La caza en manada es practicada por manadas depredadores pertenecientes al reino animal, que han evolucionado para cazar su presa mediante el trabajo conjunto con otros miembros de las su especie. Normalmente, estos animales están estrechamente relacionados entre sí. El cazador en grupo más conocido es el lobo, el antepasado de todas las razas domesticadas de perro.
La historia de los cazadores en grupo se piensa que es el principal conducto a través del cual los seres humanos han sido capaces de formar una relación mutua con los perros (es decir, la domesticación ), ya que ambas especies son altamente sociales e interdependientes. Los seres humanos y sus parientes vivos más cercanos, los chimpancés, son ellos mismos cazadores en grupo , incluso sin la ayuda de otras especies. Otros cazadores en grupo incluyen sencillos artrópodos como las hormigas, mamíferos muy inteligentes como los delfines, orcas, lobos y hienas, algunas aves, como el halcón de Harris, y a veces los cocodrilos. Hay una posibilidad de que algunos dinosauriosterópodos mostraran también el comportamiento de caza en manada.
Cuando los lobos cazan un alce o un bisonte, a veces este escapa a aguas profundas para evitar a la manada. Una respuesta del lobo para este comportamiento es que la manada descansa mientras uno o dos lobos acechan a la presa hasta que ésta se fatiga.1
La organización de las manada incluye lobos alfa que se alimentan los primeros de la presa muerta y que engendran la mayoría de los cachorros de manada.1 2
Hay que remarcar que algunos animales que son "sociales", pero que siempre cazan solos, como el caso del gato doméstico, no son cazadores en grupo.

La cognición animal es el estudio de las capacidades mentales de los animales. Se refiere al proceso mediante el cual un animal recibe información de su entorno a través de sus sentidos y la procesa. Su estudio se ha desarrollado a partir de la psicología comparada, pero ha estado fuertemente influenciada por la etología, la ecología del comportamiento y la psicología evolucionista. El nombre alternativo de etología cognitiva se utiliza a veces para abarcar lo que solía ser considerado bajo el título de inteligencia animal.1
La investigación en cognición animal se refiere en su mayoría a los mamíferos, especialmente primates, cetáceos y elefantes, así como perros, gatos, mapaches y roedores. Sin embargo, la investigación también se extiende a los no mamíferos vertebrados como pájaros, loros, córvidos y palomas, así como para reptiles, lagartos, serpientes, y peces, incluso a los invertebrados tales como cefalópodos, arañas e insectos.
Historia
En la mayor parte del siglo XX, la aproximación predominante a la psicología animal era experimentar sobre la inteligencia en animales mediante procesos de aprendizaje simples (como condicionamiento clásico y condicionamiento operante), y así intentar explicar las aparentemente más complejas habilidades intelectuales de los humanos. Esto está bien descrito por Hilgard,2 aunque su filosofía era reduccionista y estaba combinada con una fuerte metodología conductista, que en la forma más radical considera que todo lo que un organismo hace, puede y debe ser considerado únicamente como comportamientos sin recurrir al concepto de mente.3 Es decir, que no existen diferencias filosóficas entre lo observable (acciones) y los procesos no observables (como pensar y sentir), por lo que se califica a estos últimos como epifenómenos en humanos.
El éxito de la psicología cognitiva al dirigirse a los procesos mentales en humanos, que empezó a finales de los años 50 y fue proclamado por Neisser,4 llevó a una revaluación del paradigma de la investigación y a que se empezaran a enfocar los procesos mentales de los animales desde otro punto de vista, tomando lo conocido sobre los procesos mentales humanos y buscando evidencias de procesos similares en las otras especies. En un sentido esto fue una vuelta al enfoque del protegido de Darwin: George Romanes,5 discutiblemente el primer psicólogo comparativo de la era moderna. Sin embargo, mientras Romanes se basaba en la anécdota y en una proyección antropomórfica de las capacidades humanas en el resto de especies, la mayoría de los investigadores modernos de cognición animal siguen el método conductista, aunque difieran totalmente de la filosofía conductista. Algunas excepciones a esta regla son John Lilly y Donald Griffin,6quienes mantienen firmemente la posición de que los animales tienen mente y que el estudio de su cognición debería hacerse desde esta perspectiva. Estos argumentos no encuentran una gran aceptación en la comunidad científica, pero sí que han conseguido atraer a entusiastas seguidores entre el resto de la población.
