentarse a una investigación. De esta forma, las tropas expedicionarias británicas en España y Portugal fueron dejadas al mando de sir John Moore, un militar conocido por su reforma en las tácticas de la infantería ligera.
Sin embargo, la campaña subsecuente estuvo marcada por las privaciones y por las condiciones invernales que costaron la vida de 6000 soldados británicos. La retirada posterior, realizada durante un severo invierno, fue un completo desastre. Las marchas agotadoras, el tiempo gélido y las frecuentes escaramuzas con la vanguardia de las tropas francesas provocaron una caída en el alcoholismo de numerosas tropas, y su consiguiente abandono ante el avance francés.
Estas condiciones, unidas a la sorpresiva llegada del propio Napoleón con un ejército a España, forzaron a Moore a iniciar la retirada completa hacia el puerto de La Coruña, en la esquina noroccidental de España. Razones políticas y una serie de acciones británicas tenaces y sorpresivas en la propia retaguardia francesa hicieron que Napoleón decidiera dejar la persecución en manos del mariscal Soult.
La batalla
El encuentro entre los dos ejércitos se produjo en el llano de Elviña, en las inmediaciones de la ciudad de La Coruña, en la que se hallaban fondeados los barcos de la Real Armada Británica dispuestos para la evacuación. Lejos de actuar como un ejército derrotado y diezmado, las tropas británicas se propusieron proteger la evacuación rechazando los ataques franceses, normalmente mediante la propia infantería ligera creada por Moore.
Cogiendo lo mejor que quedaba de sus tropas (entre ellos los regimientos 51st Highlanders y 95th Rifles), Moore se enfrentó a los franceses y consiguió evitar la destrucción total, dando a sus exhaustas tropas el tiempo necesario para embarcar en los transportes anclados en el puerto. El propio Moore fue herido en el pecho por un proyectil de cañón durante la batalla, falleciendo poco después en la ciudad de La Coruña, pero con la satisfacción de ver cómo su ejército se salvaba de la destrucción.
El fuego de cobertura de los barcos de guerra mantuvo a Soult a distancia permitiendo a los británicos embarcar sin problemas y retornar sanos y salvos al Reino Unido. Los sucesivos ataques franceses fueron rechazados y el ejército británico se retiró con aproximadamente 900 bajas (entre muertos y heridos) incluyendo al propio sir John Moore. Las bajas francesas ascendieron a 2000 hombres aproximadamente. El mariscal Soult pudo tomar la ciudad poco después de que la abandonaran las tropas británicas y, al encontrar el cuerpo del comandante británico, decidió enterrarlo con los honores que merecía.
El ejército británico, a pesar de su retirada de la península ibérica, había combatido exitosamente contra un enemigo mayor y mejor aprovisionado. A pesar de la pérdida de sir John Moore, un comandante muy popular, la tropa tenía la sensación de haber conseguido un triunfo moral (similar a lo que significó Dunkerque en la Segunda Guerra Mundial), lo que ayudó a mantener la reputación de los soldados británicos en las subsiguientes contiendas dentro de las guerras napoleónicas.
Los británicos regresaron a la península por Portugal en abril de ese mismo año, con tropas de refresco, nuevos aprovisionamientos y un nuevo comandante, sir Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington y que, años más tarde, derrotaría definitivamente a Napoleón en la batalla de Waterloo.
Resultados
La campaña y la batalla de Elviña presagiaron muchos de los problemas que encontraría el ejército británico en la guerra peninsular. Primero y sobre todo, mostró la necesidad de un método fiable de suministro. Los sufrimientos del ejército británico en la retirada fueron terribles, pero lo peor de todo es que forzaron a muchos soldados al saqueo y la rapiña de la campiña española. Esto, desde luego, no contribuyó a mejorar las relaciones de los británicos con sus aliados españoles. Subsecuentemente, el futuro comandante Arthur Wellesley planeó un sistema logístico en conjunción con los españoles, los portugueses y las unidades británicas. Este sistema fue muy eficiente y aseguró que los británicos pagaran a los suministradores y comerciantes locales. También se pusieron de manifiesto las dificultades de emprender una campaña en invierno, lo que contribuyó en gran manera a las privaciones sufridas por el ejército.
Finalmente, la falta de comunicación entre los aliados contribuyó al desastre global. El rol del ejército británico bajo las órdenes de Moore era dar soporte a los ejércitos españoles en su lucha con Napoleón. Sin embargo, cuando Moore llegó a Salamanca, no era consciente de que Napoleón ya había derrotado a los españoles. Después de estos hechos, muchos esfuerzos fueron llevados a cabo para centralizar el mando y la comunicación, la mayoría de las veces bajo el mando de comandantes británicos, como Wellesley y Beresford.
Recuerdos de la batalla en la actualidad
Algunos recuerdos de esta batalla están presentes aún en la ciudad de La Coruña. Aunque el campo de batalla ha sido parcialmente borrado, principalmente por la Avenida de Alfonso Molina que constituye la principal entrada a la ciudad, aún queda algo por ver del mismo. Así, el pueblo de Elviña es fácil de encontrar saliendo de La Coruña a mano derecha. Junto al pueblo, la mayoría del antiguo campo de batalla ha sido ocupado hoy en día por la Universidad de La Coruña, en donde se levanta un monolito conmemorativo en el que se puede leer en latín la frase que Soult grabó en la tumba original de Moore: "Aquí cayó John Moore, general en jefe del ejército inglés, en la batalla del 16 de enero de 1809 contra los franceses dirigidos por el duque de Dalmacia."
Más arriba del pueblo de Elviña, subiendo hacia el monte de la Zapateira existe un mirador que nos da la perspectiva francesa del campo de batalla. En ese mirador se ha colocado un mapa descriptivo de la batalla hecho de baldosas. También se guardan unas placas conmemorativas, una de las cuales fue descubierta por el príncipe de Gales en 1931. Las demás han sido costeadas por diferentes asociaciones históricas coruñesas y por el embajador del Reino Unido en 1997.
La tumba de Moore puede verse en la Ciudad Vieja de La Coruña, más concretamente en los jardines de San Carlos, en los cuales se levantan varias placas conmemorativas. Una de ellas recoge las palabras de Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, elogiando el valor de los gallegos en la contienda. También existen placas recogiendo los poemas que dedicaron Charles Wolfe y Rosalía de Castro al general Moore.
Finalmente, cada ciertos años se hace una recreación histórica de la batalla organizada por el ayuntamiento de La Coruña y la asociación cultural Royal Green Jackets.
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