El desarrollo en cognición animal también estuvo fuertemente influenciado por:
- el aumento del uso de primates y cetáceos frente al de ratas y palomas, especies clásicas del laboratorio de psicología comparativa, y los adelantos en primatología;
- el avance del conocimiento en comportamiento animal en el medio natural a través de estudios de campo de etología, sociobiología y ecología del comportamiento. Dichos estudios mostraban que los animales necesitaban ciertas habilidades cognitivas para adaptarse a su nicho ecológico (estudios de aves escondiendo comida como el del cascanueces de Clark de Alan Kamil y colaboradores,7 o los de los chimpancés de Jane Goodall);
- uno o dos proyectos prominentes, en particular el del chimpancé Washoe de Allen Gardner y Beatrice Gardner, que al menos aprendió algunos elementos de la lengua de signos americana;
- el avance en el entendimiento del funcionamiento del cerebro por medio del desarrollo de la psicología fisiológica y la neuropsicología cognitiva.
Esta explicación de la historia del estudio de la cognición animal está inevitablemente simplificada. Desde Romanes siempre ha habido psicólogos comparativos que han estado más o menos inclinados cognitivamente: Wolfgang Köhler, famoso por sus estudios en chimpancés, y Edward C. Tolman, que introdujo en psicología una explicación del comportamiento de las ratas en laberintos, aportaron dos ideas que han sido muy influyentes en la psicología cognitiva humana (el mapa cognitivo y el concepto de decisión ante una elección arriesgada según el valor esperado).
Métodos
La investigación en cognición animal continua usando algunas de las técnicas establecidas en psicología comparativa y en análisis experimental del comportamiento, como laberintos y cajas de Skinner, aunque empleando nuevas variedades (como el laberinto de 8 brazos y el laberinto de agua de Morris) para estudios de memoria espacial y otros nuevos usos. Esto se complementa con la observación de animales en sus medios naturales o casi naturales, y con trabajos de campo.
Se caracteriza por un alto número de proyectos a muy largo plazo, como los de aprendizaje de lenguaje por los primates Washoe y Nim Chompsky, la serie de estudios de Irene Pepperberg con el loro gris africano Alex, el trabajo de Louis Herman con delfines mulares, y los estudios de memoria a largo plazo en palomas en los que las aves demostraban recordar dibujos durante periodos de varios años.
Algunos estudios cognitivos requieren del manejo del comportamiento animal y del uso de condicionamiento operante para facilitar el entrenamiento del animal. En general, para conseguir la formación del concepto en el animal se necesitan técnicas de generalización, para que así el animal responda apropiadamente a un nuevo estímulo en el que el aprendizaje asociativo no puede explicar el comportamiento de respuesta. Otros investigadores han usado con eficacia la metodología de Jean Piaget, escogiendo cometidos que los niños dominan en distintos estados del desarrollo e investigando cuáles de ellos podían realizar los individuos de otras especies. Por otro lado, ha habido quienes se han inspirado en asuntos de bienestar animal y manejo de las especies domésticas: Temple Grandin aparejó su habilidad única en bienestar animal y trato ético de los animales de granja para destacar las similitudes entre humanos y animales.
Temas de estudio
Dada la amplitud del campo de estudio de la cognición animal en la búsqueda de analogías animales a procesos cognitivos humanos, se intenta que las áreas de estudio sigan más o menos el esquema desarrollado en la psicología cognitiva humana. Sin embargo, el progreso en las diferentes áreas es muy variable.
Atención
Se centra en la habilidad de los animales para distribuir la atención en las distintas propiedades de un estímulo. Al igual que los humanos, al distribuir la atención entre las características del estímulo se reduce la capacidad de detectar las diferencias entre ellas, aunque hay algunas actividades de búsqueda visual ecológicamente relevantes en las que algunas especies particulares muestran habilidades remarcables (las palomas tienen una capacidad extraordinaria para distinguir el grano del sustrato).
Categorización
Siguiendo la investigación pionera de Richard Herrnstein, ha habido una gran cantidad de estudios sobre la habilidad de las aves para distinguir entre categorías de estímulos, incluyendo tipos de mal definidas categorías usadas en el lenguaje humano cotidiano. Se ha visto que las aves aprenden este tipo de tarea fácilmente y transfieren las respuestas correctas a los nuevos casos de categorías.
Memoria
Se han aplicado las categorías desarrolladas para analizar la memoria en humanos: a corto y largo plazo, y memoria de trabajo, y se ha detectado que algunos de los fenómenos característicos de la memoria a corto plazo humana (efecto de posición serial) también se dan en animales, particularmente en monos. Sin embargo, la mayor parte del progreso se ha hecho en el análisis de la memoria espacial, en parte por estudios de psicología sobre la memoria espacial y el papel del hipocampo, y en parte por la observación de animales que almacenan alimentos diseminados, como el cascanueces de Clark, ciertos arrendajos, carboneros, y algunas ardillas, cuyos nichos ecológicos requieren recordar la localización de miles de escondites y a menudo con cambios radicales del entorno.
Cognición espacial
La habilidad de desplazarse y la búsqueda visual son actividades críticas para muchos animales. La investigación en esta área se ha centrado en temas tan difusos como el uso de mojones y faros por hormigas y abejas, la codificación y uso de propiedades geométricas del ambiente por palomas, o la habilidad de las ratas de representar un patrón espacial en laberintos de brazo radial o cajas laberinto piscina.8
Uso de herramientas
Algunas especies, como el pinzón carpintero de las Galápagos, usan herramientas particulares como una parte esencial de su comportamiento de búsqueda de comida. Estos comportamientos suelen ser bastante inflexibles y no pueden ser aplicados de forma eficaz en situaciones nuevas. Sin embargo, se ha demostrado que animales como los grandes simios sí son capaces de hacer un uso más flexible de las herramientas, tanto en cautividad como en su medio natural:
- 1991: Jane Goodall documentó chimpancés pescando termitas con palos.9
- 2007: una investigación reveló que los chimpancés de la sabana de Fongoli (Senegal) utilizaban palos afilados como lanzas cuando cazaban, considerándose la primera prueba de uso sistemático de armas en una especie distinta a la humana.10
Se ha conseguido enseñar a varias especies de córvidos a usar herramientas en experimentos controlados, o migas de pan como cebo para pescar,11 y se sabe que algunos cefalópodos usan cáscaras de cocos para protegerse o camuflarse.
Razonamiento y solución de problemas
El estudio del uso de herramientas está muy ligado al de la capacidad de razonar y resolver problemas. Wolfgang Köhler observó que el modo en que los chimpancés solucionaban problemas como conseguir plátanos colocados fuera de su alcance, no era a través de ensayo y error sino claramente a propósito.12 Las soluciones espontáneas a problemas sin entrenamiento previo de los chimpancés, evidenciaron que los animales de determinados niveles evolutivos tienen razonamiento abstracto, visto también en grajos y cuervos de Nueva Caledonia.13 14La línea de investigación de los estudios más recientes tiende a demostrar que se pueden encontrar comportamientos similares en animales aparentemente mucho menos inteligentes, si antes se les da el entrenamiento oportuno[cita requerida].
Lenguaje
Además de los experimentos de lenguaje en primates mencionados anteriormente, ha habido otros intentos más o menos exitosos de enseñar el lenguaje o sistemas parecidos a animales no primates, como loros y picos picapinos. Louis Herman (Herman, Richards & Wolz, 1984) publicó un artículo en la revista Cognition sobre la comprensión de lenguaje artificial en los delfines Akeakamai y Phoenix usando métodos cognitivos. La comprensión del lenguaje se evaluó a través de observadores ciegos que analizaban el tosco comportamiento físico en vez de intentar interpretar la putativa producción de lenguaje. Los resultados de estas investigaciones causaron mucha controversia entre los lingüistas cognitivos.
Conciencia
El caluroso debate sobre si los animales tienen conciencia o concepto de sí mismos está también relacionado con el concepto de mente en animales. En este campo es destacable la prueba del espejo diseñada por Gordon G. Gallup, en la que la piel de un animal se marca de algún modo mientras está dormido o sedado y después se le permite ver su reflejo en un espejo. Si el animal dirige espontáneamente el acicalado hacia la marca se toma como indicativo de que es consciente de sí mismo. Según este criterio se ha referenciado autoconciencia en chimpancés y otros grandes simios, urraca europea,15 algunos cetáceos y un elefante solitario. La prueba ha atraído controversia ya que se centra únicamente en la vista, el sentido primario en humanos mientras que especies como el perro tienen más desarrollados los sentidos del olfato o el oído.
Un enfoque diferente para determinar si un animal no humano es consciente proviene del caso de Airelle, un guacamayo azul y amarillo. Algunos investigadores proponen que por escucha pasiva de un discurso es posible aprender los pensamientos de otra criatura y determinar que el hablante es consciente. Este procedimiento fue usado originalmente por Ruth Hirsch Weir en 1962 para investigar el discurso de su hijo antes de dormirse, y por Greenfield y otros en 1976 en sus investigaciones sobre el lenguaje temprano en niños, por lo que en las aves capaces de hablar este método abre una nueva puerta a la investigación.
La Declaración de Cambridge sobre la Conciencia afirma que la gran mayoría de animales no humanos tienen conciencia.
Matemáticas
Algunos animales distinguen entre distintas cantidades y utilizan contabilidad rudimentaria. Se sabe que los elefantes realizan aritmética simple16 y los monos Rhesus pueden contar.17 Las hormigas usan valores cuantitativos y saben trasmitir esta información;18 19 de hecho, las hormigas de varias especies son capaces de estimar con bastante precisión el número de encuentros con miembros de otras colonias en sus territorios de alimentación.20 21 Por su parte, chimpancés jóvenes han superado a estudiantes humanos en tareas como recordar números.22
Facultad cognitiva
Mucha gente piensa que animales como los grandes simios, cuervos, delfines, elefantes, perros, gatos, cerdos, ratas y loros, son más inteligentes que otras especies. De hecho, en el folklore de muchas culturas se atribuye a los cuervos una inteligencia parecida a la humana, y las encuestas de un estudio reciente han demostrado la consistencia de estos rankings entre gente de una determinada cultura y su considerable alcance a través de las culturas.23
La imagen característica es la scala naturae, la escalera de la naturaleza en la que los animales de distintas especies ocupan niveles más altos sucesivamente, con los humanos típicamente en lo más alto.24 Un enfoque más útil ha reconocido que los diferentes animales pueden tener diferentes tipos de procesos cognitivos, que se entienden mejor desde el modo en que están cognitivamente adaptados a sus diferentes nichos ecológicos que posicionándolos por cualquier tipo de jerarquía.(Shettleworth;25 Reznikova, 2007).
Una pregunta que puede ser respondida coherentemente es saber lo lejos que las distintas especies están en inteligencia de los humanos, es decir, lo que sus procesos cognitivos se parecen a los nuestros. No es sorprendente que los más relacionados evolutivamente, los grandes simios, suelan quedar entre los mejores en estas valoraciones, y entre las aves, generalmente los córvidos y los loros suelen salir bien. Pero a pesar de las ambiciosas argumentaciones, las pruebas de inteligencia no muy alta en cetáceos están incompletas, en parte porque el coste y la dificultad de realizar investigación con mamíferos marinos significa que los experimentos se realizan en pequeñas muestras, con controles inadecuados y son difíciles de replicar. También se ha probado que los pulpos muestran un alto nivel en habilidades como el uso de herramientas, 26 pero la cantidad de estudios de este tipo todavía es bastante limitada.
La teoría de la evolución por selección natural nos enseña que los grandes simios (chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes) guardan una estrecha relación de parentesco con nosotros. Juntos formamos la familia de los homínidos. En razón de ello, hubo un tiempo en que se pensó que los chimpancés constituirían buenos modelos para estudiar las enfermedades del hombre. No era verdad. Median diferencias importantes en cuanto a la incidencia y gravedad de diversas patologías, más allá de las explicadas por causas anatómicas.
Desde comienzos del siglo xix los investigadores saben que el cerebro humano mide entre tres y cuatro veces el del chimpancé. Durante decenios, los antropólogos han analizado el tamaño relativo y las estructuras visibles de los lóbulos. Sin embargo, el tamaño no lo explica todo. Importa la organización, el cableado. Pensemos en la cognición. Los neandertales poseían cerebros mayores que nosotros, pero no pintaban las paredes de las cuevas. En particular, en la región de la corteza prefrontal, un área que contribuye al pensamiento abstracto, las neuronas disponen de más espacio entre sí en el cerebro humano que en el de los primates; ese margen les posibilita mayor conectividad entre neuronas. (El lóbulo frontal ocupa entre el 35 y el 38,5 por ciento de los hemisferios cerebrales, y es la porción anterior al surco central.)
Humanos y primates poseen neuronas de von Economo, así llamadas en honor de quien las describió en 1929, Constantin von Economo, implicadas en la cognición social (confianza, empatía, sentimientos de culpa y sentimientos de vergüenza). Las neuronas en huso, o de von Economo, redescubiertas por Patrick Hof, se caracterizan por un soma fusiforme, que se estrecha en un axón apical en una dirección y una dendrita en el polo opuesto. Se encuentran en la corteza cingulada anterior, la corteza frontinsular y, al parecer, también en la corteza dorsolateral prefrontal. El hombre tiene más células en huso y, además, son mayores que en los grandes simios. Se han identificado también en el cerebro de las ballenas jorobadas, rorcuales, orcas, cachalotes, delfines mulares, delfines de Risso, belugas y elefantes. Su presencia en organismos tan dispares se atribuye a un fenómeno de evolución convergente.
La complejidad de la conducta animal induce a utilizar términos que se toman prestados de la acción humana. Charles Darwin empleó expresiones mentalistas cuando aludía a la alegría de un perro, la astucia de una cobra o la simpatía de los cuervos. El antropomorfismo de Darwin, combinado con una descripción meticulosa, parecía aportar base científica para subrayar las obvias semejanzas entre el comportamiento humano y el de otros animales. Pero hacia finales del siglo xix se produjo ya una fuerte reacción contra la atribución de pensamientos conscientes a los animales. En el Reino Unido, el canon de Conway Lloyd Morgan prohibía la explicación del comportamiento animal mediante una facultad psíquica superior a la requerida por los datos. En Estados Unidos, Edward Thorndike defendía sustituir el recurso a las anécdotas en el estudio del comportamiento animal por experimentos controlados. Sostenía que, cuando se estudian en entornos controlados y reproducibles, se comprobaba que el comportamiento animal obedecía leyes que hacían innecesarias las explicaciones mentalistas.
Pero, tras un siglo de silencio, se está asistiendo a un resurgimiento del antropomorfismo. A esa tendencia se adelantó Donald Griffin, descubridor del sonar de los murciélagos. Griffin sostenía que la complejidad de la conducta animal demandaba la presencia de pensamientos y deseos conscientes; para él, la explicación antropomórfica resultaba más parsimoniosa que otra construida sobre leyes conductistas. En Griffin se inspiró Gordon Burghardt, quien distinguió entre antropomorfismo ingenuo (el impulso que mueve a los niños a conversar con el perro familiar) y antropomorfismo crítico (que utiliza la hipótesis de la conciencia animal como método heurístico). Esa distinción se asemeja a la formulada por Frans de Waal entre antropomorfismo centrado en el animal y antropomorfismo centrado en el hombre. Daniel Dennett sostiene, con Griffin, Burghardt y De Waal, que el recurso a estados mentalistas intencionales es más parsimonioso que una descripción conductual de complejidad inimaginable. Con todo, aducir que las explicaciones mentalistas son más simples puede suponer cometer una falacia nominalista: creer que con darle el nombre a un a cosa ya la estamos explicando.
Se ha demostrado, en una serie de experimentos acometidos en el Centro de Investigación Wolfgang Köhler del Zoológico de Leipzig, que los grandes simios saben que pueden equivocarse cuando toman una decisión. Con otras palabras, parecen dotados de capacidades metacognitivas. ¿Tienen, pues, cultura? Para algunos, la cuestión así planteada equivale a preguntarse si los pollos vuelan. Comparados con el albatros o los halcones, seguramente no, pero los pollos tienen alas, las abren y pueden encaramarse hasta los árboles. De manera similar, el grado de cultura alcanzado por el hombre en arte, gastronomía, cocina, ciencia o política carece de parangón en el reino animal. Pero ¿qué acontece si cambiamos de perspectiva y no los medimos con nuestros parámetros? Eso es lo que Kinji Imanishi propuso a comienzos de los cincuenta. Imanishi sugirió que la cultura —entendida como la transmisión no hereditaria de hábitos— era enteramente posible, e incluso probable, en animales no humanos.
Ese enfoque preparó la mente de los primatólogos para considerar hito cultural la difusión del lavado de los boniatos entre los monos macacos de la isla japonesa de Koshima. Una hembra juvenil inició la costumbre de acercarse a la playa y lavarles la tierra adherida. La imitaron su madre y otros familiares. La costumbre se extendió; al cabo de un decenio, la población entera por debajo de la media de edad estaba lavando las boniatos. No obstante, los antropólogos y psicólogos occidentales se resistían a atribuirles el término cultura, que, en su opinión, exigía una intervención lingüística. Más que cultura, se dijo, habría que hablar de trazo específico de un grupo o tradición grupal.
La primera prueba de que quizá las cosas no fueran tan lineales llegó con el descubrimiento, por William McGrew en 1992, del uso de herramientas entre los chimpancés. Desde entonces se han multiplicado nuevas observaciones con una cadencia incesante en las revistas sobre primatología. Se han pergeñado escalas de conductas, que toman en consideración las condiciones ecológicas de cada lugar. Por ejemplo, los chimpancés no duermen en nidos sobre el suelo (frente a los nidos en los árboles) allí donde existe alta depredación de leones o leopardos. ¿Genética o cultura? aducirían algunos a este respecto. Los genes determinan capacidades generales, como el uso de herramientas, pero es difícil imaginar que instruyan a los primates en cómo cazar hormigas o en hacerse nidos fuera de la vegetación. Las tabulaciones de diferencias de población muestran que existen múltiples variantes culturales. Algunas pautas rutinarias son exclusivas de ciertas comunidades, otras son compartidas por dos o más poblaciones. En el bien entendido de que la imitación no es el único mecanismo que interviene en la adquisición de la cultura entre los chimpancés. Se da una combinación compleja de imitación y de otras formas de aprendizaje, social e individual.
Boesch se hace eco de la triple distinción en el dominio cultural: material, social y simbólico. La cultura material nos remite a los útiles empleados. La cultura social abarca todos los aspectos comunitarios que permiten a los individuos desarrollar y beneficiarse de las ventajas aportadas por la vida en grupo. La cultura simbólica comprende todos los medios de comunicación, en un sentido muy general, entre individuos durante sus interacciones sociales. La posesión de un dominio no excluye el de otros. Dominios que no son, por supuesto, exclusivos. Ni un mismo dominio es aprovechado por igual.
La imitación de aspectos simples de la técnica empleada por la madre la ejecutan los juveniles sin dificultad en situaciones naturales, como se ha observado en la caza de termes por los chimpancés de Gombe, para cascar nueces en Taï y Bossou, y para distintas técnicas de forrajeo en Mahale. La cultura material conforma el entorno físico y tiene una enorme influencia en la clase y cantidad de alimento que pueden explotar en un hábitat determinado. En este aspecto, el impacto de la cultura social es incluso más complejo por cuanto la caza en cooperación ha conducido a que la carne se convierta en la principal fuente alimentaria y de solidaridad intragrupal, en términos de altruismo y ayuda a los miembros del grupo. Desempeña un papel sustantivo en las interacciones sociales en el seno de la comunidad. En los Taï, el papel importante de la carne ha favorecido la aparición de un segundo sistema de dominancia, tras el fundado en las interacciones agresivas. En la naturaleza, los chimpancés comparten su alimento con los familiares cercanos (la madre lo reparte con crías y juveniles), así como con miembros adultos no emparentados del mismo grupo. Los chimpancés comparten también el servicio social del aseo. No se hace de manera aleatoria: los chimpancés Taï comparten la interacción del mutuo despioje con elevados niveles de simetría dentro de diadas a lo largo de períodos de varios meses. La compleja red tejida en la compartición de alimento y conducta social permite a los individuos acceder a recursos que, cada uno por su cuenta, no alcanzaría.
El dominio social y simbólico se imbrican en las relaciones sexuales de los chimpancés. ¿Cómo se le insinúa un macho a una hembra? Un macho Mahale observa a una hembra en estro. El macho se excita sexualmente, con el pene en erección, pero no obtiene respuesta de la hembra. Entonces corta una rama llena de hojas; se lleva una a la boca, entre los dientes, y la va rasgando poco a poco y soltando los trozos al suelo. Sigue el mismo proceso con varias hojas más; aunque no se las come produce un chasquido en cada desgarro, un sonido que puede oír la hembra. Entonces, se aparean. Si de los Mahale pasamos a los Taï, el cortejo previo es muy distinto. Un macho descubre a una hembra con ligeras muestras de receptividad. Se le aproxima sexualmente excitado, aunque no obtiene respuesta. Para vencer la resistencia, el macho golpea el tronco de un árbol con sus nudillos. Esa prueba de poder mueve a la hembra a cambiar de opinión. Con los chimpancés de Gombe no parece importar el cortejo. A la manera de un código de signos, el rasgado de las hojas o el ruido de los nudillos, aunque diferentes en su expresión, encierran el mismo significado. Dicho significado se basa en una convención social arbitraria, que es compartida por todos los miembros del grupo.
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